Felicidad de cojones

La ginebra, aunque a destiempo (por tempranera –ni las seis eran), estaba buena. El día no tanto: encapotado de nubes. Nos sentamos en el patio a ver cómo se carga la tarde, y entretanto nos cargamos nosotros descargando los tubos largos de ginebra con limón. Charlamos, después de demasiados días sin vernos.

Luego, en el salón, sobre la mancha roja del sofá (¿o fue en el dormitorio?), nos trajinamos a satisfacción de ambas partes. Una y otra vez, desgañitándonos de placer, sublimando deseos en las más osadas caricias. Caemos luego rendidos, asfixiados, sudados, exhaustos, redivivos. Desnudos, nos acercamos a ver cómo llueve: por el ventanal abierto, el frescor del chubasco nos esmerila la piel. Nos vestimos. Salimos a pasear. Seguimos hablando, seguimos tejiendo complicidades, compartiendo afanes, consejos, naderías, sonrisas; o caminamos uno junto al otro en silencio, sin necesidad de más. Nos cogemos del brazo; nuestros paraguas se entrechocan. Llueve. Llueve sobre nuestras palabras, sobre nuestras sonrisas bien folladas, sobre el pueblo que despereza sus siestas de casitas unifamiliares, plácidas y aburridas como el sudor de las frentes que las ha pagado.

Más tarde, después de la cena, nos metemos en la cama con intención de dormir. Seguimos hablando, ahora con cuchicheos velados, con medias frases, con asentimientos que se expresan en una sílaba (mmh), dos a veces si son taxativos (ajá), con meandros densos que, como el paseo de media tarde, no llevan a ninguna sitio, porque no vamos a ningún sitio, porque estamos bien donde estamos, desnudos sobre las sábanas, sintiendo el calor del otro, en el duermevela.

Mi mano acaricia su vientre. La suya el mío.

Su mano baja, juguetea con mi miembro, sigue bajando, me acaricia los huevos, los sopesa, los mide con sus dedos, los acaricia con gestos suaves, con dulzura cucurbitácea, con naturalidad de pámpano explorando y abriéndose camino, sin prisas, explora mi intimidad con inocencia, recorriendo pliegues, paseando las yemas de sus dedos sobre mi piel con pericia no aprendida. Agarra los huevos y los suelta. Sin esperar nada, sin buscar nada. Los aprieta mansamente y los libera. Juega con ellos. Digo: Me gustaría tener los huevos colgantes. Dice: A mi me gustan así, como los de los gatos, al cuerpo pegados. Más tarde añade: Y si los tuvieras descolgados, los quisieras arrimados; tú nunca estás contento con lo que tienes, sea lo que sea. Eso es verdad, concluyo. Entre dos dedos calibra el grosor de la piel de mi escroto. Pasea con desmayo sus dedos en mi intimidad. Sin intenciones, sin esperar nada a cambio. Tras el festín con que nos hemos atracado a media tarde, poco más cabe esperar.

La erección sobreviene sin embargo ni deseo; es notable. Sonrío, seráficamente. Me duermo, feliz, contento. Disfruto, sin más, antes de diluirme en el sueño, fundido en el bienestar, disuelto en el placer que ni pide guerra ni la da. Como un bebé.

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2 Respuestas a “Felicidad de cojones

  1. Sens dubte la xafogor de l’estiu fa pujar el tó dels posts!! jejej

  2. Personal y prescindible, quizás, pero tiene su cosilla… el blog digo.

    Felicidades por la felicidad.

    Un saludo.

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