El hábitat y la rutina de mi escritura

En el que fuera el dormitorio de nuestros medieros y que ahora yo ocupo, con el balcón abierto a la luz de la era que los pinos a poniente y los nogales enfrente delimitan, contra la pared que aún luce serigrafías verdes que fueron pintadas tras la guerra, bajo las vigas toscamente pintadas de marrón, entre desconchadas paredes y sobre un suelo de cemento burdamente teñido de rojo y muy desgastado, he instalado un viejo escritorio que fue de mi padre. El tablero de corcho puesto sobre él se apoya en la pared con sus chinchetas y sus apuntes y esquemas (Je suys moy mesme la matière de mon livre — Je est un autre). Junto a él dos diccionarios y algunos cuadros viejos que, de tan feos, nadie se ha atrevido a mover de sitio y han quedado aquí varados como pecios del pasado. Contra el tablero de corcho, un grueso grande terrible trozo de metralla, fragmento afilado de historia que desenterré de una riba en la finca. También un oloroso limón, regalo del mar y de las olas.

Instalo el ordenador y me arrimo las libretas de apuntes, los pliegos sueltos, el lápiz, el rotulador de punta fina. También lo necesario para las labores del tabaco (filtros, papel, encendedor y paciencia para ir liando pitillos según la necesidad).

La rutina ha sido, durante estos días de retiro,  madrugadora: sobre las seis o seis y media me levanto de la cama. Una hora después ya estoy despierto: ya me he duchado (si la selvatiquez de la cara lo requiere, también me afeito), me he tomado un café, he mirado los titulares de la prensa por internet, he aliviado el vientre y la entrepierna (con una ocasional visita –puramente higiénica– a mis entrañables petardas.com), he bajado a abrir la casa, a dar un garbeo, taza en mano, por la era y los campos cercanos (demorándome en disfrutar de la paleta de oros, de verdes nuevos, de sombras azules que predominan a estas primeras horas del día, sintiendo el frescor del rocío en los pies). Me hago un segundo café y vuelvo al dormitorio y al escritorio, que entretanto se ha ventilado. Entonces me siento al escritorio y retomo el trabajo que dejé a medias el día anterior. Desde las siete y media o las ocho hasta las doce, me encierro en el cuarto y escribo, apunto ideas, pulo frases, rompo lo que hice ayer y lo rehago, rehago el orden de los capítulos y pretendo hallar un orden sutil en lo que escribo. No siempre lo consigo. A veces me desespero. Lío pitillos cuando me atasco. Cada mañana me olvido de subir un cenicero, y la taza de café lo suple. Escribo a mano los arranques de las ideas y luego los transcribo al ordenador.

En la era maniobra el tractor. Son días de mucho trajín en la finca: están cosechando la pera. A veces viene el camión a cargar palets de fruta. A veces oigo a los peones africanos que sudan entre las hileras de perales, que cantan sus canciones senegalesas; oigo el ronroneo de los motores; procuro no asomarme al balcón y persevero en este afán de tirar adelante lo que me he propuesto escribir.

El afán se agota a las doce. A esa hora el sol se empieza a colar por el balcón (como todas los masías, la nuestra mira al sur). Entonces salgo, ya sea a pie o a lomos de la bicicleta, a dar un paseo largo. Caminar y sudar, recorrer las huertas, adentrarme en el bosque de ribera cabe el Segre, subir a recorrer el páramo amarillo del secano o perderme en las calles de piedras viejas con algún encargo me permite el tiempo que necesito para pensar en lo que he estado escribiendo. Esta hora, hora y media de ejercicio diario tras el esfuerzo intelectual me sirve para poner orden. Sirve también para sosegar la inquietud que, indefectiblemente, me altera la tranquilidad del alma mientras escribo, mientras trato, por un lado, de verter sobre el papel (sobre el vidrio, en realidad) mi verdad  y, por otro, conjugar el yo con los modos traicioneros de la ficción.

El paseo termina en el supermercado. Me avituallo, cocino y me hundo luego en las horas imposibles de la canícula. Hasta las cinco no hay quien respire bajo el sol. Luego ya sí. Paso la tarde ocioso, busco tareas de jardinero (podar los rebrotes del laurel, segar un ribazo, dar de beber a algunos árboles, sumarme un rato a la brigada de cosechadores) o me siento a esperar que decline la tarde en una silla a la sombra de los pinos. Cuando se pone el sol vuelven las cigueñas; las veo pasar elegantísimas, doradas, silenciosas; han pasado el día picoteando en las marismas de l’Estany d’Ivars y vuelven a pernoctar en las grúas y campanarios de Balaguer donde han plantado sus nidos. Sobre las ocho comparto una cerveza con el mediero, que a esa hora ordena los palets y los prepara para tenerlos listos al día siguiente, o para que se puedan cargar prestamente en el camión de la fruta. Releo lo escrito por la mañana y me disgusto o quedo satisfecho; y voy ya pensando en cómo seguir adentrándome en la jungla que yo mismo planto y riego y hago crecer y en la cual me pierdo sin remedio y contra la cual abro a machetazos senderos de tinta que la lujuriante voracidad de las palabras taparán al día siguiente, también sin remedio.

Recaliento lo que sobró de la comida y lo ceno mientras ojeo sin interés los telediarios. Me acuesto pronto. Miro la luz azul de la luna llena desde la cama, que rectangula su claridad por el balcón abierto.

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3 Respuestas a “El hábitat y la rutina de mi escritura

  1. Empiezas a darme mucha envidia (como buena envidiosa que soy) y tengo que decírtelo antes de que me explote dentro y me mate.
    Ese lugar, si existe (el escritorio, la butaca de mimbre, las serigrafías, la luz… esa maravillosa luz, la cosecha de la pera…) es un lugar maravilloso. Al menos bajo el prisma de tu pluma. Yo casi que me quedo un ratico por aquí. Juro que no te molestaré.

    • Sue, acercate, vivelo, porque es real, existe. Y si, es maravilloso…y más en la pluma de Pedro…mejor no molestes, quédate en un rinconcito a escuchar, a oir, a sentir, que está escribiendo que está concentrado….

  2. No dejas de sorprenderme, Pedro.

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