Cosas de Tim: Introspección

Estás bailando en un jardín, un jardín cuidado, de parterres recortados, con céspedes alisados, con alcorques bien definidos donde crecen grandes árboles copudos que dan sombra de luna. Es de noche, noche de luna llena, y toda la escena está bañada con la lechosa luz azul de la luna, de manera que el decorado donde nos movemos, donde estás bailando para mí, es una paleta de grises azulados, plano de contornos difusos, de límites vagos, marcado, cortado, por aceradas sombras, por manchas desleídas de luz impersonal, azuletes gastados. Bailas para mí y vas dando vueltas, giragonzas. Vistes una chaquetilla azul de mangas cortas y una amplia volandera falda blanca que se agita al ritmo de tus pasos, descubriendo tu piel más blanca que como la recuerdo (efecto lunático, sin duda), por momentos destellando la rotundidad de tu rodilla cuando la levantas, al doblar la pierna, antes o justo después de uno de tus saltitos que te llevan de un lado al otro del césped. Te acercas al borde de la terraza, sonríes, bailas, te meces, te mueves como dentro de un acuario, ingrávida, leve, grácil y poderosa en tus movimientos danzarines al claro de luna, por el borde de la terraza.

Entonces caes, desapareces, te precipitas por el desnivel, a plomo caes.

Corro.

Al asomarme te veo extendida sobre una escalinata, boca arriba y completamente desnuda, muy blanca tu piel perfectamente iluminada por la luna y el rictus serio, tu cabello delimitando la cara, miras al cielo ya sin vida en la mirada. Como en esos dibujos de Tom y Jerry, desde mi angustia cenital, veo tu cuerpo plegado escalonadamente, como peldaños, te veo plana, blanca silueta contra el granito oscuro de la escalinata: tus pies afilados, tus piernas, tus amplios muslos, tu generosa cadera con la mancha oscura de tu sexo mofletudo, tu vientre, los pechos caídos, uno a cada lado, como bizcos del susto, con el redondel de los pezones exorbitados, los brazos estilizados, yertos, siguiendo (aunque sin perspectiva) la forma de los peldaños, el cuello dibujando un cubo imposible y la cara, la seriedad pasmosa de tu cara, plana.

Enseguida estoy abajo y te auxilio, me acuclillo a tu lado, grito auxilio, a alguien le pido que llame a la ambulancia, tiendo las manos para acariciarte (pero no llego a tocarte, no sabiendo qué pudiera pasar si lo hiciera), me muevo a tu alrededor, angustiado, buscando vida en tus ojos abiertos que miran la noche como si ya la tuvieran dentro, y te beso, acerco mi cara a la tuya y te beso en los labios, y me introduzco en tu boca, siento tu lengua horadada (pedazo de carne tibia en cuyo centro aproximado un agujero ha sido recortado –perfectamente, horriblemente redondo). Mi boca se llena de carne, de carne picada y cruda, de vértebras, vísceras, casquería, ligamentos, fascies, jirones de piel, grasa, algunos pelos, hígado a medias masticado; he de apartarme, con la boca llena, la chica que ha llamado a la ambulancia me ofrece un plato hondo, una bacía de porcelana, y ahí vacío la boca de tu carne, tendones, globo ocular, intestino, bazo, uñas, todo revoltijo sangriento, desordenado, cúmulo orgánico (gónadas, pólipos, duricias, cartílagos, músculos) que mi boca vacía y vacía en el platillo que me ofrece la chica. Cuando termino de vaciarme de tus entrañas, de los fragmentos de tu cuerpo, veo que cubre el platillo con una servilleta de papel, que enseguida se mancha de rojo, que enseguida se torna negra, denso negro de luna. Aún me quedan restos de casquería y despojos en la boca, me saco un huesecillo (¿una falange?) y lo deposito en el plato. La chica, con gestos de sacerdotisa, retira todo.

Entonces oigo y veo a la multitud que se aglomera haciendo círculo de curiosos en torno a tu cuerpo, mucha gente, y me enfrento a ellos, me levanto, les aparto, alzo la voz y les grito, son ex-cuñadas, son tíos, hermanos, también están tus padres y el suegro de la sacerdotisa, un sobrino ríe, díscolo, le doy un coscorrón y se escabulle entre la turbamulta de parientes, están mis dos ex, una seria y de mirada recriminadora, algo más alejada, displicentemente apartada, la otra más histérica y en primera línea,  diciéndome lo que he de hacer, está desnuda, no sé en qué posición pero reconozco su sexo de anguila roja, sus pechitos duros, le digo que se calle, grito Váyanse todos, también mi madre está mirando y metiendo bulla, les empujo, Váyanse, no hay nada que ver, no queda nada, grito, les pastoreo hacia la salida con ademanes y empujones, se va vaciando de gente el sueño y la pesadilla se deshace en sudores, se concreta en una angustia apretada contra el pecho y una última imagen de tu cuerpo vacío, acartonado, plegado desmadejado, desencajado, mostrando huesos sueltos, pellejo y articulaciones descoyuntadas, o acaso ya sólo la sombra de lo que fuiste, con la luna impertérrita, desde el cielo derramando incontinente su fría luz azul.

Me he despertado en un tremedal de sudor pegajoso.

Al levantarme de la cama he ido derechito a la ducha. Con el chorro de agua fría cayéndome en la cabeza, salpicando, resbalando por mi cuerpo, he cerrado los ojos y he vuelto a meterme dentro de la pesadilla, y me parecía que la estuviera mordiendo y masticando con mandíbulas de calavera. He estado mucho rato bajo el agua. Me he aseado. Mientras me afeitaba no sé qué gesto he hecho, pero he notado cómo se me esguinzaba la espalda.

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