Calandria, calandrias furiosas

La calandria es un ave habitual en los secanos y pseudo-estepas de campas cerealeras. Se abriga en los márgenes y alza el vuelo y huye con vuelo ágil y apresurado. Ave discreta, menos vistosa que la alondra, viste plumaje pardo, grisáceo con algún cerco de blanco en los bordes de las alas.

Muchos de nosotros, sin embargo, más que un pájaro recordaremos un romance antiguo, en realidad un par de octosílabos que dicen “cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor” del Romance del prisionero que aprendimos en el colegio. Una de las peculiaridades de este ave es que no define su silbo, sino que lo modula según los otros cantos pajariles, y esta es la razón por la cual a una especie responde otra (no es licencia poética, sino un caso de realismo de la literatura española, escrita por quien bien conoce los usos y curiosidades del campo).

Y mientras pienso y escribo estas líneas atruenan, un piso abajo de donde estoy (estabulado de nuevo), las calandrias. Las calandrias mecánicas, los grandes rodillos calientes que giran y rugen satinando metros y metros de papel, sin cesar girando, sin cesar y sin perder el ritmo produciendo resmas y bobinas de papel. La fábrica huele a parafina, a polvo de papel, a tinta, huele a taladrina y a aceites. Se mueven los toros mecánicos arrastrando bobinas, pilas de papel troquelado, resmas dispuestas para empacar, se oye el chasquido de la guillotina, se sobrepone al ruido de una máquina el chas-chas de la cuchilla giratorio un poco más allá, alguien grita que dónde guardo estos clisés, en el muelle de carga un camioner espera junto a las fauces abiertas que le carguen para irse a distribuir. Esto en la planta. En el piso de oficinas, los soniquetes de los teléfonos, los papeles que de una mesa pasan a otra, las idas y venidas al lavabo, las guerras por el control del aire acondicionado, el tipo de la fotocopiadora que desentraña los mecanismos y los pone a punto para otra temporada, y en la calle, las complicidades apoyadas en las jambas de la puerta apurando pitillos. Pasan camionetas desballestadas por las calles tristes del polígono.

Apago el ordenador cuando suena la sirena de las trece treinta. Salgo del cubículo. Mi ropa huele a parafina líquida. Mañana más.

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