Comer el coño

Me he reservado dos mañanas, las de los jueves y viernes, para mis cosas, para alimentar al bicho que llevo dentro, para dar de comer y vomitar a gusto mis tintas varias, mis miedos libres y sacar a pasear mis neurosis cejijuntas. También para cuidar de mis plantitas, para ver crecer mis cactus y poner orden en la casa o ir a la estafeta postal a recoger las notificaciones de impago. Y aprovecharé estas mañanas, si no me levanto con el pie de en medio, para hacer progresar mi proyecto literario. Miguel Pérez de Lema una vez me dijo, contestando a mi pregunta “¿Cuál es tu proyecto literario?”, me contestó una frase que caló: “Mi proyecto literario es tener tiempo para tener un proyecto literario”. Caló tanto que al final lo dejé todo (o dejé mucho) para exactamente esto: tener tiempo. Tiempo para perder, tiempo para centrarme, tiempo para compartir, para recordar, para poner orden. Tiempo para mí. Tiempo para la escritura.

Porque se necesita tiempo para ser creativo.

Para repetir lo que otros han hecho basta con dedicar trabajo, horas, basta con reiterar los gestos ya sabidos, con aplicar un esfuerzo rutinario a seguir la norma, el uso, la costumbre, repetir la eficacia pulida por otros a lo largo del tiempo. Pero para inventar algo nuevo es preciso parar, bajarse del mundo, apearse del tiempo y considerarlo todo de nuevo. Es necesario adoptar un nuevo enfoque, ajustar los paralajes y las ópticas para ver el mundo con nuevos ojos, con nuevas palabras, con nuevas pinceladas; inventar un nuevo mundo, pues. El mundo es el mundo, en él hallamos lo de siempre; de lo que se trata es de calificar nuevamente lo que hasta ahora había pasado desapercibido. Lo cuenta Pla en la entrevista “A fondo” cuyo vínculo colgué en este diario hace unos días, muy al principio de ella. La literatura, viene a decir, es básicamente encontrar el adjetivo.

En efecto, escribir es crear un mundo nuevo mediante el descubrimiento de nuevos calificativos. Aquí conté el pasmo que me produjo, hace un par de años (¿tanto?), descubrir cómo puede decirse de alguien que logró hacer sofritos “amb una ondulació de matisos cal·ligràfica” (Josep Pla, El quadern gris, OC 1, pàg. 404). Un árbol es un árbol. Un sofrito es un sofrito. Una rosa es una rosa es una rosa. Y no hay más. En el adjetivo, en el calificativo, está la gracia.

Puedo estar escribiendo una escena de sexo. En el barullo de ella puede darse un cunninlingus. Y puedo usar esta palabra para mencionar el acto, o puedo escribir “comer el coño”. Probablemente, si uso la primera, la asepsia del latinismo, por muy cristalino que sea, enturbiará el ritmo de la narración. Si escribo “comer el coño”, en mi opinión, me perdería en lo más llano, en el común hablar, en el vulgarismo. Y no pretendo, en mis textos, reseñar vulgaridades, sino al contrario: busco hallar maneras nuevas de calificarlas, decir de otro modo lo que todos hacemos (o nos dejamos hacer con gusto), dar con la manera  novedosa de decir lo mismo con otras palabras. Busco, hurgo, excavo, y al final encuentro y clavo, entonces, en mismo el epicentro del relato del coito, un “hundirme en la bisectriz de tu deseo”. No es lo mismo, pero es igual una lengua hurgando en la intimidad de la mujer, aunque dicho de otro modo. Son los mismos sabores, las mismas turgencias, es el mismo gustirrinín que caracolea en el bajo vientre y se apodera entre temblores de las lumbares, es el mismo hurgar lamer sorber soplar aspirar tironear mordisquear apretar restregar… pero con un pequeño esfuerzo suplementario de locución, que es lo mínimo que debe hacer el escritor en su ejercicio. Del mismo modo, el fotógrafo buscará “algo más” al retratar esto mismo.

No es lo mismo una foto porno-amateur que una obra de arte firmada por Mapplethorpe, aunque refieran el mismo acto.

Para escribir “comer el coño” no es necesario buscar tiempo para uno mismo. Basta con tomar el atajo de lo común, de lo ya dicho. El escritor no se contenta con comer coños, busca bisectrices del deseo entre las piernas de sus amantes. No sin tino, Thomas Mann acuñó una definición para el escritor diciendo: “Es aquella persona a quien le cuesta mucho escribir”. Y le cuesta mucho escribir porque no se contenta con decir que folla o que hace el amor; porque de continuo busca maneras nuevas de contar cómo folla o cómo hace el amor.

Ser creativo implica, pues, zafarse del común (con riesgo de ser un freaky). Ser creativo, pues, supone tener que arrostrar la posibilidad de equivocarse, de confundir la bisectriz con la tangente y resbalar por ella hasta el ridículo.

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2 Respuestas a “Comer el coño

  1. No sé por qué este post no tiene coments, a mi me parece de lo más interesante y real que he leído por la Blogosfera. Y estoy de acuerdo al 100%.
    No es lo mismo arte que hartar, sin duda, y el lenguaje que se usa al escribir (yo lo llamo estilo) es lo que define lo escrito y al que escribe. Igual que al hablar.

  2. Enlazando con el última parte de tu texto, te diría que ser creativo acaso tenga que ver con llevar determinada parte del común a extremos a los que quizá no había llegado. Sólo partiendo de lo común (los juegos de lenguaje) y expandiendolo podemos ser creativos .

    Eso sí, si se queda uno solo en esa parcela y se la estira tanto que se cortan amarras con todo lo demás, entonces, definitivamente, tienes todos los numeros para ser una especie de friki. Que tampoco está tan mal, pero vaya bueno es saberlo, no?

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