En La Baignoire

Entro en La Baignoire cuando aún no está abierta al público. Hablo con la camarera. Es una moza alta y guapa, de negro ceñida, mujer morena con ojos donde —suspiro— sería lindo alunizar, de cortas palabras pastosas y sonrisa hospitalaria, brasileña o portuguesa, que se mueve detrás de la barra ordenando vasos y botellas, llenando neveras y pasándole un trapo a los ceniceros. Hoy necesito una ginebra de media tarde, le explico, Deixa-m passar, le pido, No faré nosa, le aseguro. Accede. Em pots fer una Hendricks? Dice que sí. Me siento en un taburete alto frente al ventanal que se asoma a la calle. Lío un pitillo.

La Baignoire de Gràcia está en la calle Verdi número 6. Sus paredes están empapeladas con oscuras cenefas y hojas raras de acanto doradas, con fotos y espejos apaisados, con una pizarra que canta la carta de vinos selectos. La especialidad de la casa, sin embargo, son las ginebras bien hechas. Hoy necesito una de estas ginebras tan generosas como turbadoras, servidas en copa alta y copuda donde los hielos pueden flotar y tintinean al ritmo del jazz saltarín con que el local arropa a los parroquianos.

Miro el trecho de calle que queda frente a mí, muy animado con gentes de toda laya que vienen y van, que pasan sin verme por delante de la pecera que ocupo, algunos van charlando, otros hablando por el teléfono, otros cabizbajos y desentendidos del mundo. Veo al yerno que acompaña impaciente los pasitos astrosos de un viejo, veo a la mamá que da la mano a la niña, veo a los novios enlazados que hablan de sus cosas dejando tras de sí un rastro meloso de felicidad, veo a los dos colegas que han quedado para acabar de perfilar una idea de proyecto, con carpetillas en las manos llenas de papeles y vehemencia —también ilusiones—, veo la cara abstraída de una universitaria que baja abrazada a su carpeta negra y azul de la UB, miro con deleite sin fuerzas (sense esma) la desgarbada altivez de una elegante negra de África Oriental, paseando sus anchas caderas en el festival estampado de su vestido, con los pechos diríase que astifinos, el escote amplio como una provincia sudanesa y los altos pómulos y la frente bien alta. Veo cómo un motero —cruzado con heavy— la mira con deseo; aprecio el desdén con que ella ni le mira y sigue calle arriba con su jirafil parsimonia y su caminar ondulado. Una pareja de novios aparece y se para a hablar delante del ventanal. No les oigo, ellos no me ven. Ella, mientras habla, rebusca en su bolso, saca un pitillo, se lo lleva a los labios, sigue hurgando en las entrañas —diríase que procelosas— del bolso y no se da cuenta que su atento churri le tiende paciente un mechero que ella no ve porque ha extraviado la mano y la mirada en el pozo del bolso. Cuando se da cuenta, se encienden dos sonrisas que resplandecen, cuyos destellos entrechocan con los hielos de mi copa. Bebo un trago mientras ella enciende el pitillo y reemprenden el paseo. Tiene buen culo y lindas tetas bien puestas. Me gusta su media melena de un color rubio roto. Por un momento la intuición me haría apostar que va enterita depilada; no sé por qué lo pienso; tampoco sé cómo lo sé; ni me demoro en la idea. Me he propuesto no encallarme hoy en pensamientos demasiado hondos, me he propuesto hoy planear sin más y según sople el viento de la tarde (pasa una embarazada con un barrigón de doce meses, dándole la mano a su pareja; quizás carga mellizos, o gemelos, vete tú a saber, de tocologías yo no sé), sin pretender adentrarme en honduras que son hoy trampas de tristeza en las que no deseo perderme; me quedaré, pues, hoy, en la superficie de las cosas, sin encelarme. Bebo un poco más y sigo entreteniendo mi tristeza lunera con la mucha gente que va y viene. La mamá con la niña vuelve a pasar, en dirección contraria; antes bajaban, ahora suben la calle. Pasan dos chamacos andinos, de fuertes espaldas y luciendo brazos tatuados. Hablan animadamente. Un par de amigas siguen sus pasos; ellas cuchichean; comparten un cucurucho de frutos secos.

Desde mi pecera, flotando en el jazz vagamente saltarín (¿bossa-nova?), veo la ciudad respirar sin poderla oír, miro la gente deambular en sus ocupaciones de una tarde de lunes bochornoso de septiembre mediado y libros de cole recién estrenados.

Salí a navegar el sábado. La generosidad sin cortapisas de la Teniente de Navío me regaló un día de mar sin interrogantes ni exclamaciones, sin tildes diacríticas. Llevé la caña un rato. Tracé sobre las olas bordadas largas que empequeñecían la costa, con la brisa preñando de velocidad las velas, con el timón tajando el agua sin excusas. Pasamos por encima de bancos de medusas amarillas, que flotan como globos medio sumergidos. El mar tiene un color azul desleído en grises acerados, las olas se mueven con falta de fluidez, sin llegar a romper sus crestas en cabritillas de espuma, como si navegásemos sobre un líquido consistente y denso. El cielo, manchado de altas nubes deshilachadas, pinta grises mates en los senos entre ola y ola. No se oye nada si no es el viento, si no es la charla en voz baja y esporádica, si no es el repiqueteo de algún cable contra el aluminio del mástil. Me asomo a la proa. Respiro y descanso. No hay nada que leer aquí: ni pasquines en las esquinas, ni matrículas de coches o anuncios o marcas comerciales. Me acuerdo del ponto vinoso de Homero, luego les hablaré a los amigos del mar vinoso de Homero, pero ahora, con las piernas colgando por la borda de proa, mojándome los pies, callo y miro el mar. En él me emborracho.

Zafarrancho, vamos a virar. La botavara cruza por encima de la bañera, agachamos la cabeza; el genovés flamea un momento, se hincha de nuevo. Cambiamos de borda para equilibrar la escora. Seguimos cortando retales de mar sin mirar el reloj, de un lado a otro por el simple placer de navegar. Fondeamos al socaire del muelle de la fábrica de cemento, frente a la cala Morisca. Comemos. Vaciamos una botella de Priorat aterciopelado. Nos desnudamos, nos tiramos al agua. Floto. Reímos. Nadamos en rededor del barco. Cerramos los ojos, el sol relumbra. El agua es verde. Me gusta flotar. Necesito flotar.

Nos secamos luego tendidos al sol sobre la cubierta de proa, mecidos por el mar. Compartimos una lata de cerveza.

Eso fue el sábado.

Hoy es lunes, sin embargo y sin remedio, y en él ando varado, encallado, desgarrados mis bajos por los escollos de la tristeza que no vi venir, aun sabiendo que navegaba en aguas peligrosas. Tengo una vía de agua en el alma. No naufragaré, pero algo se ha roto en el casco que hasta ahora me llevaba mar adentro. Por eso cabeceo triste hoy. Por eso busco hoy en La Baignoire un puerto seguro (algodonoso de jazz y copón de ginebra) donde recalar.

Y miro al paisanaje. Y tarareo La Negra Flor trabucando palabras. Es el turbador efecto de la Hendricks, amén, bendita sea su analgesia. Unas adolescentes con largas piernas y melenas recogidas: las tres llevan las mismas gafas de sol, aunque no llegue éste a la calle encajonada, pero da igual; deben decirse: es lo que hay que llevar, fashion victims de quince años; recorren la calle como las mujeres de Helmut Newton, como pregonando “Vamos a comernos el mundo” aunque se sepa (todo el mundo lo sabe, ¿verdad?, menos ellas) que están aterrorizadas por si alguien les diese un muerdo antes de hora; pienso en mi hija mayor, que está en este punto del crecimiento; la daga de su recuerdo me clava un ay en el pecho: hace muchos días que no veo a mis hijas. En sentido contrario, remontando la calle, un chico bizarramente vestido, con pantalones pitillo negros, con camisa de los años setenta (picudos cuellos de camisa), una larga corbata mal anudada —estudiadamente mal anudada: nudo Windsor sin ceñir—, zapatos blancos, crencha pastosa de brillantina en mitad del cráneo; aún hay bohemia en Gràcia. También gitanos: una familia descarga bártulos y se cuela en un portal, la mujer mayor (cetrina de piel, arrugada, resollante en sus faldas amplias) se queda esperando abajo. Al cabo de un rato aparecen de nuevo los que han subido, primero el niño correteando, y luego detrás la mujer joven (que será como la vieja de aquí a veinte años) y el hombre.

Verde viento, verdes ramas… Como el mar vinoso de Homero, el verde viento de Lorca se me cuela por las grietas del alma y tiñe de frío el mal trago de hoy lunes.

Bebo más ginebra. Bendita analgesia. Sigue sonando el saxo, llenando la pecera con su melodía. La camarera se afana tras la barra, pero ni la veo ni apenas la oigo. Estoy solo frente al mundo, arropado por el saxo, que con cálidos dorados, con cálidos amarillos, quiere achicar el verde viento, verdes ramas, que hoy, lunes sin piedad, me inunda y me asfixia. Lío un pitillo. Lo fumo y me río de la imagen que me viene en mientes: soy un pez mirando a través del cristal al mundo que desfila, un pez que fuma, aislado en su acuario, curioso, atento a todo (un niño pasa corriendo con una pelota, ansioso, supongo, por llegar a la plaza de la Revolución que está al cabo de la calle y poder juntarse a jugar con sus amiguitos; le sigue un abuelo que apresura el paso y hace gestos y, supongo, le llama y le dice que no corra; no oigo nada, pero veo sus labios moverse, su bigote de morsa aún franquista agitarse). Soy un pez que boquea humo dentro de la pecera mirando al mundo que discurre frente a mí.

Un pez que sabe que todo pasa. Y que espera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s