¡Gabriela!

As I see it, the Roman political system facilitated a most intense and ultimately destructive economic exploitation of the great mass of the people, wether slave or free, and it made radical reform impossible. The result was that the propertied class, the men of real wealth, who had deliberately created the system for their own benefit, drained the life-blood from their world and thus destroyed Greco-Roman civilization over a large part of the empire… If I were in search of a metaphor to describe que great and growing concentration of wealth in the hands of the upper classes, I would not incline to anything so innnocent and so automatic as drainage: I should want to think in terms of something much more purposive and deliberate –perhaps the vampire bat.

Son palabras de G.E.M. de Sainte-Croix, en su libro The Class Struggle in the Ancient Greek World, de 1981. Las leo citadas en el último gran éxito de Robin Lane Fox (The Classical World), autor americano poco susceptible de aplicar la epistemología marxista de Sainte-Croix. Pero éste clava-fija-resume en una imagen contundente un aspecto  importante de la economía clásica, aspecto que devino razón importante del hundimiento final y del colapso de aquella civilización greco-romana del Imperio de Augusto y sus sucesores.

Y doy con estas palabras mientras en las radios y la opinión publicada (que no pública) zumba el runrún de la venidera huelga general. Y las considero tras mi primera semana laboral después de un año sabático. Tras haber corrido asfaltos de un lado a otro cada día, tras haberme comprometido con proyectos variados que me obligan a descartar otros más personales temporalmente.

Hace un año exactamente un esguince de espalda me lisió las ganas de seguir haciendo ricos a managers y corporaciones multinacionales sin beneficio propio. Aprovechando el Pisuerga doliente que me rompía la espalda, dejé el despacho y con él la rutina de ocho a seis, mis viajecitos worldwide, mis corbatas y mi salario con sus correspondientes pagas extras. No echo de menos nada de esto.

Mi vida ahora es mucho más interesante: no lidio con cosas (máquinas, pedazos de latón cromado), trato con personas (un gerente que me ha contratado para que le diga lo que veo que funciona mal en su empresa; alumnos y alumnas que me escuchan para aprender francés…). No espero hacerme rico, pero tampoco lo era ni podía serlo antes (mayor salario son mayores gastos: seguiré ahora con los mismos problemas que antes para llegar a fin de mes, pero gastando menos). Igual que antes, mi cartera pesa demasiado (o mi espalda sigue siendo enclenque). Pero ahora no son muestras ajenas lo que llevo, sino recortes, papeles, ideas mías.

Vuelvo a casa tarde. Salgo cada noche de clase y me encamino al coche y miro al mundo.

¡Gabriela!

La voz sonaba ronca, como astillada. ¡Gabriela! El chico, un veintiañero, se apoyaba en una farola, y dirigía su mirada a algún balcón de la acera donde yo esperaba para cruzar la avenida. ¡Gabriela! rugía haciendo altavoz con las manos. Pasaban los coches. Para gritar el nombre de Gabriela, el chico esperaba que el tráfico se espaciara, y en aquellos paréntesis de silencio, él desgañitaba sus celos, su amor o no sé bien qué: ¡Gabriela! sin dejar de vigilar el balcón de la llamada Gabriela. Se puso verde el semáforo de peatones. No crucé. Me quedé liando un pitillo, y escuché la voz desbaratada por el esfuerzo reiterar al cielo el grito imposible de Gabriela, una y otra vez.

El semáforo se puso rojo, verde para los coches, que volvieron a rugir entre el chico de la acera de enfrente y yo. Alto, vestido de oscuro, el mozo se apoyaba en una farola y parecía como si le costara sostenerse, como si sólo fuerzas tuviera para gritar el nombre de Gabriela. En la siguiente fase semafórica, cruzo y me alejo de este episodio de amor.

Cavilo: ¿se habrá asomado ella al balcón? ¿Mañana estará afónico el amante? ¿Qué podría inventar García Márquez alrededor de este atormentado grito?

Cuando llego a mi pueblo, éste está a oscuras, sus callejas desiertas. Una señora saca la basura. —Bona nit. –Bona nit, me contesta, y se mete dentro. Yo también me meto en casa, ceno rápido escuchando las noticias, me desnudo, me tiro en la cama con mis libros, leo un poco, se me cierran los ojos, me deslizo en el sueño como una hoja de otoño. El herrumbroso grito de Gabriela viene a darme las buenas noches, o acaso ella misma se hace presencia en mi sueño, no estoy seguro.

En cambio estoy seguro de que prefiero lo que hago a lo que hacía. Estoy seguro de que los vampiros no han cesado de chupar la sangre al proletariado desde los tiempos de Augusto, aunque el panem et circenses sean ahora fútbol y vacaciones pagadas, telecincos y zaras, mileurismos abismales y mazorcas transgénicas o tomates insípidos.

También estoy seguro de la Leffe que esta noche compartiré para celebrar que puedo compartir una Leffe.

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Una respuesta a “¡Gabriela!

  1. Salgo de aquí con dos imágenes potentes. La primera por ese trozo que has robado para nosotros. Permite ver lo que está pasando ahora: el final de un Imperio que, a unos pocos, nos dio una sensación de que controlábamos nuestra vida.

    La segunda es que me he imaginado que el 29 muchos, pero no los suficientes, gritaremos ¡Gabriela! Y estoy seguro de que ese balcón no se abrirá.

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