La ciudad a tus pies

Donde la ciudad pierde su nombre, en las faldas de Collserola, hay un bar cuya terraza se abalcona sobre el llano de Barcelona. La ciudad entera se extiende hasta el mar, es un mar de luces anaranjadas, un resplandor que ciñe el perfil muy chato de la ciudad (excepto las colinas (turons) y la mole de Montjuich). El bar es el Mirablau. También ahí está el Merbeyé.

Es agradable, en verano, coger el coche y subir a tomar una copa y charlar mirando la ciudad que palpita. Era una parada si no obligada sí recomendable antes de perderse por los caminos forestales donde podía uno aparcar su Cadillac solitario cuando no apetecía acercarse al rompeolas. Lo cuenta Sabino Méndez en este vídeo que Diva colgó en enero pasado en su blog. Cadillac solitario es una de las banderas de aquellos 80 en Barcelona.

Estudié con Sabino Méndez. Recuerdo que me dijeron: –Mira, ¿ves aquel chico? Es el letrista de Loquillo. Pero recuerdo a la amiga que me lo decía, miré el dedo señalando, no aquello que el dedo señalaba. No tengo una imagen de Sabino. Si me he de fiar de aquella amiga, coincidí con Sabino Méndez en alguna clase de Filología en la UB.

No sé qué habrá sido de él. Supe que había hundido su sino en las drogas. En aquellos años (y en los actuales, supongo) fueron unos cuantos los que extraviaron su destino en rayas de coca o picos a destiempo. De mi colla (cuadrilla) de amigos, un par o tres se esfumaron, alguno de ellos de manera irreversible.

No teníamos dinero entonces para subir al Merbeyé a pagarnos vasos anchos de buen whisky –probablemente tampoco teníamos coches. Nos limitábamos a rondar por Gràcia y a beber medianas de Estrella en bares, baretos y locales turbios hasta no poder más. Solíamos quedar en La Sospita, un bar que ya cerró, sito en la esquina de Perill con Venus (confluencia que, por sí sola, marcaba el rumbo de las noches). Era un local sin excesivas señas de identidad, un continente inocuo cuyo contenido eran nuestras largas noches de charla. Allá nos dábamos cita, asaltábamos el altillo y nos instalábamos en una gran mesa de salón pequeño-burgués que nunca supimos cómo pudo alguien subir a aquel estrecho altillo de techo bajo. Ahí nos apretábamos todos, los amigos (de ambos sexos y variados deseos), las cervezas, las trenzas de humo verde y las largas conversaciones de los 16-19 años. El tablero de la mesa estaba agujereado. Aquellos agujeros los usábamos de ceniceros, y el resto de la superficie se llenaba de botellines; al terminar la noche salíamos a la calle con ceniza en las perneras y enredando risas tontas con pasos desorientados. Teníamos que descolgarnos por una escalera inestable, vertical y traicionera. Reíamos a menudo: era fácil subir; bajar del cielo cuesta más, decíamos.

Ph. F. un día decidió no bajar. Y ahí se quedó, en el limbo del no-saber, o del mucho-saber (yo no lo sé). Extravióse del todo por las sendas que se bifurcan de las pastillas, se subió al caballo y llegó a Laos, volvió, estuvo meses rondando por la India, le veíamos poco, aparecía, demacrado, opinaba poco, se perdía en tesis que no entendíamos, desaparecía. Ya, con el tiempo, nada sabemos de él. Es un fantasma, un recuerdo, una estatuilla desfigurada entre los lares de nuestra colla, a quien mencionamos muy de refilón (casi siempre preguntando –¿Se sabe algo de Ph.? sabiendo de antemano que no, que no se sabe nada de él desde hace años, ni condición, ni estado civil, ni estado de salud (física y mental) ni paradero). Tampoco está en Facebook, me han dicho.

Quizás esté aún observándonos a todos desde aquel altillo, o desde la terraza asomada a Barcelona del Mirablau, con la ciudad a sus pies, con una ginebra en la mano y brumas en el cráneo, con aquellos sus ojos profundos y negros, con aquella cara larga y su cabellera rizada, negra, escuálido. Y si así es, seguramente se ríe de nosotros, con aquel humor tan suyo, sarcástico, afilado, huérfano de compasión y certero.

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2 Respuestas a “La ciudad a tus pies

  1. Diva/Di ha sido informada de la cita. Aunque creo que te equivocas y fue Di. O me equivoco yo y son un solo ente.

  2. Muchos saludos Pedro. Gracias a la actividad detectivesca de nan llego a ti. Somos dos, y puede ser es un poco lío… hasta nan piensa q podemos ser una, en realidad un tío, q juega. Diva me enroló en esta aventura, y aquí estamos. Nos reimos, q es lo importante.

    Salud

    Di

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