Dos ojos son pocos para miraros

Juan Fernández de Heredia estiró su vida entre 1480 y 1549 y fue poeta de poca monta. Existe un cronista aragonés del mismo nombre, pero los versos que siguen no son de él, sino del primero mencionado, oscuro poeta de poca monta, como queda dicho, o que dejó poca huella, y que se prodigó poco en las redes sociales (me confirman fuentes bien informadas que ni siquiera tuvo un blog). Es uno de esos muchos nombres de la historia pequeña de la Literatura castellana. Nombres perdidos, náufragos de la historia, como rocas que emergen sobre las olas, pero que ni siquiera son islas, ni siquiera son arrecifes, sólo un pico que asoma entre espumas. Como aquel Favila, sucesor del Rey Pelayo de Asturias, de quien sólo se sabe que lo mató un oso a los dos años de coronarse.

Dice así la canción que nos legó Fernández de Heredia:

Pues que para contemplaros
tales ojos me dio Dios,
fueran muchos, porque dos
son pocos para miraros.

Tienen tanto que hacer
en cualquiera cosa vuestra,
que de firmes en la muestra,
las otras dejan de ver.
Diérame, pues quiso daros
tanto que mirar en vos,
muchos ojos, pues que dos
son pocos para miraros.

Y aún siendo poeta sin brillo, topo con estos versos y sonrío. Dejando de lado lo que debe a la poesía de cancionero que se estilaba en aquellos tiempos, hay una cierta gracia (aunque no liviana) en este juego de palabras y en este clamar por más ojos para mejor mirar lo que el amado, en la amada, no se cansa de mirar. Como si un sediento pidiera más boca para más agua.

El tableteo de la lluvia en el patio me despierta a media noche. Un resplandor azulado se cuela por la ventana abierta. Me levanto sigilosamente, ajusto la ventana después de proteger a mis cactus –pues se me arrugan con la demasiada lluvia. Me vuelvo a la cama, me arrebujo en las sábanas y acomodo el cuerpo a la huella de calor que se quedó estirada donde estuve durmiendo. Y antes de deslizarme de nuevo en brazos de Morfeo, la miro.

Su cara dormida, relajada, su cabellera negra sobre el almohadón, un brazo desnudo, el pecho desnudo, su teta subiendo y bajando con su respiración, su pezón que mira el techo. Estiro una mano y recorro el perfil de su cuerpo, acaricio levemente su piel (apenas). La miro dormir a mi lado. Sonrío.

Cuando cierro los ojos he inscrito en mí los tonos azulados, los matices grises de su nuda piel dormida a mi lado en la noche, he disfrutado del mohín, que no es mueca, de su cara relajada, hundida en sueños, su cuerpo relajado. Cuando cierro los ojos me acuerdo brevemente de aquel poema de Benedetti que musicó Serrat y que hablaba de una mujer dormida y en lo oscuro.

Tiempo después, al pasar una página, buscando un momento de paz entre trasiegos, doy con los versos que he citado arriba. Y sonrío. Pues acaso sí me hubiera gustado tener más ojos para acariciar con la mirada su escote, sus hombros, su vientre, sus muslos, su cara y su sonrisa.

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