Powerpoints

Este slide se ha hecho célebre. De él dijo el general Mc Chrystal que la guerra de Afganistán la ganarían cuando lograsen entenderlo (lo contó el NYTimes). Eso explicaría porqué siguen ahí. Hay otros igualmente farraminosos.

En Le Monde leo una entrevista a un autor que le ha dedicado un libro a esta herramienta de comunicación (y de desinformación por igual). Es interesante: en sus tesis reconozco sospechas que me rondaban. Un buceo por la red me permite pescar algunos datos complementarios, aquí, por ejemplo, o aquí o aquí.

Recientemente he tenido ocasión de abusar de los powerpoints. Es fácil, con ellos, mostrar esquemas, conceptualizar, definir y deslindar problemas (hasta cierto punto). Es fácil con ellos lograr llevar de la mano a la audiencia, incluso de Málaga a Malagón. Es fácil, con ellos, deslumbrar, porque el powerpoint tiene un componente visual que atrae (y que distrae).  Jugando con sus potencialidades, todo puede expresarse. Pero siempre de manera concisa, superficial, liviana, digerible. Powerpoint es al management lo que la McBurguer a la gastronomía: un sucedáneo que da el pego, un pobre sucedáneo que llena pero que no se degusta. Muy americano.

Es fácil de utilizar y a la vez es útil: a menudo las cosas complicadas se aprecian mejor en bosquejos que, forzosamente por ser apenas bosquejos, han de dejar aspectos relevantes fuera de la atención de la audiencia, que va guiada de slide en slide hasta la abulia total, como en esas películas aburridas que solamente atraen la atención por las argucias técnicas de su arte (plano, contraplano, traveling…) sin comunicar nada.

Powerpoint fue desarrollado como herramienta de ventas. La venta, básicamente, es un mensaje. Con Powerpoint el mensaje se podía hacer ameno, podía ilustrarse, glosarse, complementarse, resumirse… Y su éxito extendió su uso a todos los ámbitos. Incluso al de la política. A la administración estratégica. A los militares. A la enseñanza…

Y así hemos llegado al punto, al powerless point (¿o al pointless power?), de nuestra civilización de pacotilla donde no se ahonda, donde todo se resume en frases ingeniosas carentes de ninguna enjundia, rosarios de razones sin hilvanar como píldoras derramadas del pastillero de la abuela, gráficos de colorines, tablas confundidoras (véase aquí un ejemplo ilustrativo), conclusiones zahirientes y sin marcha atrás (como las películas malas). Marketing todo. La venta, hacer llegar el mensaje (sea cual sea éste, si es que hay alguno), es el único fin. Hacer pensar, no; debatir, no; estimular la colaboración en los equipos, tampoco. Y ya se sabe: Si el poder corrompe, el powerpoint corrompe absolutamente.

Así que atentos: del mismo modo que no debe abusarse de la comida basura, no hagamos abuso de los powerpoints. Volvamos, pues, a la dieta mediterránea del pensar, del interactuar, que serían las charlas peripatéticas sin orden del día y una higuera para dar sombra a la charla mientras el sol recorre el cielo.

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