Se paró el reloj

Se quedó en las cinco y dieciséis minutos, como si fuera una elegía de Lorca, se me clavó el reloj en el tiempo y quedó quieto.

Cuando descubrí el parón, uno igual me sobrecogió el pecho.

Era un reloj que compré en Sitges en un rapto adinerado: lo vi en un aparador y me gustó. Era poco después de mi divorcio, hará de esto seis o siete años, quizás menos. Paseaba con la Belle Dame aux Yeux Bleus por las callejas encaladas de sol en una primavera que estrenaba amor y soles por igual, y me enamoré del reloj. Ya se sabe: en primavera se enamora uno con facilidad si luce el sol. Es tiempo, me dije, de tener mi propio tiempo. Saqué el sobre con el efectivo de un finiquito recién cobrado, entré en la relojería, lo probé, lo miré en mi muñeca, me sentí feliz y ahí lo dejé.

Lo he llevado estos años. Daba las horas con prístina nitidez. Me gusta el diseño negro y las clarividentes agujas, precisas y mínimas. Me recordaba, tras el tráfago del divorcio, el nuevo tiempo que era mío y sólo mío, inmensamente mío.

Ahora me he quedado sin reloj; pero sigo teniendo el tiempo.

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