La suerte

Lo del reloj fue el viernes. Hacía tiempo para entrar en clase, me bajé a la calle a fumar y a leer unas pocas páginas de una novela. Miraba la gente pasar. Miraba las chicas, me quedaba encandilado con sus botas. ¿Hoy no se puede ser mujer y salir a la calle sin botas de vértigo? Miro a la dependienta de la tienda de chucherías donde a veces me paro a comprar una lata de coca-cola antes de subir a clase; ella también fuma, como yo, de pie en la puerta de su tiendecilla. Una camarera dispone mesas en una terraza. Finales de octubre, me digo, y aún puede cenarse en la calle; qué lujo qué suerte de país. Una pareja, ella blanca y él negro, con su bebé mestizo cruzan por delante; ¡qué guapos son los tres! No estoy leyendo la novela. Es un clásico de Woolf, pero no me interesan tanto las andanzas de Ms Dalloway por Regent’s Park como la vida, la pura vida, que aquí y ahora deambula delante de mí, en la calle Sant Roc. Delante de donde estoy se alza la torre del siglo XIV donde doy clases. Me gustan sus dos altas ventanas góticas, estilizadas, abriendo sus líneas conopiales en el paño de piedra antigua que se empeña en perdurar, medio metro por delante de la línea de fachadas, en la calle comercial. Era el antiguo palacete de los Tagamanent; una placa a la entrada indica su valor histórico-artístico y reseña que en esta casa murió un Condestable de Portugal; eso fue en 1366, o un siglo más tarde, no lo recuerdo, yo entonces era muy niño. Un minusválido muy simpático vende cupones de la ONCE junto a la bocacalle, arrimado a la pared, con un atril verde y ristras de números que cuelgan. No suelo comprar cupones o décimos de lotería. Siempre me ha dado miedo la suerte. Miro el reloj. Está parado. Me sobresalto, debe ser tarde, tiro la colilla, cierro el libro que no he leído y me meto en la academia de lenguas. Llego tarde, unos pocos minutos, a clase. Mi alumno espera.

No suelo comprar cupones de la ONCE ni nada por el estilo. Esquivo con anguileña agilidad a los niños que financian sus viajes de fin de curso con sorteos; escabullo indirectas cuando en la tahona me quieren colocar dos boletos para la asociación cultural de los viejitos del pueblo. No está mi economía doméstica para tales dispendios.

Pero sí he de admitir que el miércoles cogí del suelo un décimo del suelo. Lo vi nuevo, me agaché y lo cogí: el número me gustó: 98090. A alguien se le cayó. Lo puse en la cartera. Ya que no llevo en ella billetes, llenémosla con boletos, me dije, con media sonrisa rapaz y sin vergüenza, sin pensar en quién lo había comprado para luego perderlo en un bordillo.

Sábado en la montaña, reunión de trabajo en la borda de un amigo, a mil cuatrocientos metros de altitud, en el Pirineo. Pero antes subimos a los prados alpinos a tomar el sol, a recorrer los bosques de pinos rojos, me llevo a los niños a pasear por los laberintos de pinsapos y endrinos rastreros. Nos sobrevuela un buitre común. Los perros ladran. Las vacas brunas mugen a lo lejos. Un todoterreno se acerca desde el fondo del valle. Las pistas de esquí de La Molina se ciernen, no muy lejos, en verticalidades imposibles. Solo se ve un poco de nieve en un picacho, del lado de Francia. No sopla el viento. Huele bien, a resina, a yerba, a nube alta en el cielo azul. El valle ancho, las laderas pinas, romas por el tiempo y como acolchadas por los prados, tersas. Los niños juegan a correr por la pendiente, tropiezan, giran sobre sí mismos, se magullan contra una roca y lloriquean, y echan a correr otra vez, ahora cuesta arriba, sacando la lengua, y se paran a gatas, y miran una piedra que espejea, y se la traen al papá como un tesoro. El bebé gatea. Los perros ladran alegres. Nos levantamos. Volvemos al camino. Volvemos al coche, vamos a comer a un restaurante de carretera. Cocina local, sabrosa y burda, simple. Vino castellano recio y sangriento que es forzoso diluir en gaseosa. El bebé come su potito y hace mohínes cuando tarda la cuchara en volver a su boca. Los niños devoran el plato de pasta y el bistec. Les hago combinados de agua fría con agua natural.

Por la tarde nos recluimos en la casa. Dormitamos un rato acunados por el ronquido de la salamandra. Despachamos mis últimas ideas, powerpoint mediante. Es hora del whisky a media tarde y de seguir hablando, charlando, aprendiendo, debatiendo, compartiendo. Los niños entran y salen, dan vueltas por el prado que se extiende frente al porche sobre un quad infantil, de color azul. Se turnan en su conducción. Yo, sin embargo, he de despedirme. Bajo a casa para llegar antes de la cena. Me esperan. No puedo desaprovechar una ocasión que no se da tanto como yo desearía.

Domingo. Mañana de pijama y batín deshilachando hebras de sueño. Un piano feroz que zahiere la quietud y el silencio. Apago y cambio a las lánguidas canzonette de Monteverdi, Lasciate mi morire, con el clavicordio, que yo siempre asocio a las pesadillas, me devuelve  una cierta paix de l’âme. He soñado esta madrugada que me torturaban. Pero no quiero recordarlo. Prefiero rememorar lidias más sabrosas, que ahora no vienen al caso.

Miro la nevera. Debería ponerme en contacto con la NASA: ellos podrían alquilármela para hacer ensayos de vacío. Ayer no cené para poder comer hoy. Un atisbo de angustia (¿cómo llegaré a final de mes?) se me enrosca en el vientre. Siento deseo, ganas de sexo, de piel contra piel, de oler, de comer, de ser comido. El deseo es mi válvula de escape a la angustia. Si soy sexo, no soy persona embargable ni deudor ni mileurista misérrimo ni nada más que un cuerpo gozando. Necesidad y voracidad de besos. Acudo presto al sucedáneo que es petardas.com y alivio la tensión. Un plis-plás sin gracia para olvidar penurias con la generosidad que mana y pringa y desperdicio en un trapo de cocina. Pajillas de domingo sin perspectiva, punto de fuga bajo bajísimo.

No me desanimo. Vendré al blog a contarlo. El blog, así, deviene también vaciadero de angustias. Tengo la suerte inmensa de haber ya desbaratado muchas barreras, ¿qué más da una más? Alternativamente, puedo salir al monte, puedo sentarme a leer a Woolf. Puedo hacer mil cosas. Puedo hacer mil cosas antes de hacer lo que tengo quiero deseo sé necesito hacer. Pero me siento a escribir estas líneas después de comprobar que no tengo dinero y de augurar que no sabré dosificar el tabaco que me queda. Otra vez angustia. Me tienta echar mano de la agenda. Pero me da pereza.

Encuentro el boleto de la ONCE. Lo llevo al despacho, luego miraré si ha resultado agraciado. Tendría gracia.

Empiezo a escribir este post. Cuando me levanto a cambiar el piano de Georges Winston por la morosidad de Monteverdi, y vuelvo a sentarme frente al lap-top, y antes de seguir escribiendo, miro el boleto y consulto la web de la ONCE.

He de dejar de escribir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s