La suerte (II)

Los papeleos han sido tremendamente, inesperadamente rápidos. Consisten en entregar a tu oficina bancaria el boleto premiado, que es mirado y remirado (con desconfianza primero) para al cabo confirmar lo que ya sabes (que vale nueve millones de euros), la cual cosa logra que el director del banco se deshaga en zalamerías y pretenda ilustrarte sobre la existencia de las Cayman y la isla de Jersey. En dos días vuelvo a disponer de tarjetas de crédito (una es de delicioso color dorado) y mi cuenta bulle con los ceros que la ONCE me ingresará.

Me invade un estado de shock, que sublimo invitando a la familia y a cuatro amigos íntimos a una cena en un restaurante de postín para darles la noticia. Con gran esfuerzo, logro mantener el silencio y guardo para los postres las razones del convite y de mi fortuna. Les enseño un extracto de la cuenta, por si hubiera dudas.

Redacto una lista de asuntos pendientes:

  • Saldar deudas: Con mi ex. Con la Dame aux Yeux Bleus que quedó a deber. Con el banco. Con uno que yo me sé. Con la familia.
  • Levantar la pesadumbre de no poder llegar a fin de mes a mi ex pagándole, porque me sale de los mismos y para callarle la boca, lo que le queda de hipoteca.
  • Hacer regalos: A mi ex, que hace una semana al teléfono me lloraba que ni bragas se puede comprar (la llamada fue dos días antes de que se cortase un tendón de la mano cortando un jamón recién comprado –o sea que menos lobos, caperucita).
  • Hacer regalos generosos: A mis hijas, a quienes adeudo dos cumpleaños atrasados. A mis padres y a mi hermano. A algunas de mis amigas, en agradecimiento por las bolsas del Mercadona que me trajeron para aliviar mi penuria. A mis amigos y amigas, por su generosidad en ginebras, convites y paciencias, del sablista consumado que me vi obligado a ser y que desea ser sablista agradecido.
  • Agradecer al mundo la suerte que he tenido haciéndome benemérito benefactor de unas cuantas oenegés de ayuda al desarrollo.
  • Llevarme a la odalisca con su hijo y a mis hijas de viaje a Oriente Medio: unos días en Dubai, una excursión por el desierto omaní, unos días en Istanbul y otros en El Cairo, pero no forzosamente en este orden.
  • Pagar dos años de alquiler de mi vivienda, o tres, para estar tranquilo.
  • Volver a contratar a la mujer que más he echado de menos durante estos meses: Rosa, que  pasaba como un ciclón semanalmente por la casa para poner orden y quitar suciedad, y a quien la casa y yo echamos mucho de menos (también mis amigas y amigos).
  • Llenar la nevera y fundar una bodega.
  • Comprar libros. Y un e-reader.
  • Comprar ropa.
  • Ir al barbero.
  • Comprar doce cajas de Elontril para dejar de fumar de una vez (again).
  • Renovar mi equipo de senderismo (un buen saco, pantalones de montaña, unas botas, una tienda de campaña nueva).
  • Llevar el coche al taller (falta una bombilla en un faro, arreglar un cojinete que cojea).
  • Comprar una moto de gran cilindrada.
  • Pagar 30 sesiones de psicoterapia por adelantado para tener que ir sin faltar (pues ya está pagado) y no perder la brújula en el mar del dinero.
  • Alquilar una casa en la montaña, bien lejos y bien abastecida, para, durante 40 días, estar off y pensar qué coño quiero hacer con mi vida.

Con la lista en la mano, me paseo por el pueblo. Cuando se me ocurre algo, lo apunto. Miro a la gente pasar y me digo que no puede ser: yo antes era como ellos, madrugaba para chupar asfalto y para estabularme en una fábrica, en una oficina. Ahora no: ahora puedo escuchar música (apunto: comprar un equipo de música para el salón y otro para el dormitorio) toda la mañana y salir a comer y volver a echarme la siesta para haraganear hasta que sepa qué me apetece hacer hoy, quizás solo dormitar delante de la chimenea (apunto: una chimenea para el salón) o irme a tomar unos vinos a Haro antes de pasar unos pocos días disfrutando del otoño en el valle de Pas, en Cantabria, que hace tiempo que quiero visitar. En estado de shock, paseo por las callejas de mi pueblo, y salgo de él y me adentro en los bosques y me paro a contemplar las sombras de los pinos sobre el sendero.

Llamo a un amigo, le digo de quedar, le invito a cenar; tengo tiempo para escucharle (descubro que él no dispone de tiempo para hablar); puedo ir al cine si quiero, sin mirar mi cuenta; no me he de preocupar del coche, ahora puedo pagar los parkings. Puedo pasear por la ciudad sin la angustia de los inalcanzables escaparates, angustia que consistía en tener la certeza de no poder comprar nada de cuanto allí luciera. Trago saliva. Nueve millones de euros. Muchos escaparates (apunto: una lámpara de lectura para sustituir al torcido engendro que como un cuervo me mira desde detrás de la butaca). (Apunto: quizás una casa más grande para poner en ella una gran biblioteca y un salón decente donde recibir a los amigos; y ya puestos con un bosque en rededor; una masía, con huerto y guardeses y un jeep para los días de ventisca y helada.) (Apunto: una máquina de café.) (Apunto: una nevera nueva con máquina de hielo.) (Apunto –y para apuntar me apoyo en una pared, otra vez a la entrada del pueblo, después del paseo, es la tapia del cementerio–: Llevar a reparar las gafas de sol.) (Apunto: Comprar una boina del regimiento de Cazadores Alpinos franceses- -porque seré un rico excéntrico.) (Apunto (disponiendo de tiempo, sería una sandez no volver a la universidad): Mirar los programas de Letras de la UB.) (Apunto: Pintar la casa vieja de mis padres en Balaguer, o comprar la parte que no es aún nuestra y remozarla entera.) (Apunto: Comprar más tierras en el secano, Tacho y corrijo y aumento: Comprar el secano entero y hacer de él una reserva ornitólógica para las aves de pseudo-estepa peninsulares; subrayo lo apuntado: aquí hay un proyecto de vida…). Mi imaginación echa a volar, con los sisones y demás pájaros. Oigo unas campanas.

Miro el reloj. Es tarde, he de volver. El reloj sigue clavado a las 17h16 del viernes.

Mierda: el reloj (Apunto: Llevar el reloj al relojero).

Por la noche no puedo dormir. La paso en vela debatiéndome entre posibilidades. Al final bajo a la cocina y me sirvo un tequila con coca-cola. Nunca antes había necesitado beber solo en mitad del insomnio. Ojo con el alcohol, pienso.

Mañana compraré un bocadillo en la panadería y me iré a pasear solo por la montaña. Hasta que vuelvan a ser las cinco y dieciséis del viernes pasado. Sí, eso haré. Ahora tengo todo el dinero del mundo para esperar que el tiempo corra al revés; esperaré.

Y arrugo la lista de cosas por hacer. Y me meto en la cama e intento dormir. No es fácil.

Al día siguiente salgo del sueño como de un túnel, con todo el día y las dudas por delante.

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