Hopper para una amiga

Ante la adversidad, sólo sé correr en la dirección contraria. Mi neurosis guía mi carrera. Por el retrovisor de mi consciencia veo al doliente de quien huyo. Pero hoy no puedo. No sé huir.

Cuando un amigo o una amiga sufre, no sé articular consuelo. Y lo que diga, siempre, me parecerá poco. Callo. Bajo la mirada, con cara circunspecta. Paso una mano por la cabeza, me meso la barba. Callo.

De lo poco que digo una cosa es cierta: me pongo a disposición, para lo que sea, aunque sea poco lo que, desde esta distancia de 650 kilómetros, pueda hacer.

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, pero ya Neruda los trenzó en la memoria de todos, y parecen gastados, y mi fraternal amistad merece más. “Las palabras no sirven, son palabras”, cantó Alberti cuando el país se embistió a sí mismo en los años treinta.

Miro la luz que se derrama por la ventana de mi amiga, otrora potente, luminosa, y hoy apenada, gris, frágil y escasa, como la fuerza que le queda después de tanto tiempo luchando contra el mal que se come la razón de su ilusión. Una cortina aletea en el marco de la ventana. Sopla un viento. Es un viento alicaído, parco. Sincero y triste, doliente. Preñado de fríos.

Sólo puedo decir que soy uno más, de pie en la calle, a la intemperie, en las aceras de tu calle, con la cara en alto, mirando tu ventana. Y espero como esperamos todos,  como esperas también tú. Sabemos como tú sabes, sin creer, sin esperanza, sin desmayo, sin concretar, sin decir. Con parcas palabras. Con miedo. Con cierta sed de tus palabras, también.

Y mandamos (nosotros, tus lectores, tus muchos lectores) abrazos bitios que, imagino, te llegarán tibios, acaso fríos, desde la pantalla del ordenador. Somos unos cuantos sembrando tu blog con palabras de ánimo y besos de letritas. Al pie de tu ventana debe crecer un rosal, Teresa, con flores y pétalos de colores, una planta bizarra con una flor por cada cariño que te dejan, que te escriben en los faldones de tus palabras. Aunque sé que no son flores lo que quieres –ni palabras tampoco,  aunque sean palabras amigas que encarnen, en su fragilidad de bitios digitales, el amor, el cariño, el respeto y la audiencia que te has ganado, día a día, de sol a sol, de noche en noche, a través de sueños propios y ajenos, cabalgando sobre las alegrías y los disgustos, venciendo silencios y rayas, zarandeando insomnios, acompañando en las tribulaciones, recetando alivios, cantando las cuarenta, tasando verdades. Ejerciendo de amiga.

En estas tus horas bajas, amiga Teresa, ma sœur Teresa… callo.

Sabes que estoy aquí.

Contigo.

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