Botas de caña alta


No soy fetichista, no lo soy particularmente. Pero opino como el novio de una amiga mía cuando decía que follar desnudos es de pobres.

La moda de las botas altas me gusta. Veo a las mujeres y a las chicas taconear con esa autoridad que el calzado impone y me gusta. Fantaseo con ellas. Aunque seguido he de añadir que fantaseo con ellas a menudo (si no es  siempre), con o sin botas.

Y las botas me gustan. Haberlos haylos a quienes las botas les ponen locos. No es mi caso. Pero una de mis amigas vino un día a casa y se desnudó sin descalzarse. De aquel galope me acuerdo bien, no podré olvidarlo. Sólo faltaron las espuelas, porque sus relinchos desaforados llenaron la noche y a veces pienso que los ecos todavía no se han extinguido. ¡Qué bien nos lo pasábamos en la cama!

Me gustaba quedar con ella, he de admitir ahora, ahora que se sacó novio y es feliz y que me he apartado para no interferir en su felicidad. Echo de menos aquellos sms que cruzábamos en inglés: “Do you want some sexual healing?” o más crudamente “Tonight?” y ella (o yo) que contestaba: “By 21h30 I ll be there“, sin más preaviso, sin premeditación, según los huecos de nuestras agendas y las urgencias de nuestro deseo.

No había amor entre ella y yo. Había amistad, franqueza, solidaridad; existía un afecto que adoptaba la forma de una amistad lúdico-corporal; había sintonía y fuegos de artificio cuando nos encamábamos. Un día, contándome sus andanzas nocturnas, se trabucó al mencionar a X, a quien acababa de conocer; tartamudeó, se puso roja, cambió de tema. Otras veces había compartido conmigo, antes o después de compartir fluidos, que había estado con este o el otro, del mismo modo que yo le contaba un encontronazo con una o le mencionaba una noche tremenda con otra. Una noche me dijo: Mira lo que aprendí con aquel de los sábados. Y me hacía disfrutar con una pericia aprendida en otra cama. Pero aquella noche, la mención de X fue diferente, lo percibí enseguida. Nuestros encuentros se espaciaron. Un día me llamó para quedar, para despedirse de mí, para decirme que sí, que X era el amor de su vida, que era muy feliz, que se sentía querida y deseada como jamás antes la habían querido y deseado nadie.

El abrazo se estiró en lánguido polvo final. Fue bonito, tierno. Cerramos con aquel abrazo una relación que ambos mantuvimos abierta sabiendo que un día, uno u otro, hallaría con quien ser feliz. Ella lo es ahora. Y por ella me alegro.

Y porque conmigo queda el recuerdo de nuestros encuentros, de nuestras alegrías, de nuestras locuras y gozos. Y sus botas altas de cuando aún no se habían puesto de moda las botas de amazona. Y el eco de sus relinchos colmados.

Pero aquella historia que entonces se cerró, historia tan bonita, tan civilizada, tan sensata, me dejó un poso amargo al evidenciar la endeblez de los vínculos que, porque solo están basados en los engarces lúdico-corporales, voy trenzando. Me hizo preguntarme por las razones de todo ello, evidenció mi escurridiza condición de nómada sentimental.

Una amiga tiene la costumbre de liarse siempre con forasteros, con expatriados, con relaciones residentes en ciudades lejanas, con viajeros compulsivos. Es su manera de ligarse sin estar ligada.

¿Cuál es la mía? Mi manera de ligarme sin sentirme atado es mantener relaciones paralelas que se interfieren unas con otras, que impiden que pueda amar alguna vez a alguien enteramente hasta hacer sentir a la otra parte que “nadie más me ha amado como tú me amas”. Acaso porque no creo en ello; o porque soy escéptico; o quizás porque estoy desengañado y cuando veo encenderse un fuego sé ya que, antes o después, se apagará, y pongo la venda antes de que haya herida… Quizás por mi historial antecedente, o por mis miedos cervales a repetir historias que me han dolido… Pondré la excusa de decir que una más alta misión me anima; diré que ya pasé por esto; diré que no me acaba de convencer cómo me miras; pondré como excusa que las cosas son como son, que estoy ya viejo para cambiar, o simplemente perezoso. Excusas pueden ser miles. Los miedos son solos.

¿Has pensado, tú, lector, lectora, cuál es tu manera de escaquear el compromiso?

Probablemente no. Probablemente no porque simplemente no tienes problema ninguno con el compromiso.

Yo sí, que sóc bonobo.

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