La banalidad de la angustia

El fotograma lo he sacado del trailer de A serbian film, una terrible película que no iré a ver, una metáfora entre el porno y la más cruda violencia que pinta la degradación moral del país del director, Serbia. Es un film que ha sido censurado. Una obra maestra, dicen unos, un bochorno insufrible de violencia gratuita. Los críticos difieren (Carlos Boyero o Luis Martínez).

He mirado el largo trailer de la película y me ha bastado y sobrado para saber si me conviene ir a verla. Y me quedo enganchado al ver al protagonista en la ducha, desnudo, acurrucado bajo el agua corriente, abatido en el cubículo de losetas blancas, encerrado en el zulo de sus miedos, de su angustia.

Esta imagen, la del hombre desnudo, borracho o lloroso, desmoronado física y anímicamente en un rincón de la ducha, es una imagen potente. La veía una y otra vez mientras recorría los pabellones feriales en Milán, en París, en Madrid y miraba la mercancía que exhibían los fabricantes de duchas, de mamparas… En algún delirio alcóholico me he visto también yo acurrucado bajo el agua tibia, estupefacto, desmoronado de mí mismo y casi sin sentido, a veces entre vómitos.

Recorría las ferias de cerámica y lucía corbata y sonrisas, repartía abrazos y tarjetas, visitaba a competidores y potenciales clientes, me encontraba con uno u otro igual de afeitadito y ejecutivo que yo por los pasillos, nos apartábamos, charlábamos, tomábamos un café y muy machotes y con traje bien cortado hablábamos de ventas, de chiffres d’affaires, de próximos viajes comerciales aquí o acullá, de cómo había ido la feria, de si sabías que este otro lo dejó y se cambió a tal otra empresa, y en mitad del pasillo, por encima del hombro de mi interlocutor, veía el stand de, pongamos, Duscholux, y mientras la devanadera de la cháchara tiraba de las agujas del reloj, mi mirada se perdía en el cubo de vidrios con diseño última tendencia, y ahí el fantasma de un hombre aniquilado se encogía en pelotas y se deshacía, fantasma silente, en llantos que nadie oía. En medio del pasillo, en el puro centro del business, se me aparecía el memento mori del hombre abatido en una ducha. Una información comercial relevante, un tercero que se uniera al corrillo de comerciales, una llamada al móvil… enseguida cualquier cosa desvanecía el fantasma de la miseria encapsulada y me permitía retomar el negocio as usual, como si no pasara nada.

Una parte de mí quedaba, sin embargo, atenazada por la angustia del hombre, el recuerdo de la angustia abismal a la cual también yo me he asomado más de una vez, y a la que, aún en estos días (de nuevo), me sigo asomando.

La imagen concita ecos iconográficos potentes.

Por un lado veo a Eichmann durante el juicio que le condenó. Un hombrecillo triste y burócrata encerrado en la cabina, rodeado de policías, declarando y escuchando las declaraciones de los testigos y, finalmente, la sentencia de muerte.

Por otra parte, alguno de los cuadros de Francis Bacon, con sus personajes retorcidos e incapaces de salir de los marcos que les tienen encerrados.

Y concita el recuerdo de algunas crisis íntimas que en su día desagüé sin recato y con nocturnidad, a veces solo, a veces en compañía, hasta quedar exhausto (que no aliviado) y tirado en un rincón de la loza blanca mientras llueve el tiempo desde la alcachofa cromada en lo alto, desagüándose ella (la alcachofa) y él (el tiempo) y diluyéndose todo en la mirada preocupada de una mujer de ojos azules que me amaba, que me miraba atónita sentada en un bidet, muda y sobrepasada por mi exceso, azuzados mis miedos por otra fiera que me ofuscaba, y ofuscado yo en el revoltijo del desagüadero, todo mezclado con los excesos del alcohol y de las convicciones delirantes, tejemaneje y turpitud de ideas, espesura del exceso, flacidez de la carne y del cerebro, licuado, remansado en mi propio vacío (y al miedo al vacío) que el escueto cubo delimitado por las mamparas de vidrio translúcido (perladas de goterones y trazando nebulosos mapas imposibles de vaho en vertical) metaforizaba.

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