De odaliscas y otros demonios

Salgo de las clases con la impresión de que me van a cobrar, con la sensación de que voy a tener que pagar por pasármelo tan bien. Si tuviera que encajarme en alguna taxonomía, sería antes show-man que profesor a secas. Otrosí: durante las clases de francés aprendo cosas, muchas. Cosas que de tan sabidas y usadas había olvidado y gastado hasta la inopia (por ejemplo la concordancia del participio con el verbo auxiliar être, pero no con avoir: elles sont venues, elles ont mangé). Aprendo, con  una redacción de tema más o menos libre, cómo han sido las relaciones entre Rusia y Japón durante el siglo XX. Aprendo a cocinar una “quiche lorraine” comme il faut. A tratar de manera diferente a mis alumnos de primero (todos varones) y a mis alumnas de tercero. Aprendo el porqué de la ubicación del Louvre, castillo excéntrico respecto a lo que era París en el siglo XI (situado de modo que pudiera interceptar a los piratas anglo-sajones o vikingos que pudieran aparecer remontando el Sena). Leemos y comentamos la historia del Louvre, las joyas que contiene. Aprendemos datos curiosos, como que los estudios señalan que los turistas que se apelotonan ante los cuadros pasan una media de 6-8 segundos ante cada obra de arte ante las que se paran (que no son todas), con algunos picos de doce segundos, ¡¡12, qué eternidad!! ante obras de arte particularmente famosas (la Venus de Milo, la Joconda).

Me pasma comprobar el desperdicio de cultura que implican estos tiempos. ¿Qué aprenderán estos visitantes veloces —passa-volants, nunca mejor empleado– durante su fugaz visita a uno de los mejores museos del mundo? Lo ignoro.

La última vez que estuve en París escogí pasar una tarde en el Quai d’Orsay. Me propuse sentarme a leer algún gran cuadro. Como alguna vez en el Prado frente al Cristo yacente de Velázquez, frente a Las meninas, o frente a algunos trípticos de Miró en la fundación de su nombre, aquí en Barcelona. Se trata no solo de mirar, de admirar. Se trata de leer, de profundizar.

No se puede hacer en doce segundos. Requiere preparar el ejercicio con alguna lectura previa, serenar el ánimo, tener tiempo y saber que no lo vas a gastar, que lo vas a invertir en aprender algo más sobre el mundo, sobre tí.

Escogí la Olympia de Manet. Pasé con ella (y con su sirvienta negra y su gato) casi una hora. La recorrí de arriba abajo, me demoré en su desnudez empitonada, me enfrenté a su mirada altiva, me deleité en su intimidad. Me desplacé por la sala donde cuelga el cuadro para verla desde diferentes ángulos, para confirmar que su mirada es pegajosa, que no te suelta, que te abraza y que no se separa de ti hasta que abandonas el Museo. “Les yeux fixés sur moi, comme un tigre dompté…

Su intenso erotismo expectante se distingue en los zapatos, titila en los abalorios de su brazo, en el pudor de una mano que tapa el origen del mundo como si no tapara nada. El erotismo se inflama en el cuello y su lacito. Desnuda, la odalisca Olympia no sería lo mismo: el lazo, los abalorios… Es el mostrar sin mostrarlo todo, voilà tout.

Baudelaire retrató esto mismo con un cuarteto redondo:

La très chère était nue, et, connaissant mon coeur,
Elle n’avait gardé que ses bijoux sonores,
Dont le riche attirail lui donnait l’air vainqueur
Qu’ont dans leurs jours heureux les esclaves des Mores.

La Venus del espejo de Velázquez que está en la National Gallery, la Odalisca de Fortuny del MNAC,  la que está en el Metropolitan de Nueva York, las majas de Goya… Son muchas las mujeres que han posado reclinadas frente al pintor primero, y luego frente a nosotros en los cuadros que ahora podemos disfrutar.

Pero se necesitan más de doce segundos para saborear un brazo, un pecho, un hombro de cada una de estas mujeres fieras.

Aprendí, aquella tarde frente a la bella Olympia de Manet, que nunca jamás mi voracidad acabará con ninguna de las bellas mujeres con quien he tenido la suerte de cruzarme. Suspiré hondo, un poco desalentado; el gato negro maulló;las flores llenaron la estancia con su olor funeral;  huí, como siempre hago, hacia la naturaleza, hasta el golfo de Marsella visto desde l’Estaque. Necesitaba azul, espacio.

Me pierdo en las distancias cortas de mis odaliscas. ¡Y me gusta tanto!

Así que hoy me he comprado un par de tapones de espuma para insertar en mis oídos y no oír nada en cinco días: como Ulises, no quiero oír cantos de sirena; como él me amarraré al mástil de mi empeño, y acabaré de una puta vez lo que llevo tiempo con ganas de acabar.

Me colgaré entre el cielo y el mar durante estos días de puente colgante. Me asomaré al abismo de mí mismo. Me circunnavegaré. Tintaré sudor. Llegaré a puerto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s