Visión nocturna

 

El sábado por la tarde había previsto salir al bosque. Pertrechado contra el frío, bien cenado, cargando con el equipo de marcha, tenía planes de adentrarme en el bosque para abrir la negra noche en canal. Quería salir a probar uno de los visores nocturnos que he de incorporar al catálogo de EsTuSeguridad. Quería salir de los caminos, cruzar eriales, cubrir desmontes y atravesar malezas para encontrarme a solas con la negra quietud del bosque a medianoche, en despoblado; esperaba oír a los jabalíes. Esperaba verles sin ser visto. Sí, lo admito: soy un voyeur de bestias fieras.

El sábado quería jugar a ser Félix Rodríguez de la Fuente, queridos amigos, en la espesura del bosque y transido de frío.

Mas no pudo ser. El sábado tomó su derrota sin consultar a nadie y casi me arrastra hasta la Corte y Villa, integrado en una Unidad de Emergencias Emocionales (UE2 para los amigos) que tuvo que intervenir con todos los efectivos para dar soporte a la amiga despechada, que en un arrebato se había subido al coche para cantarle las cuarenta a un deleznable cobarde emocional residente en XXXXXXXX. Pudimos reconducirla cuando ya estaba subiendo el puerto de la Muela, más allá de Zaragoza.

Nos es difícil a muchos decir Lo siento, decir Adiós del todo. Prefieren, preferimos, huir, callar, desaparecer (¡es tan fácil no contestar al teléfono! ¡es tan gratuito no responder a un e-mail!). Lo sé porque yo lo he hecho.

Y lo hago aún a veces, cuando no me es dada la posibilidad de despedir algo que fue importante (aunque fuera de alcance limitado) con un ramo de flores.

La historia esta de GXXXXXX, o GXXXXXX, o GXXXXXXXXXX, o GXXXXXXXXXXXXX (da igual, un nombre con G, de XXXXXXXX con ka) me estropeó la siesta del sábado, me brindó la posibilidad de ejercer de amigo, me tuvo a un tris de irme de marcha loca y llantos consolados por la capital y me regaló, sobre todo, una noche que mudó las fieras del bosque por fauna urbana y charlas sin fin a vueltas con el despecho y la desazón que causa la fragilidad de las relaciones humanas en nuestra post-moderna sociedad, tan líquida, tan fluida, tan mudable.

No tenemos visores que, como los nocturnos hacen en la oscuridad, permitan ver con quien dormimos, con quien soñamos, con quien reímos, con quien establecemos vínculos a través del vidrio (tan preservativo él, tan higiénico, tan “seguro”) de los PC. No disponemos de maneras de saber qué se cuece en la mente ajena. Las palabras no sirven, son palabras, como decía el poeta gaditano y tan bien cantara Paco Ibáñez. Porque se usan para esconder, cambiar, tergiversar, disimular, engañar. Y las usamos también nosotros todos, esas mismas palabras, para soñar, ilusionarse, para construir entelequias, constructos mentales, armaduras contra el dolor o andamios en el aire. Y te dirán diez veces “No” y diez veces, o veinte, entenderás “No, pero…” y con palabras (y voces que también son ecos de otros “No, pero”) irás rellennado los puntos suspensivos de la vida.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.

Los jabalíes gruñen mientras hocican en el sotobosque. Amansa el alma oírles, aquieta el alma su vida sin lexemas, sin sinonimias, sin ironías, sin dobleces. Ronroneo transparente, gruñidos diáfanos. Aquiétase el alma aunque sea en el corazón más negro de la más fría noche del más lúgubre bosque.

 

 

 [Por razones no compartidas por el autor, este post ha sido editado como si fuera un cable del Deparatamento de Estado.]

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