Recuerdos del invierno en Venecia

Hoy que el insomnio febril me agujerea el hambre en mitad del vientre y de la noche, hoy me acuerdo de Venecia en invierno. Me acuerdo del hotel y de las flores, me acuerdo de la espera y de las calles. Me acuerdo de la luz y de la lluvia. Me acuerdo de los silencios con que Venecia acolcha sus calles y sus canales. Amante como soy del silencio, me acomodo en el recuerdo y sobre todas las cosas, recuerdo el estar solo en Venecia esperando a la mujer que amaba.

Compré un ramo de flores blancas, naranjas y rojas, un coqueto ramo de flores que llevé a la recepción del hotel y lo dejé con el encargo de que lo subieran a la habitación. Paseé por las callejas, recorrí los sestieri (barrios), me acerqué al Arsenal y saludé a los leones de piedra, y en la terraza de un bar que se asomaba al mar pedí un rooibos y lo bebí mientras llovía y me mojaba, mirando el mar, el ir y venir de vaporettos, de lanchas. La ciudad me regaló sus vistas de invierno, argénteas perspectivas, lechosas sombras transidas de humedad, verdes mustios, esquinazados árboles, muros tapiados, góndolas meciéndose en los muelles.

Con los puntos a miles que había acumulado volando millas de un lado al otro del globo, alquilé una habitación en en el Westin Europa & Regina, frente a Santa María la Salute, con fachada al Gran Canale. Surtí el baño con aceites y esencias y sales de lavanda. Recorrí la zona para ubicar algún restaurante recoleto y poder cenar en amoureux. Y esperé durante un día entero a la mujer que amaba, que dictaba una conferencia en una ciudad vecina y que, al terminar, vendría a encontrarse conmigo. Al cabo del día, fui a buscarla a la estación.

A la mañana siguiente recuerdo el frío en la terraza del Europa & Regina. Tras el desayuno cinco estrellas, que tomé solo, me senté a beber una copa larga de vino alemán, riesling fresquito; miraba la luz blanca del Gran Canale y sentía en la boca el punto ácido del vino. Era pronto, era sábado o domingo, no recuerdo. Bebía mi copa de vino y el gris de la ciudad me pintaba el alma, y yo la escrutaba (la ciudad, o el alma, no sé) y bebía el vinito fresco, un punto ácido, atascado en mí mismo, sin entender muchas cosas que acababan de pasar, que debería haber entendido entonces, y que aún hoy no entiendo. Cosas que siguen pasando, que se repiten, y que sigo sin entender.

Aquel día, más tarde, en una librería encontré una camiseta negra estampada con una viñeta de Corto Maltés. Decía así: “Ma perche le donne che mi hanno interessato si hanno trovato sempre dell’altra banda della barricatta?”. Es negra, con la viñeta blanca, irresistible; la compré.

Aún la tengo. Cuando me la pongo leo el texto y con el tiempo lo he aprendido de memoria; quizás sea lo único que sepa recitar en italiano, con algún que otro verso antiguo.

También compré, ahí mismo aquel día, una edición abreviada y en inglés, de Penguin, de la vida del más célebre de los venecianos.

Ahora, con todo el tiempo pasado a cuestas, con tantos besos y tantos abrazos que se han desgastado contra la evidencia, con tantas pruebas con que puedo acreditar mi inopia sentimental, y desde este hoy tan alejado de aquellos momentos, de aquellas emociones, me pregunto de nuevo (y desde la misma ignorancia) todas las preguntas que entonces me limité a beber con cada sorbo de riesling, disfrutando de ese toque chispeante y ácido, al borde del agua, viendo pasar los barcos y la vida de una ciudad que madrugaba.

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Una respuesta a “Recuerdos del invierno en Venecia

  1. No me importaría que me dejasen ¨tirada¨, si ello supusiese vivir y sentir los momentos tal y como los describes. Ello, lo asumías de distinta forma ya que estabas sumamente enamorado, entusiasmado y ansioso de amor y,en ese estado tan específico, todo se percibe de una manera única e inexplicable. Debes considerarte afortunado, por ese plantón y por otros que puedan llegar, si cada uno hace que te sientas tan profundamente, una y otra vez.

    Buen Año Nuevo, niniño!!

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