Primer día del año

La fiesta terminó pronto y serena. Crucé la ciudad festiva a lomos de mi Vespa, oí la parranda, la alegría bien regada, las risas que, como perlas rotas de un collar, rodaban por las aceras. Turbas arriba y abajo de gente entre las uvas y la resaca de hoy, bebiendo a morro botellas de cava, contando chistes en los semáforos. Bocinazos, estrepitoso jolgorio a trompicones que se derrama por las avenidas, en la amortajada luz naranja de la noche urbana. Sin la ebriedad que disimula la fealdad del mundo, sin más resaca que la del insomnio, siento que he cruzado el ecuador de algunas cosas. La incertidumbre, la espera, el no-saber me sumen en la melancolía.

Y empiezo el año picoteando reflexiones sobre el amor que Yourcenar nos regaló poniéndolas en las memorias de su Adriano. El propósito para el año que se inicia es parco, y tardó en parirlo mi actual estado de melancolía, y apenas pudo concretarse, simplemente se esboza.

Hay cosas que ya no están en mi mano, me desinteresaré de ellas. Sería pernicioso no hacerlo, apegarse a ellas. Haber descubierto, tarde, que el querer mata el amor, lo asusta, lo espanta, lo recluye en el pasado que no supo ser de otra manera; este pensamiento me alivia y me aherroja a la tristeza; también a la asunción, a la aceptación. Se acabó lo que se daba, the game is over, como la fiesta.

La ciudad respira con densidad de bestia herida. Cruzo sus calles mientras la velocidad silba en el casco.

Imagino una mesa puesta en mitad de un salón, una mesa de gala, con cubertería prolija, y platos de respeto, y un centro de flores y frutas de otoño (castañas, granadas). Doy vueltas a la mesa imaginando a los cuatro comensales, que aún no conozco aunque sé ya de qué van a estar hablando, qué oscuro episodio van a rememorar, qué viejos recuerdos van a revisitar, a revivir. La imagen seminal es esta, pues: una mesa puesta, lista y dispuesta para acoger una cena entre cuatro amigos, dos parejas, en una tarde-noche de otoño, mientras fuera llueve. Y poco más. El resto es papel en blanco.

Mente en blanco también.

Ahora las citas sobre el amor del Adriano de Yourcenar.

Reconozco que la razón se confunde frente al prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual la carne, que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a lavarla, a alimentarla y llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está animada por una individualidad diferente de la nuestra y porque presenta ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores jueces no se han puesto de acuerdo. Aquí la lógica humana se queda corta, como en las revelaciones de los Misterios. 

 En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aun para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.

 Y esta otra, que versa sobre otro asunto que también me atañe, y que me pone en guardia contra mí mismo, y que me recuerda aquel verso de Pessoa que dice “O poeta é un fingidor;/ finge tao compretamente,/ que finge que é door (dolor) / o door que de veras sente“.

  

Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. Los menos hábiles, carentes de palabras y frases capaces de encerrarla, retienen una imagen pobre y chata de la vida; algunos, como Lucano, la cargan y abruman con una dignidad que no posee. Otros como Petronio, la aligeran, la convierten en una pelota hueca que rebota, fácil de recibir y lanzar en un universo sin peso.

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