New home

El amanecer rasga, con precisión de violín, la tensa línea oscura donde el mar (y tantas otras cosas) acaba. La azafranada luz derrama su claridad sin recovecos ni imposibles.

Con el alba se despliega el tiempo. Lo hace lentamente, hinchándose de luz, llenando el día, borrando estrellas, desvaneciendo nieblas, tiñendo de verde las viñas, de blanco las casas, matizando el contraluz de la iglesia que erige su puñal y sus campanas contra el mar. Miro el paisaje desde mi nueva terraza. El mar relumbra blanco, deslumbra, vibra.

Me hincho de sol. La piel desnuda se eriza. La brisa, en dosis homepáticas, me acaricia. Me apoyo en la baranda de mi recién estrenado mirador. El día (y todas sus horas) se despliega delante de mí. Poco a poco tomo posesión de mi nuevo hogar. Con prudencia, me apodero del nuevo día, de mi nueva vida, del nuevo paisaje, del silencio recién estrenado, del olvido que cicatriza marcando una mueca que en ocasiones es de horror y otras una sonrisa. Con cautela aún convalesciente, abro los brazos, respiro hondo, sonrío. Me gusta cerrar los ojos cara al sol y teñir de rojo la oscuridad de mi quietud. Abrazo la mañana.

Sisea la brisa en los pinares. El mar es blanco.

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