Coños pretéritos

Hay un tiempo para todo.

Pero no hay tiempo de todo. Y corre el tiempo, como he corrido yo.

Mondos, lustrosos, hirsutos. Los he conocido finos como heridas de estilete, coños rojos como machetazos, coños tumefactos como labrados a hachazos, o leves como mariposas abiertas en carnicería de carmesíes y malvas y morados voraces como el hambre de un niño. Los he conocido fieros, mordedores, coños imperiales –y aun algunos carpetovetónicos; y otros más bien tímidos, apocados, a los que solo el mimo despierta, que temen descubrirse, que temen explorarse y que acaban, sin embargo, descubriendo y explorando con curiosidad de celofán por abrir en Navidad. Los he visto morenos, algunos rubios, y alguno negro retinto (acaso me faltó uno naranja, pero soñé con uno que no tuve ocasión de catar luego). Todos alumbrados en su interior con el rosa más encendido que  el deseo inflama en el vero centro de su verdad. Coños grandes de madraza, coños de primípara, coños aún por estrenar. Otros gastados y aún vivos, y otros relativamente jóvenes con vida de potranca en las ancas. Todos nuevos siempre, todos deliciosos, todos sedientos, siempre por estrenar; los unos acompañados de amores, otros de complicidad, otros de neuras propias y ajenas bien combinadas (porque ya se sabe que las neurosis, desnudas, lucen más); otros simplemente, como yo, menesterosos. Mofletudos coños insaciables, agotadores; pizpiretos coños exigentes, divertidos; relinchantes coños; yacientes coños gimientes; coños de amazona; coños de señorona de treinta años; coños desacomplejados y felices, reidores; coños a oscuras. Coños encontradizos, coños perdidos, coños tan hambrientos como la bestia a la que yo daba de comer, para caer ahítos luego los dos, yertos y mudos, sin más que añadir, saciados ambos deseos, flácidos cruces en el camino, entre sábanas, en esquinas sin farolas ni futuro. Incluso familiares coños, como de casa; y también coños de los de “Pasaba por aquí, espero que no te importe. Claro que no, adelante, el deseo es gratis”. Me extasié hocicando en sus mil fragancias secretas: unas ricas como pomos de flores de verano, densamente fragantes, densamente mustias; otras asépticas como baldosas de hospital, que acababan adquiriendo bouquet a base de mimos. Coños frescos, despeinados, inquietos; coños matronales, acogedores, plácidos, pasivos; otros eran coños turbulentos, huracanados. Todos tiernos a su manera, todos maravillosos.

De todos los colores, de todos los sabores, de todos los tamaños, con todas las pasiones y en circunstancias que ni logro enumerar ni es conveniente hacerlo. Los hubo importantes, los hubo anodinos. De todos aprendí, a todos estoy agradecido.

Con sus titulares he compartido veladas maravillosas, emociones fuertes, tiernas, divertidas y cervezas y mojitos. Aprendí a beber ginebras, whiskies, y cafés a media tarde, aprendí a chatear por el ciberespacio y por los barrios marineros de costas lejanas, aprendí formas de querer, ritmos diversos, caricias ignotas, palabras secretas, y me deleité en la diversidad inverosímil del deseo; aprendí a cabalgar monturas variadas, por las llanuras sin fin de mi laberinto sin muros ni relojes blandos.

Los hubo que fueron importantes, con quienes cohabité, otros con quienes pensé en vivir, otros con quienes me comprometí, a quienes me entregué. Los hubo pasajeros, los hubo sucios (y recuerdo uno loco particularmente maloliente –que fue visitado una vez y no más), los hubo hirientes, los hubo irrepetibles, los hubo que fueron generosos hasta el punto de venir a mí con una bolsa del supermercado cuando mi nevera era un yermo, y también alguno hubo que lo fue menos –y me importó poco. Los hubo soñadores; los hubo acreditadamente realistas; los hubo epicúreos; uno hubo querúbico y monjil. Con todos disfruté: del libertino, del casero, del elegante, del tímido, del voraz, del miedoso, del novato, del veterano…

No quisiera hacer la cuenta exacta de estos últimos diez años, no podría, y ya mucho he dicho, y se me criticará por ello, lo sé. Bástame el recuerdo de la macedonia de sabores, de la mescolanza de placeres que exploré en compañía, el recuerdo emborronado de las ocasiones y, sobre todo, lo mucho que aprendí. ¡Cuán agradecido estoy a tantos abrazos recibidos!

Sirvióme la experiencia, también, para ponerme a llorar, en un tren, frente a la devanadera del campo sin arrugas de Picardía, escondiendo la cara con las manos, dándome cuenta que lo que buscaba no eran coños, no eran tetas (también podría extenderme ilustrando sus maravillas), no eran cuerpos. Lloré, el fin de semana pasado, al fin, descubriendo que, sin saber cómo y maravillándome de ello, podía descansar apoyando la cabeza en alguien que no me pide, que no me da, que simplemente se aviene a ser a mi lado, sin más. The search is over. Sonrío. Sonrío descansado, feliz.

Vuela una gaviota argéntea (Larus argentata) suavemente, trazando, con su fusiforme cuerpo y las alas extendidas, líneas de futuro bajo el añil de la primavera y del mar.

Life is beautiful, and it’s worth fighting for it dejó escrito Hemingway en Por quien doblan las campanas. Exploré sus beldades, y disfruté de la vida intensamente, sin complejos, compartiendo mi piel y mi deseo. Me agoté entretanto. Aquello (ciénaga del deseo, ciego furor uterino, cojonera molestia sin remedio) es ya pretérito.

Sonrío.

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8 Respuestas a “Coños pretéritos

  1. Congratulations

  2. A pesar de… que bien te ha quedado.

    Un beso, muy labial!! jejejej

  3. Me alegro infinatamente de que sea pretérito. Sé muy feliz.

  4. realmente una tesis bien defendida,bravo

  5. Ariadna Menéndez rodríguez

    Cuando un pene se tuerce, bueno. Pues justo te toca donde otro que se inclinó otrora, y por su timidez quedóse mu corto, te tocaba donde ningún otro, por lustroso y decidido que fuere, pensaría jamás.
    Penes más que hombres, por su consabida arrogancia en éstos tiempos modernos y nada amanerados, de quitarse el velo para estar saldado con coño digital del adult friend finder que le ha provocado virtualmente desde Stanislavo.
    Penes larguísimos, mal pueden dar uso, pues no imagino tanta sangre por ahí en uso sin que su orgullosamente equivocado pero feliz poseedor crea más obligación que la que se le ha encomiao, que es la de decir: me lo trenzo, luego existo¡¡
    Penes que harían mejor en ir al siquiatra dado su afán de taladro de horchata, que están vivos, sí, pero por el susto vibrador del coño decepcionado aunque habituado.
    Penes morenos a trozos, con antojos, o tan largos y astifinos, que te hacen aullar requetefino; enormes, mejor llamados cipotes, que esperan que los derrotes, cuando nacieron derrotados, penes salseros, como el moreno que me dijo te quiero…. bajar las bragas…..
    Penes, penes, mundo pene por doquier, que no saben ni qué hora es ni guiñao el prepucio a un paladar como está mandao, y ya les sorprende la prostatitis y el viagra y el sujeta escroto del vecino de la moto, que vá de mirón en el solar de al lao, y ni se corre el malplantao¡¡
    Ahora bien, cuando un pene justo en grosor, longitud, bien fismoseado, granito y algodón armado, perteneciente al amado, al deseado, entra por tu costado, y sientes que está hecho para tí, más que nada porque sientes que el mundo te lo han cambiado en el primer empellón, no lo sueltes, cógelo por los dientes, y dile que te has enamorado, pues se lo creen todo, y estarán encantados.
    Ariadna Menéndez Rodríguez.

  6. de la oxtia kompañera !! de la oxtia

  7. JUOJUOJUO BIEN¡¡ JAJAAJAJ

  8. Pingback: Oda al pene. | osumaremia

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