Calígula

Acostumbraba a deplorar abiertamente la mala suerte de su época, porque no había sido marcada por ninguna desgracia pública: el principado de Augusto se ilustró con el desastre de Varus, el de Tiberio por el derrumbe del anfiteatro de Fidenes, mientras que el suyo se veía amenazado por el olvido, por causa de su prosperidad; y deseaba en todo momento una masacre de sus legiones, una hambruna, alguna peste, incendios, un cataclismo cualquiera.

Suetonio, Vida de los doce césares, Calígula, XXXI

 

La foto, magnífica, es de Cristóbal Manuel.

Y desperdiciamos en su día, hace años, la ocasión de lucirnos en Bosnia, y así los huesos de Srebrenica nos miran desde las cuencas vacías de las calaveras enlodadas. Y se ciernen en el futuro mil Fukushimas mon amour, o cien Garoñas linda amiga, pues vete tú a saber qué tonada cantará, cuando llegue, la próxima desgracia.

¿Qué hago? Abro el frigorífico, saco una cerveza, la abro y me siento al sol de la tarde. Un aroma de salitre muy vago me alcanza en esta mi atalaya entre el cielo y el mar. Verdes viñas, pinedas cuyas sombras son azules, casi moradas, y espero que se alarguen los lienzos dorados de la puesta del Sol. Por Spotify descubro el jazz de Esperanza Spalding, del trío de Nando Michelin. Música densa, un punto tensa, nerviosa. Lío un pitillo. Releo lo escrito. Apunto ideas nuevas.

Desde el domingo por la mañana estoy enfermo. Un esguince cruza mi espalda, desórdenes estomacales me estragan el descanso, y recias quintas de tos me despiertan a media noche. Aprovecho para ver las luciérnagas que se aprietan frente a la costa, miro la flecha anaranjada del campanario, apunto más ideas.

La epifanía es esto: un momento dado en el tiempo en que tiene uno consciencia de estar a punto de crear algo nuevo, una nueva historia, un nuevo desvelo. No puedo negarlo: escribir me pone enfermo. Mi cuerpo participa entero en el proceso.

El domingo se hizo el click: un nombre mágico supo de su historia, una concatenación de ideas cuajaron una inquietud, un plano aproximado de lo que llevaba tiempo pensando se me dibujó en la cabeza. El laberinto de voces se puso en marcha. Irremediablemente. Y a esta puesta en marcha siguieron los males del cuerpo.

No me preocupa, no es la primera vez que ocurre. Es molesto, eso sí. Pero apasionante.

Y a ratos, para distraerme, me baño en las viejas crónicas y anales para tomar perspectiva. Leer sobre Calígula, por ejemplo, es muy edificante. Y cuando la rijosidad aprieta, pues le echo mano a la película homónima de Tinto Brass, y en un pim-pam queda deshecho el nudo. Y puedo volver a mi telaraña de ideas que, con paciencia y empeño, he empezado a tejer.

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Una respuesta a “Calígula

  1. Pedro, com va? Desitjo que bé.

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