Palermitania, e sorridente io

Al llegar, la oscuridad lo estorbaba todo, y poco pude ver a pesar de mi curiosidad; aterricé de noche, con prisas y de milagro; mas su sonrisa trémula de impaciencias, densa de cuatro semanas, espesa de muchos días, apelmazada a copia sin fin de horas y de ratos agónicos y entretiempos de espera lo iluminaba todo: la autopista, las moles rocosas que circundan la ciudad de Palermo, las tapias sucias, los arrabales decrépitos; también hubiera dicho que lucía su piel, o acaso el calor de su piel, y tintineaba su timidez de gabbianetta, de mouette muette. La ciudad se dejaba penetrar y cruzar sin aspavientos; se me descubría desierta, nocturna, mansa e inquietante como siempre son las ciudades desconocidas en víspera de festivo.

En el laberinto de la novedad, una vez más, me adentro, y déjome llevar de la mano de mi Ariadna para no perder el tiento de lo mucho en común que sospechábamos y que redescubrimos casi sin hablar, a tientas, mudos. Il tuo sguardo mi fa grande, digo, con mi italiano en calzón corto, aprendido deprisa y leyendo, mientras nos abrazamos.

En el patio de la casa un rosal logra anegar la noche en densidades de perfume que solo en ciertas páginas de Lampedusa había leído antes. Me siento en una silla de plástico. Miro las altas palmeras quietas en el interior de manzana que parece se abriguen el tronco con las palmas secas, pero estirando el cuello para pasarle el plumero a las estrellas. El olor dulzón de las rosas me embriaga, y lío el pitillo sin prisas, demorando el momento de encenderlo, para no turbar el disfrute de la quietud, de la paz, de… Coscia di balerina, sí, muslo (cuixa) de bailarina, así siente il Príncipe de Salina (Burt Lancaster y Lampedusa a un tiempo) que huelen las rosas de Sicilia en las primeras páginas de Il Gattopardo, cuando después del rezo de la tarde sale a recorrer el jardín con el perro Bendichò.

Por toda la casa puede uno encontrar rosas rojas y amarillas en vasos, en floreros, en las mesas y en las repisas de la biblioteca, entre los discos, en la cocina, en el baño, en el cabezal de la cama; algunos pétalos han caído, turgentes pétalos rojos, sensuales al tacto, suaves, leves, fragantes. Los recojo del suelo y los dejo a los pies de la flor después de olerlos. Coscia di balerina. Es una fragancia exagerada, aturde dulcemente. Dice Lampedusa: “que hubiese horrorizado a cualquier jardinero francés”, con razón, por lo extremoso y barroco de su presencia volátil. Tanto es así que Bendichò prefiere entretenerse con un bichejo y retira la cara cuando il Príncipe le ofrece una rosa.

Yo no. Yo me sumerjo en las rosas, en todas ellas, en su olor, en su abrazo invisible. Sorridente io, de nuevo, bailando desnudo en la brisa que del Tirreno vino, en un viaje vertical, de París a Barcelona, a visitarme hace tres meses, que trajo la gabbianetta, que con su viento limpió de asperezas retales del pasado que ahora flotan, como banderas derrotadas, en las preguntas sin respuesta de lo que pudo ser y no quiso ser. Bailo, pues, suavecitamente y en paz, mansamente y sin esfuerzo, sin excesos, sin alboroto, sin moverme, casi meramente meciéndome, dejando que solo los ojos, la sonrisa, los gestos se muevan; y me empeño en manejar una lengua que se me escapa por las comisuras de la risa que me provoca el léxico que recién descubro (policiotta, por ejemplo, que me atraganta con risas asfixiadas entre plato y plato).

Al día siguiente salimos a recorrer la ciudad.Nos perdemos por los vicoli, atravesamos barrios populares donde los palermitanos, celebrando la Liberazione, es 25 de Abril, brasean stigghiuole (entrañas) en las aceras, cubriendo el barrio con humaredas saladas, blancas, que se elevan entre paredones de casonas caídas (algunas desde los bombardeos del 44), ensuciando las fachadas de los palazzi abandonados. Cogidos de la mano y abriéndonos camino entre sonrisas, recorremos las iglesias (¡y son tantas!) que, afortudamente, hallamos cerradas, y anteportam hemos de quedarnos, sin poder disfrutar del barroco, de los angelotes, de los rayos de la verdad que (afortunadamente, digo) ni nos deslumbra ni nos salva, para poder volver a casa y pecar a gusto luego, entre olores de rosas. Subimos a Monreale y disfrutamos de la confusión de estilos arquitectónicos; al sol, nos sentamos a comer. Nos acercamos a Mondello, y miramos el mar, nos mece y refresca el abanico de grises que nos regala el atardecer nublado, saludamos a las gaviotas, nos perfuma il mare con su salazón de salitre, de sudore di maschio (y despotricamos de la mar, y sobre todo de la mer, tan francesita ella: ¡No! Il mare, género masculino, un vero maschio!!). Tanto pecamos, tanto reímos, tanto hablamos ensimismados, tantos versos nos leemos el uno al otro (Marcial, Rabelais, Dante, Leopardi…), después de los paseos y de amarnos sobre las sábanas de holanda, que no sentimos los terremotos que, según después nos cuentan, hemos sufrido. Uno a las nueve de la mañana, otro a la hora de la cena. Da igual: no sentimos temblar la tierra de Sicilia, pero sí nuestros vientres, sí nuestra alegría, sí nuestra pasión que recién se abre, se despliega, se derrama como lluvia, al sole e sulla pioggia, de este primaveral descubrimiento. Como el olor de las rosas, todo lo llena, todo lo carga de energía, de sorridente presente, cada cuatro semanas, y a cada paso un beso, un petó, un bacio, even a kiss from time to time, hasta que nos damos cuenta que poco hemos avanzado, que nada hemos visto, que mejor nos retiramos, total: las iglesias están cerradas (¿y hemos de quedarnos siempre frustrados anteportam?), y no hemos venido a ver piedras, ¿verdad? Andiamo.

Las rosas sensuales de la tierra siciliana nos acogen de vuelta a casa. En ellas nos sumergimos, nos bañamos, nos limpiamos y lamemos las heridas. Nos hacemos grandes. Il mio fanciullo, dice. Gabbianetta, digo. Reímos. El amor es de risa, a veces, a menudo, por suerte.

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