Desde el búnker

Me encierro por las mañanas en el búnker.

Se accede a él por una puerta sin marcas ni señas distintivas en una fachada gris, es una puerta de aluminio y vidrio que ni siquiera está blindado. Al entrar he de pulsar una serie de contraseñas que conectan y desconectan alarmas, que abren puertas y desconectan sensores y cámaras. Un pasillo virado, unos peldaños en una dirección, luego en otra y llego a la sala de control. Impresoras, teléfonos, grabadoras, pantallas de ordenador y de CCTV, mesas de trabajo y una cafetera Nespresso. Lo que más llama la atención al entrar es el color de las paredes, pintadas de gris opaco, oscuro, submarino. No hay ventanas, sino unas aspilleras estrechas que dan a patinejos sin salida. El color de las paredes, la luz cenital blanca y la casi ausencia de decoración y la limpieza general de los despachos, además de  la ausencia de ventanas que den al exterior, son las características que han acabado por fijar el apodo de “búnker” para este despacho donde trabajo.

Suelo estar solo. Ocasionalmente viene alguien, entra, efectúa un par de llamadas, sale; me vuelvo a quedar solo.

Desde el búnker manejo la operativa general de una tienda on-line.

Desde el búnker buceo en las webs de proveedores, dinamizo y controlo el régimen de visitas, trato de mejorar contenidos, gestiono los pedidos…

No llega la luz del sol al búnker, si no es por la ventana abierta al mundo de internet. Puedo leer la prensa. Ocasionalmente salgo del búnker a comprar fungibles, a hacer recaditos por el barrio.

Al acabar la mañana me voy a comer y me escapo al trópico suburense de mi atalaya entre el cielo y el mar, y miro las viñas, miro el amplio horizonte del mar. Me siento en la terraza y me digo que algo debería concluir de esta aposición de vistas: la cerrada oclusiva asfixiante no-vista de las mañanas en el búnker, las amplias vistas oceánicas de mi terraza.

Me olvido de consideraciones que aportan poco y me siento a corregir. Paso las tardes corrigiendo textos de índoles diversas.

Cuando se pone el sol suelo estar cansado. Ceno pronto y poco, mi nevera ha sido embargada, me acuesto. Al día siguiente vuelvo al búnker, y por la tarde corregiré textos en casa. Y me acostaré pronto. Y me despertaré al salir el sol y volveré al búnker, y después de comer volveré a casa para corregir hasta la hora de la cena, y me acostaré pronto. Boulot-métro-dodo.

En esta placidez de rutinas reiteradas, también se esconde la felicidad, pero es esquiva, o, por mejor decir, se esconde, se camufla en lo anodino: en las camas bien hechas, en el bon dia al vecino con quien te cruzas cada mañana a la misma hora en el descansillo, en el lustre de los platos al salir del lavavajillas, en el botellero que preside el office del salón con sus licores augurando sobremesas compartidas (si algún día logro llenar la nevera).

Como escribiera aquel poeta:

Heureux, qui comme Ulysse, a fait un long voyage…

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Una respuesta a “Desde el búnker

  1. Susana mabel nuñez

    De como ser feliz yendo del búnquer a la terraza…necesario contraste del adentro y el afuera, solo falta procurarte habilitar ” tu nevera”. Me pareció un interesante art. Susana ( una mujer argentina)-

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