Estéticas de la pornografía (I)

Labyrinthe d'Amiens

En algunos recovecos de mi Laberinto, en algún pasillo sin salida ni way-out, en más de un cul-de-sac, en más de un lienzo de muro sin escapatoria se proyectan y repiten (porque, al cabo, siempre se repiten) imágenes pornográficas, esto es, de hombres y mujeres copulando, de hombres con hombres, de mujeres con mujeres, blancas y negros, negros y blancos, nipones y rusos… y aun más posibilidades que no es preciso enumerar, del mismo modo que es innecesario mencionar que no solamente se limitan, los sujetos en pantalla, a copular, a no ser que demos a este verbo un lato sentido, un campo semántico inmenso donde quepan todas las prácticas que, en la intimidad, se puedan hacer.

Pasaré sin ahondar por las etimologías que razonan la pornografía como retratos de prostitutas (del pornoi griego). La modernidad ha ampliado la categoría, y no son ya prostitutas: son jóvenes, hembras y varones, amateurs, son porno-stars, son amas de casa, son MILFs (Mother I‘d Like to Fuck), y también ancianos o ancianas. También tullidos, y albinas, y gordos, y… Todos. Todas. Todas las prácticas (desde las más inocentes a las más degradantes).

Román Gubern, filósofo de la imagen en movimiento, nos enseñó en su día que el porno nació para superar la metáfora que, en las películas convencionales, sustituía al coito. La imagen, tras un primer beso, se fundía a negro, y al espectador le correspondía imaginar qué estaba pasando entre los dos personajes. O, tras el primer abrazo, la cámara filmaba el oleaje chocando contra las rocas, y salpicaba la pantalla con espumarajos, que eran trasunto de otros fluidos que no se mostraban. El espectador comprendía (o peor aún: ¡imaginaba!). El cine porno se dijo que quería mostrar “eso”. Y lo mostró, ¡vaya si lo mostró! (Y subsiguientemente arruinó la magia: acabó con la imaginación.)

La lástima fue que la pudibundez hizo que el porno se encerrara en sí mismo al quedar excluido, porque podría haberse integrado perfectamente en el mainstream del cine convencional. Mas no fue posible. Y así el porno, como un canal separado del curso principal, fue tomando sus propios desarrollos independientes. Había nacido del sumidero que se abrió al querer superar la metáfora del coito, y devino un río aparte, enriquecido luego por afluentes que nada tienen que ver con el arte. Pongamos un ejemplo: el impulso que la democratización de los medios de producción (o al menos de grabación) ha hecho posible en estos últimos diez años: ¿quién no tiene una cámara para fotografiar la intimidad? Así creció el sub-género “amateur”. Más democratización (y abaratamiento) supuso la banda ancha en internet: ver porno está desde hace años al alcance de todos. Basta con teclear una URL u otra, y la vastedad de la oferta abruma. Son horas y horas de grabaciones pornográficas en breves cortes (¿o cortos?) de generalmente tres a seis minutos (ya se sabe: a los hombres les basta eso, no más, y son mayoritariamente hombres los consumidores) que se ofrecen gratis a quien desee bucear en el acervo inacabable de la sexualidad humana en todas sus categorías y especialidades, por peregrinas que sean.

El porno, pues, por su vigor, ha terminado por constituir una estética propia, que ya ha empezado a desbordar y a enriquecer (los fundamentalistas dirían “contaminar”) otros ámbitos, por ejemplo el de la publicidad.

Y ahora, lectores amables, permitidme que me repliegue al asunto que me interesa. ¿Cómo aprovechar la mirada pornográfica en beneficio del arte, y más concretamente del que me ocupa, del arte literario?

Ando estos días explorando un laberinto que apenas he empezado a recorrer. Como en la cita (presunta) de Benet que mencionaba en un post reciente, escribí una frase que era íncipit de un año de obsesión. Y en el centro del Laberinto, o en muchas de sus paredes, un polvo, un coito, un intercourse, me obliga a considerar cómo superar la mirada pornográfica.

Y no me basta con mirar horas de cine porno para superarla. Al revés: me atora hacerlo, me bloquea. La fascinación de la imagen me atrapa, como una tela de araña, como un laberinto (otro); en la abundancia me extravío.

Recapitulo, pues. ¿Cómo relatar el sexo sin caer en la mirada pornográfica? OK, y aclaremos ¿en qué consiste esta mirada pornográfica?  Básicamente en objetivizar, o por mejor decir: objetualizar. No hay personajes; no hay construcción del personaje: dos primates bípedos se acoplan, eso es lo que se muestra, no más. ¿Cómo se muestra? Crudamente: al coño, coño; al pollón, pollón; y al semen que se derrama tras un polvo, creampy; no hay más. La cámara no es que se acerque al centro de atención, es que casi lo toca, y la pantalla entera es muslo, es vientre, es vulva, es polla, es nalga desbordando por su marco. La iluminación no esconde ni matiza nada: tal cual es, así se muestra. Crudamente, sí, esto es: sin cocinar, sin elaborar.

El arte, sin embargo, es artificio, es elaboración. ¿Cómo, pues, superar la crudeza inherente a dos cuerpos que se frotan, cómo superar la mirada pornográfica? Mediante el artificio. ¿Mediante la metáfora, entonces? No forzosamente, pues si recurriésemos a este recurso caeríamos en el escamoteo de lo que queremos mostrar.

El profesor Steiner, en su libro Gramáticas de la creación (Editorial Siruela, págs 52-53), nos permite dar un poco de luz, aclarar un poco este problema; pero como es un autor difícil, una primera lectura no me permite entenderlo todo a la primera. Así que añado (I) al titulín de esta entrada y desarrollaré el tema más adelante.

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3 Respuestas a “Estéticas de la pornografía (I)

  1. Al cine s’han fet experiments que em sembla que han funcionat. En Lars von Trier, per exemple, però no ha estat l’únic. Pel·lícules amb sexe explícit sense convertir-se en porno.
    L’estratègia del porno, tu l’has definida molt bé. Al sexe li treus el context, la versemblança i un mínim d’erotisme/romanticisme/sensualitat i el que queda és el porno, és a dir, la part mecànica del sexe. Amb la meva innocència et diria que la resposta a la teva pregunta consistiria en retornar aquests elements al sexe.

  2. Susana mabel nuñez

    Interesante. Susana.

  3. Muy interesante la distinción que estableces desde la metáfora y la imaginación, frente a la sobre exposición saturada de algo como las creaciones pornográficas virtuales. Entiendo que desde un punto de vista estético no caben los juicios morales, pero también es cierto que frente a un cúmulo de producciones tan abigarrado (pero igualmente recursivo y mecánico), la expectación pornográfica oscila entre el entretenimiento convencional y la posibilidad de complicidad, que desde mi punto de vista puede conducir al morbo o la filia neurótica. Me agrada tu planteamiento. Saludos desde México.

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