Alma nómada

Las campanas tocan a muerto esta mañana. Son tres notas que se repiten morosamente, como si cayesen de un grifo mal cerrado, con ese ritmo inescrutable pero sereno de las fuerzas físicas, de las leyes cuánticas, de las cosas milenarias. Todo el pueblo habla del muerto. En la caja del supermercado sorprendo la conversación entre el encargado y la señora que desea pagar los yogures que acaba de comprar. Se refieren a “él” y saben quien es; dicen que el ataque se produjo al salir de “allí” y saben donde es. Les oigo comentar que tardaron poco en recogerle y llevarle al hospital, y saben a qué hospital se refieren.

Yo no.

Yo me limito a escuchar. A observar. Como a estas alturas ya empiezo a estar convencido de que el hoyo espera a todos, me queda poco por hacer, sino ver, observar, admirar, escuchar.

En la tahona. Compro un pan de payés de medio kilo. Me lo dan y está aún tibio, recién salido del horno. La harina resbala por mis dedos. De nuevo la conversación versa sobre el interfecto, en cuyo recuerdo suenan hoy las campanas. Recorro las calles como un gato, siguiendo las sombras que se angostan contra las paredes. Pronto será mediodía, si no lo es ya. Miro las tiendas, las casas. Tomo nota mental de dónde está la ferretería, dónde la estafeta de correos, dónde la tienda de electrodomésticos. Miro en los bares para saber cómo es la parroquia. Miro la fachada de un palacio gótico desvencijado. Por todas partes los vecinos hablan del muerto de hoy: en los quicios, en los zaguanes, en los semáforos.

Cinco viejos en un banco miran los coches pasar por la carretera. Uno de ellos calza alpargatas de cintilla catalanas; el que se sienta a su lado se cubre con una gorra que le regalaron por comprar abono. El banco está a la sombra de unas moreras, su sombra es densa. Los viejos miran la carretera. Hablan poco. Habrán ya tenido tiempo de comentar la noticia. Miran los coches circular por la carretera.

Me miran pasar. Paso, cargado con el canasto de abastos, calle arriba. Las calles son más empinadas si se recorren a pie. En coche es un suspiro. Pero me acompaña el metrónomo del toque de campanas.

Llego a la casa que me acoge. Las gallinas pululan picoteando en la era que ayer segué. Los perros sestean en el patio. El gato, gordo como un pachá, no se mueve cuando cruzo el salón, apenas me mira, altivo y soberano.

Más tarde me sentaré a ver el oro de la tarde ilusoria, quizás leyendo versos sueltos de Borges, o intentando aprender más del pacto autobiográfico en un libro de Lejeune que me trajo el correo con una sonrisa.

Mi cuerpo nómada se ha venido a instalar a la masía de un amigo. Por las noches cenamos patatas del huerto (son grandes, duras, blancas, sabrosas) y judías recién cogidas de la mata. El aceite es de un molino local. Vaciamos un par de cervezas y hablamos de lo humano y lo divino. Si ponemos la tele, nos aburre, y la apagamos pronto. Me duermo oyendo la bomba del aljibe, que se ha de llenar para mañana regar las tomateras.

Cuando aún es de noche, el gallo le saca brillo a la aurora con su herrumbroso cacareo. Luego son los perros los que despiertan a todo el mundo, el pequeño mundo que me acoge, y el gato maúlla pidiendo el desayuno. El café lo tomo sentado frente a la caprichoso abanico de Montserrat, que despliega su silueta frente a la era. El verde de las viñas está como recién pintado.

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3 Respuestas a “Alma nómada

  1. Bellisimo este relato, lleno de olores y color, y de ruidos—como la bomba del aljibe para luego regar los tomates… el verde de las viñas… y el gato que se desliza displicente junto a los perros y el gallo. Me gusta. Susana.

  2. Ummmm!!!! ja estas de nou instalat? Per un nómade que bo tenir amics on poder jaure.

  3. No m’ha gradat: Como a estas alturas ya empiezo a estar convencido de que el hoyo espera a todos, me queda poco por hacer, sino ver, observar, admirar, escuchar.

    M’ha agrdat: Más tarde me sentaré a ver el oro de la tarde ilusoria, quizás leyendo versos sueltos de Borges, o intentando aprender más del pacto autobiográfico en un libro de Lejeune que me trajo el correo con una sonrisa.

    On pares?

    R.C.

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