Alma nómada, no eres los otros

Gallina del Penedés

NO ERES LOS OTROS

No te habrá de salvar lo que dejaron
escrito aquellos que tu miedo implora;
no eres los otros y te ves ahora
centro del laberinto que tramaron
tus pasos. No te salva la agonía
de Jesús o de Sócrates ni el fuerte
Siddharta de oro que aceptó la muerte
en un jardín, al declinar el día.
Polvo también es la palabra escrita
por tu mano o el verbo pronunciado
por tu boca. No hay lástima en el Hado
y la noche de Dios es infinita.
Tu materia es el tiempo, el incesante
tiempo. Eres cada solitario instante.

J.L. Borges, en La moneda de hierro, OOCC III, pág 158.

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Un viejo jeep con matrícula de Tenerife herrumbra su hastío en un extremo de la era. Dentro se cuecen los aperos de labranza, cañas secas se broncean al sol, estiradas sobre el techo del habitáculo, las malas hierbas crecen y asoman detrás de los neumáticos. Las plantas trepadoras se agarran a las manijas de la puerta. Las gallinas se resguardan del sol acurrucándose debajo del chasis que lleva años sin moverse de ese sitio, menos una que está poniendo un huevo en un rincón de la cuadra. El gallo asoma, picotea, me vigila.

Yo me siento en un viejo banco frente a la era, con un libro en la mano, los pitillos cerca, el abanico de Montserrat abierto, inmenso, delante, cerrando el paisaje. Pían los pájaros. En un barranco cercano oigo a el carraspeo de las urracas. A ratos me alcanza el zumbido de un camión pechando cuesta arriba por la carretera que se adentra en las montañas. Los viñedos están en calma, la luz del sol lo inunda todo. Las niñas duermen. Los dos soles, las llamaba antes, cuando fueron ellas la única luz en el naufragio, cuando empecé a pergeñar en un blog azul el discurso de arena de mis penas de entonces, que ya el tiempo, como olas de un mar que nunca cesa, ha emborronado. “Polvo también es la palabra escrita / por tu mano” dice el poeta.

Estoy melancólico. Nostálgico de conyugales placideces, sediento de ebriedades compartidas, con hambre de besos que ya tardan. Es una melancolía mansa; es tristeza de café que se enfría en la encimera.

La fachada de la casa, la que se abre a la era, está cubierta de yedra. Ahora es verde. Será roja en otoño. Por la tarde las abejas vendrán a zumbar en ella, no sé qué liban, pero oigo cómo revolotean, cómo se mueven. Yo saco un libro, luego otro. Y ninguno acabo de leer. Me asomo con desgana a este vertedero de miedoslibres.

El verano y su trajín de toallas y niveas se nos echa encima, con el aderezo de la escasez de medios; la inmensidad de oferta que miramos (las niñas y yo) cuando vamos de paseo a los centros comerciales es abrumadora. Cosas, cosas, cosas, cosas. Cosas que nos llaman la atención, que nos llaman y reclaman; cosas que no podemos permitirnos. Cosas, por otro lado, que no necesitamos para nada. Ellas lo entienden, poco a poco. “No eres los otros y te ves ahora / centro del laberinto que tramaron / tus pasos”.

En la ciénaga del mal ajeno, en la hediondez de meados de gato viejo de un divorcio al que asisto (como puedo) desde la primera línea de fuego (y no sin resentirme de cicatrices que pensaba el tiempo había anestesiado), he dejado de lado el laberinto en el que andaba con intención de perderme. No es el tiempo propicio para el laberinto que tramaron mis pasos. Así sea. Enciendo otro pitillo. Un pinchazo de culpa. Lo expulso con el humo.

Un halcón rubio cruza el cielo, estira su silueta de flecha sabia, tensa el arco de círculo de su vuelo. Diríase que sabe dónde ha de clavarse. Desaparece detrás de una pineda, más allá de las viñas. Las niñas siguen durmiendo.

Iremos a comprar una hogaza de pan. Iremos a la piscina del pueblo después de echar el grano a las gallinas. Al volver, cocinaremos algo sencillo. Mirarán la tele durante la sobremesa –yo me estiraré en la cama, desnudo, y atravesaré la canícula con los ojos cerrados de la siesta. Cuando el sol amaine, ordenaremos la leñera, entre tres será fácil y rápido. Cuando estemos sucios y sudados nos reiremos en el patio tirándonos agua con las regaderas, y enchufaré la manguera para animar el jolgorio.

La melancolía se la llevará el agua. La nostalgia y la tristeza dejarán de oírse porque solo se oirán los gritos de los quince y doce años juguetones de mis dos soles. Seremos cada solitario instante, sin más.

Y, como me enseñó una amiga, lo demás: ATPQ (¡a tomar por culo!).

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3 Respuestas a “Alma nómada, no eres los otros

  1. Te quejas de vicio… Tienes mucha más suerte de la que imaginas.

  2. Seremos cada solitario instante, sin mas. Me encantó además el ensamble con Borges. Susana.

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