Alma nómada, nubes y claros

La mañana olía a septiembre. El día se presentaba recién duchado y fresco; despejado el cielo, limpios los verdes del pinar y de las viñas, luminosos los herbazales agostados. Un frente tormentoso, con gran aparato eléctrico, había barrido la comarca la noche anterior. La tormenta fue feroz. Desde la cama la oí caer, retumbar. La luz de los rayos pintó de azul mi cuerpo tendido sobre la colcha.

Esto fue hace un par de días.

Hoy es viernes. Hoy volverá a lucir un día de verano espléndido, con su sol, su canícula y su tarde morosa que se arrastrará lentamente hasta el crepúsculo. Hoy es viernes y los viernes los paso mirando la era, el huerto, haciendo lavadoras y tendiendo la colada en dos cuerdas que cruzan el patio. Hoy es viernes y antes de que apriete más el calor bajaré al pueblo a comprar algo para celebrar que hoy es viernes. Y tabaco también, que luego fumaré a la sombra de un chamizo mientras miro en rededor y, con la pluma en la mano, pienso qué cosas quiero escribir para dar de comer a mis miedoslibres, que cacarean a deshora, últimamente nerviosos e impacientes, algo despuntados, despeinados por tanto trajín.

No pasa nada, y sin embargo algo se presume, recuerdo que me han dicho. No es cierto. Dos señoras pasan por el camino. Van hablando de sus cosas. Al verme, una de ellas levanta la mano y hace un gesto con la cabeza, sin dejar de escuchar a la otra mujer. Los dos perros no se han movido; yacen lustrosos a la sombra de una pared. Los dos perros solamente se excitan (y corren a la cerca y ladran como locos) cuando pasa un determinado coche. Lo oyen roncar a lo lejos por el camino y levantan las orejas. Luego se levantan los dos y corren a un extremo de la era, y ahí se apostan y empiezan a ladrar. Cuando aparece el coche ladran con más fiereza, y trotan a lo largo de la valla hasta que esta les impide continuar. Se alzan contra ella y ladran y ladran. El coche desaparece tras la estela de polvo. Los perros vuelven mansamente a ocupar su sombra. La era recupera su quietud, y me pregunto qué ha pasado, qué debió ocurrir para que los perros se exciten tanto cuando, dos veces al día, una de ida y otra de vuelta, cruza frente a la casa el coche azul que tanto los alborota.

La era vuelve a su quietud. Uno de los perros bosteza y se estira, cambia de posición, reposa su cabezota en el cemento y cierra los ojos. Su pelaje brilla.

Yo sigo, a la sombra del chamizo, mirando en torno, con la pluma en la mano y unas cuartillas delante, con una piedra encima para que no se vuelen, aunque hoy no corre el aire, ninguna brisa. No pasa nada.

Pero no es esto, me digo. No son las cosas. No es el paisaje, las arboledas, los campos arados o las viñas. No es el blanco fino polvo del camino, ni el frescor del agua sobre mi piel cuando me desnudo y me refresco en la ducha del patio y luego espero, tomando el sol, hasta secarme. No es la textura del cemento del piso sobre el que camino descalzo. Ni el sabor de un conejo encebollado que ayer cenamos para celebrar la victoria de Monty en El-Alamein. Tampoco son las paredes de esta casa, los frutales de este huerto. No son las nubes que desfilan por añil del cielo, flotando leves, escuálidas, deshilachadas y casi discretas, cruzando el cielo sin querer molestar (enseguida nos vamos, parecen decir). No son los deseos del cuerpo, ni sus impaciencias, ni las angosturas de mi laberinto de miedos donde me pierdo. Miro y siento todo esto y, con la pluma en alto, me digo que esto no es.

Empiezo a escribir. Y lo que pasa es el tiempo.

Y un ciclista por el camino. Los perros no alborotan. Cacarea un gallo. Luego silencio.

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2 Respuestas a “Alma nómada, nubes y claros

  1. ” El dia se presentaba recién duchado y fresco…” me encantó..”.Lo que pasa es el tiempo.”. Asi de simple.

  2. LA VIDA ESE PARÉNTESIS

    Cuando el no ser queda en suspenso
    se abre la vida ese paréntesis
    con un vagido universal de hambre

    somos hambrientos desde el vamos
    y lo seremos hasta el vámonos
    después de mucho descubrir
    y brevemente amar y acostumbrarnos
    a la fallida eternidad

    la vida se clausura en vida
    la vida ese paréntesis
    también se cierra. incurre
    en un vagido uiniversal
    el último

    y entonces sólo entonces
    el no ser sigue para siempre

    Mario Benedetti

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