Alma nómada: Bitlles – Segre – Orbieu

Xarel·lo, macabeu. Grandes cartelones en los ribazos informan de las variedades de vid que conforman el paisaje. Camino hacia la música de un pueblo en fiestas mayores, Pla del Penedés. Mi acompañante es alérgico a los silencios, entretiene el paseo con recuerdos de correrías en las marismas sevillanas, cuenta su puta mili en Alcalá, habla de facturas pendientes y de sorpresas esdrújulas. Habla y trenza una continuidad de vocales como un collar de perlas que desde Sant Pere de Riudebitlles se estirase hasta El Pla del Penedés, hacia donde vamos, recorriendo los caminos entre viñedos, atraídos por la charanga de la fiesta mayor, oyendo los petardos del correfoc. El sol tiñe los aleros de las casas. Hace calor.

Nos sentamos en una plaza a degustar una Moritz. Me gusta la Moritz. Me gusta sentarme a ver gente que no conozco salir a dar una vuelta por un pueblo en fiestas. Cuando ha llamado a la puerta diciendo que se iba a dar un paseo yo estaba en casa pensando en llenar con una bañera mi vacío. ¿Por qué no? Espera, me visto y voy contigo, le he dicho. Me he calzado y he salido. Hemos echado a andar por los caminos. ¿Dónde vamos? No importa, vamos. Y hemos llegado al Pla de Penedés. Y nos hemos sentado a tomar una cerveza. Yo he hablado poco; pero le he escuchado mucho. Mi acompañante es alérgico a los silencios.

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De Mormur al cielo, pienso, con un nimbo de miedo que desea descargar en los ojos, mientras la ambulancia enfila la carretera del secano hacia Lleida. Pienso que la ambulancia corre como un conejo sorprendido. La sigo apretando el acelerador y concentrándome en la conducción para no dejar llevarme por la angustia. El miedo es el temor a lo conocido; la angustia es el temor a lo desconocido. Lo desconocido es un cajón sobre ruedas, amarillo con lucecitas, que circula como un conejo asustado por la carretera C-12 hacia el hospital de la provincia.

El paisaje es el que ya conozco: lomas chatas, secarral, laderas pedregosas, arbustos espinosos. De Mormur al cielo. La vega del Segre al otro lado. Sus verdes de plata de los álamos; los verdes de hierro de los frutales; los cañizares con sus verdes desleídos; el verde despeinado de los ribazos cabe la acequia.

Horas después, no fue nada, me siento en la mesa que he instalado en un cobertizo frente al aljibe lleno de agua verde. Abro el libro que pretendo leer este verano. Avanzo laboriosamente por sus páginas, son muchas. Me sumerjo en él como en un río Leteo. Me olvido con él de cosas que prefiero no recordar. El rumor del brazal y el zumbido de los insectos. Las golondrinas sobrevuelan el cristal verde del agua y lo marcan con su sed concéntrica. Revolotean ágilmente las golondrinas como Spitfires con chaqué. Me acuerdo de Pierre Clostermann, cuyos libros leí hace mucho tiempo. Vuelvo la vista al libro y trato de leer. Levanto la vista y me encanto mirando el brillo espeso del verde del agua del aljibe, verde esmeralda con matices azulados. Agua fría del río Segre. Agua verde. “Verde viento”. Así no hay quien logre perseverar en los tejemanejes de los Verdurin & Co. Cierro el libro.

En una rama cimera del último ciprés del camino de acceso a la era se posa un abejaruco (abellerol en catalán, gruccione en italiano –sonrío). Collar amarillo, verdes, oros, anaranjados. Bizarro pájaro de fusiformes líneas que gusta de cables de teléfono y ramas altas para escrutar los plumeros del maizal. Así no hay quien lea.

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Tras la siesta reglamentaria, saco la bicicleta y echo a rodar por los caminos y carreteras alrededor del pueblo. Remonto el curso del río Orbieu durante unos cuantos kilómetros por la carretera asfaltada y luego de cruzar por un puente estrecho tuerzo por un camino y recorro el río siguiendo su otra orilla hacia el pueblo, entre viñedos que alinean sus filas en orden marcial. La abadía yergue su truncada torre gris a la entrada de Lagrasse. Una hora apenas de pedaleo. Viñas también, en el corazón de las Corbières, en el departamento de l’Aude; las colinas en rededor son agrestes. Por la tarde, cuando ya el sol se ha ocultado tras las colinas, vamos al río y en él nos bañamos. Las niñas exploran los bajíos, tiran guijarros, se salpican, persiguen a su tío, chillan. El tío se las lleva río arriba, pregunta cuántos verdes podéis ver; ocho, contesta la pequeña. Verdes esmeraldas. Verdes turbios de las algas. Verdes de los árboles; verdes peinados de amarillo por los últimos rayos del Sol que se pone.

Cenando, abro y degusto una botella de Sauternes. Es vino dulzón, acaramelado; diríase que incluso es espeso, es como si tuviera textura. C’est formidable, il dolce far niente. Sonrío.

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4 Respuestas a “Alma nómada: Bitlles – Segre – Orbieu

  1. Sigo vistando este blog y hoy solo decirte que me he acabado Camino de Sirga que tu me recomendaste hace meses.
    Darte las gracias! es una obra maestra y acabo de escribir una reseña en mi blog sobre el libro
    http://elchicodelaconsuelo.blogspot.com/2011/08/camino-de-sirga-moncada-y-jorda-una.html

  2. El Sauternes es uno de los pocos vinos (y alcoholes, en general) que me gustan…

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