Alma nómada: en el río

Tras el día desapacible de ayer, emborronado de nubes y desaliñado por el viento, hoy el día despierta luminoso, fresco y azul.

Iremos al río, nos bañaremos en el Orbieu. Buscaremos una playa de guijarros, o nos instalaremos sobre una roca de plano inclinado sobre el agua, expuesta al sol, extenderemos las toallas y las calzaremos con piedras para que no vuelen, nos pondremos las sandalias de río y entraremos en el agua mansa del río, hundiremos nuestros cuerpos en el verdín de las orillas, nos dejaremos lamer por las algas, nos dejaremos acariciar por el frescor puro del agua que baja de las montañas y recorre los paisajes idílicos del país cátaro que nos acoge estos días.

Nos salpicaremos. Nadaremos. Nos perseguiremos y tiraremos piedras planas para que reboten sobre el verde esmeralda del río. Jugaremos a pelearnos y a hundirnos. Miraremos los peces casi transparentes que se escabullen por las corrientes, ágiles y casi invisibles, y levantaremos nubes de barrillo en los márgenes limosos del río. Nuestros pies se hundirán voluptuosamente en el fango. Cruzaremos de una orilla a la otra explorando los bajíos, dejándonos llevar por la corriente, hundiéndonos (con cautela) en las pozas.

Nos tenderemos luego al sol a descansar. Acunados por el rumor del agua, entrecerraremos los ojos y nos sumergiremos en la molicie del sol-y-sombra de los árboles, sintiendo en la piel el calor del sol, mecidos por el siseo de las brisas peinando el follaje de los álamos, verdiplatas, inquietos, cimbreando suavemente su altivez sobre las riberas, deslindándolas con su altura de los huertecillos, de los muretes de piedra seca, del verde azulado de los cañizares, del espejeante verde del agua que riza su superficie según sople el viento, que eriza nuestras pieles al sol. A lo lejos tal vez se oiga la cháchara de otros bañistas, algún grito agudo de un niño sintiendo en su vientre el frío del agua al entrar en ella. Acaso se oiga el silbo de algún pájaro. Y el rumor del agua triscando y zurciendo espumas en rededor de un picacho que sobresale, pulido por la lengua del tiempo que es el agua corriente. Aburridos, abriremos los ojos y veremos a una mujer que se desnuda y entra en agua. Luego sale de ella y se tiende a leer al sol. Aburridos, caldeados por el sol, volveremos a enrar en el agua, reiremos de nuevo, jugaremos otra vez hasta sentir la piel de gallina en nuestro cuerpo entero.

Por la tarde, después de la siesta tras los postigos  azules, cogeremos el coche y recorreremos la comarca, siguiendo cintas de asfalto que cruzan encinares, que cruzan ríos y arroyos, que van de aldea en aldea,  y que de un castillo viejo llevan a otro. En algún altozano pararemos a ver la luz del sol en la áurea tarde ilusoria, veremos cómo se  incendian de amarillos los viñedos en los valles, cómo se avivan los verdes de los jarales y los carrascales, y aun en las cimas romas de las colinas, cúmulos de piedras rotas por el tiempo, en alguna de las cuales despunta, resistiendo al tiempo como aquel picacho del río, un torreón, un paño de muralla, el farallón de algún castillo antiguo, prenda olvidada de las guerras antiguas de cuando las cruzadas albigenses, impávidos restos que se bañan en el tiempo como nosotros en el río, piedras oscuras, ciegas, cicatrices del pasado.

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2 Respuestas a “Alma nómada: en el río

  1. Me gustó. Como es habitual. Saludos.

  2. Oh! Me encantan estat tardes ociosas en un entrono bucólico-pastoril!

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