Mormur

Una manzana es una manzana. Y la gran manzana es otra cosa.

Los guijarros de la luna nunca conocerán el vacío de mi nevera. Ni tú subirás al cielo.

Se escurre, por las regateras del día, un silencio que sisea como víboras cachondas.

La memoria de las llamas grasas mancilla con carbonilla tus tetas blancas. Y en mi pecho escuece aún el mordisco de Adán.

El camino tiene un tapín aproximadamente verde que se estira en su centro, y dos cunetas, una a cada lado, donde silban las escorrentías del tiempo. El tiempo cae del cielo como lluvia, como lluvia de manzanas, manzanas amarillas y rojas, y verdes, manzanas como manzanas, sin más.

Lágrimas de mariposa sobre el río, en un callejón sin salida de la jungla del parque natural Braulio Carrillo (Costa Rica). Cosas que pasan: agua verdinosa, rocas pulidas por el tiempo, la vegetación asfixiante y el azul inmenso de la mariposa. Y sus lágrimas deslastradas al vuelo, cayendo en el centro de semovientes dianas sobre la superficie lisa del agua.

Tras la lluvia, los charcos son trozos de cielo caídos, rotos; de noche la luna se deconstruye en ellos, con muchos otros fantasmas. Hay rastros de tinta, insignificantes, en los charcos que dejó la lluvia en el camino.

 

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