Passendale, again and again

A finales de septiembre, o acaso octubre, del año 2006 recorrí los campos de batalla de Flandes, desde Passendale a Zonnebeke, caminando por los caminos bajo el azul del cielo, y me paré, conmovido, en el mayor cementerio militar de Europa, Tyne Cot. Lloré. Así lo conté en Proscritos.

Si hace unos días me sorprendía la vida con un viaje a Dubai, hoy he doblado la sorpresa sabiendo que el destino de mi escapada laboral del próximo lunes será en las afueras de Ieper (Ypres), entre Ieper y Kortrijk (Courtrai). Otra vez Passendaele, o Passchendaele según consta en las historias militares. ¿Qué añadir al artículo del 2006? Poca cosa.

Una sonrisa, acaso. Y una reflexión que la borre. No somos nada, ni sabemos nada. Ni sabremos nunca nada.

Van ocurriendo cosas, nos lleva el tiempo por los cauces de la vida sin que tengamos control ninguno sobre el curso de las cosas. La vida, creo que dejó dicho Juan de Mairena (o uno de sus discípulos), es aquello que acontece mientras ocurre. O mientras hacemos planes en la ducha, según dijera John Lennon. Ahora aquí, en Barcelona, o en el Montseny, ahora en la consulta del dentista, o en un telar, o en un paritorio, o en el notario, o en la chacinería, o donde Cristo perdió el gorro, o comiendo sardinas en una lonja de Santander, o chuletas junto al río Dniéper, en un cuartel, o en la gasolinera de Rijeka, o en un garito hediondo de la calle Istiklal de Istambul, o en una playa desierta o en la jungla tropical bebiendo cerveza con hielos, en un mirador sobre el mar en Beirut, en una discoteca de Casablanca, en el dormitorio de la abuela agónica. En brazos de la morena, en el recuerdo de la rubia, en el triángulo crespo de muchas mujeres, en el recuerdo del sabor de algunos hombres, en las copas llenas de la cuadrilla, en el último trago de las botellas, en la última calada del pitillo. Van ocurriendo cosas.

Y la guerra sigue. Y al final resultará que ni siquiera ha comenzado. Porque podemos volver a Passendale, podemos recorrer de nuevo, again and again, su tierra ubérrima, rica de tanta podredumbre, víctima de la artillería; véase cómo quedó el pueblo en la siguiente foto, que muestra Passendale antes de la batalla y después.

Passendale está ahí (con sus muertos bávaros, canadienses, escoceces, británicos y prusianos). Y con ojos que lo recorran, again and again, nuevas luces, colores nuevos, tal vez, puedan dar color al sepia del recuerdo, a las siluetas, olor al fango, al musgo, al frío de las trincheras de entonces. Que no muy diferentes son a las de hoy.

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