Remembrance of things past

El sabor del palo de los polos veraniegos, cuya aspereza en la lengua arrastraba las erres del escalofrío.

Los falsos colmillos de jabalí alunado con que abrochábamos las trencas, y el calor espeso de los pantalones de pana, y cómo picaban los jerséis de cuello-cisne.

Las risas de una abuela, que desarbolaban la compostura de su matronal figura.

El clinc-clinc de la otra abuela rebañando con la cuchara el yogur de vidrio mientras termina el parte y nos llama: “Van a echar el un-dos-tres, que miratúquébien: mis nietos se saben mejor las respuestas que los que hablan en la televisión; y si no saben, ¿pa’ qué van?”

El frío de las sábanas de tergal en invierno, y la costura de los pijamas siempre enredando entre las piernas. Los calditos y las tortillas viudas de todas las cenas en aquel comedor pintado de naranja.

El olor de las fotografías recién reveladas.

La sonrisa de papá cuando vino a buscarnos al cole con su coche nuevo: un Renault 5 insultantemente naranja. B-9745-AW era su matrícula. Olía a plástico. Se le salían las ruedas del chasis como a nosotros los ojos de la cara por la sorpresa. Naranja naranjito. Por aquel entonces yo perdía las gafas en los matorrales de rododendros que cercaban el patio del colegio. Mientras las buscaba, arrodillado, me metía en los bolsillos unos insectos divertidos que se hacían una bolita cuando los tocabas. Las gafas eran de pasta, y yo estrábico, y durante un tiempo llevé un parche. Un niño que se llamaba Raúl pintaba siempre soldaditos en tinta negra, nunca usaba colores y le reñían. A mí me gustaban sus dibujos. Y las películas de John Wayne.

Los cipreses azules contra las tapias de un cementerio vistos al pasar desde la carretera en una madrugada funeral, y el frío de las nieblas en la llanura de Urgel.

Los delantales de la padrina, y su moño gris; y la manera tan extraña, miedosa, con que retorcía sus nudosas manos mientras trataba de excusarse por no saber hablar español ante los forasteros.

Los libros del abuelo que no conocí guardados en casa de la abuela: libros de cacerías en la India, en África, lecturas tartarinescas de quien solía salir a espantar perdices por los secanos. También los libros de Derecho, encuadernados en piel, con los títulos serigrafiados en oro, letritas disparejas que, a veces, saltaban. La vieja Ilíada, en un tomito de simil-piel blanca. “On vas amb aquests llibrots?” me decía la abuela (que tenía a mucha honra no leer nada que no fuera el Hola y el Full parroquial; pasaba muchas horas escuchando a Luis del Olmo y a Encarna Sánchez por la radio); yo me iba a la parte de la casa que daba a poniente y leía un rato bañado por el sol, sentado o estirado en un camastro cubierto con una colcha de basta lana rifeña y vivos colores que mi tío había traído de alguno de sus viajes.

Los sombreros de cowboy eran de plástico blando, y los cintos también, con cartuchera; y la placa de sheriff, que no brillaba mucho, y estaba desconchada. Un fular reconvertido se anudaba al cuello para las imposibles polvaredas de nuestros galopes imaginarios; la camisa tenía que ser de cuadros pequeñitos, a poder ser de franela; el caballo era de cartón piedra. Recuerdo que se le desgastó el esquinazo, y cojeaba de una rueda. El revolver era de seis balas, pero el tambor no giraba. Ya lo he dicho: me encantaban las pelis de vaqueros.

Los armarios cerrados del pasillo de casa de la abuela: cuando se abrían la inundaban toda con olor a limpio, a bien doblado; eran sábanas de hilo de Holanda perfumadas con lavanda y alcanfor, esmeradamente planchadas. Era el aliento, la bocanada de varias generaciones de ajuares apretados y en espera de no sé sabe qué.

El desorden de los papeles de colores esparcidos y arrugados por el salón mientras la barahúnda de primos y primas de todas las edades pugnábamos por encontrar el regalo que nos correspondía (recuerdo el relincho feliz –un tanto histérico– de una de mis primas al descubrir una muñeca Nancy). Nuestro tío soltero y la abuela habían ordenado, en un rincón del salón, la montaña de regalos de los muchos nietos (éramos casi una docena entonces) para que los abriésemos antes de la comida de Navidad.

[Felices fiestas a todos. Gracias por estar ahí. Procuraré seguir aquí.]

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3 Respuestas a “Remembrance of things past

  1. Precisament, llegint això jo et recordo disfressat de cowboy, amb tons més aviat caquis, i no sé perquè, si em sembla que no et vaig arribar a veure mai en cap festa de disfresses. En qualsevol cas, molt bonica, l’entrada aquesta i bon nadal!! Una abraçada.

  2. Ariadna Menéndez rodríguez

    Las sonrisitas de rosca de la Rosi, la chica que nos medio vigilaba y soportaba, para que la dejáramos oír el consultorio de Elena Francis, siendo la primera yo que me quedaba embelesada escuchando a escondidas con su venia, con las cosquillitas que me hacía en las orejas aquélla voz tan peculiar, y aquéllas cartas de los oyentes que más que consejo, pedían auxilio¡ qué días felices¡
    Mi Nancy pintarrajeada por enésima vez por la bolita de mi hermanilla que era rotundamente la muñeca de nuestra casa, con aquéllos ojos que me llevaré en las fotos que jamás le hice….. y la Nochevieja del 75 con mi padre y yo a solas, pasando las campanadas con piñones a falta de algo mejor y mi padre muerto de la risa…. qué sonrisa tenía ése hombre¡¡ (porqué te fuiste a la mañana tan lejos de mi vida papi?) la sonrisa picarona que tendría Pedro Navaja y su diente de oro, de moda en aquéllas inmejorable veladas, en aquélos sin copia setentas, con MacMilan y esposa¡¡
    Nochevieja deliciosa, la llevo tan dentro… ay papi…
    Recuerdo también su reloj digital Rado, que vuelven, como las campanas, a estar “in”, y el árbol casi caído de cansancio de repetirse tanto a sí mismo, y las torrijas de mi abuela, techo de menos vieja, cada día menos veces y más hondo, a cualquier hora, y los zoos de plastilina, y las ceras Manley, que eran un lujo de sobrepeso, y el olor de mi hermano cuando reía, me llegaba su aliento con su alegría, cómo le chinchaba, mientras que nos peleábamos por siempre jamás por coger primero con los pies el apoyadero izquierdo de debajo de la mesa de formica indestructible, y los huesos de picota, que le echábamos a la sufrida vecina por el balcón de la ropa, que olía a mistol, y los gorritos de lana que nos tejía madre, y los tebeos que deborábamos antes de que mi abuela los comprara en el kiosko, ay abuela qué instantes atragantados me has dejado pá éstas fiestas, y las botas de agua que no servían de mucho, pues siempre excedíamos su cuota, y el seiscientos echando humo en mitad de la nada, (mientras los niños cazábamos lagartijas o saltamontes y ella sudaba la gota gorda jajaaj) que era el recorrido que hacía la pobre cada fin de semana para ir a Aldea del Fresno, porqué tan injusta madre? donde teníamos el chalet de los ciento y la madre que íbamos en caravana, metiéndonos desde los cristales traseros con tó el coche que se nos ponía por detrás antes de adelantarnos como Supermán, pero de ahí concluí , por los gracejos y risas de los argonautas, que el mundo estaba lleno de gente amable, sí, y feliz.
    Como lo era yo, plenamente, totalmente quiero creer ahora, en aquéloos maravillosos setenta.
    Ariadna Menéndez Rodríguez.

  3. Molt bones festes per a tú també. Moltes gràcies per escriure com escrius.

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