LA ALEGRÍA DE LAS PIEDRAS (cuento)

La tengo en las manos en este momento. Es una pequeña piedra, aproximadamente redonda y chata, oscura, gris oscura con algunas vetas blancas que la cruzan y con otras nervaduras de un gris pálido, o quizás simplemente fracturas internas, que han dejado leves cicatrices en su superficie, no sé. Mis conocimientos de mineralogía son escasos, o nulos. No sé de qué material está hecha. Y me da igual, en realidad. Pero si he de escribir sobre ella me gustaría poder declarar que es un guijarro de wolframio, que es equisto, o piedra-lava o arenisca o granito. No lo sé.

Es una piedra redondeada por el mucho tiempo que habrá pasado mecida en el fondo del mar. Negra, o gris oscura, con vetas blanquecinas, no más larga que una de mis falanges, y del tamaño aproximado de mi pulgar. La sostengo en la mano mientras escribo estas líneas. La he llevado en el bolsillo del pantalón y ahora la he sacado para tenerla cerca mientras considero la alegría de las piedras.

La recogí en la cala del Home Mort, que está entre Sitges y Vilanova, mientras ella se bañaba. Habíamos tendido las toallas sobre la playa de guijarros y ella se desvistió y se acercó al agua y entró en ella. Y yo con los ojos achinados por la mucha luz del mediodía la miraba, como a contraluz, entrar en el agua que refulgía. Me desnudé yo también y encendí un cigarrillo y lo fumé sin ansias, jugando mientras con las piedras, dejando que la brisa secara el sudor de mi

piel y luego que el calor del sol perlara de nuevo mi piel con nuevo sudor. Miraba su cabeza moverse arriba y abajo con las olas a poca distancia de la orilla.

Tenía en la mano unos cuantos guijarros, algunos blancos y planos, otros como huevos grises, otros más pequeños. Jugueteaba con ellos sin prestarles atención, los movía, los sopesaba, los pasaba de una mano a otra escuchando su entrechocar mate, seco, sobre el rumor constante de las olas, con la mirada distraída en el vaivén de su cabecita negra sobre el verdiluz del mar.

Desde lo alto el mar lucía azul, azul turquesa, cerca de la orilla. Habíamos aparcado el coche y andado todo el camino colina arriba primero, y abajo luego, hasta llegar al risco desde el cual culebreaba un sendero entre altas matas de cistos que bajaba hasta la cala. Llegamos sudados. Ella se despojó del pantaloncito, de la camiseta y tiró la ropa encima de la toalla que ni siquiera extendió y echó a andar hacia el mar. Su espalda, su culo, sus piernas, sus pies y su cabeza, toda su figura se levantaba como marcando el punto de fuga en mitad de la línea dura del horizonte y de toda la luz del mediodía. Contrastaban sus curvas con la recta sin perdón del horizonte que se estrellaba a un extremo y otro de la perspectiva, en los farallones grises de roca que caían al mar y cerraban la cala.

Habíamos trabado conversación la noche anterior en el Urbs16, un bareto de la calle del Pecado de Sitges. Me preguntaba que adónde iba con aquellos zapatones. –Son mis botas de marcha, repuse. –¿Quieres marcha? Ahí ya vi su sonrisa pícara. –Prefiero un mojito. –Yo también. –Dos mojitos, pues. Ten –le dije tendiéndole un billete–, ve a la barra y tráelos, aquí te espero. Cogió el dinero y desapareció en el interior del local. Yo me senté en una de las butacas de la terraza a ver pasar la fauna de la calle del Pecado.

–No voy a ningún sitio –le dije cuando hubo vuelto con los dos vasos de mojito–, vengo. –¿De dónde vienes? –Vengo andando desde el Ebro.

Le conté mi marcha de siete días desde el Delta del Ebro, siguiendo la costa hasta la calle del Pecado donde habíamos coincidido. Así trabamos la charla y así charlando fueron cayendo horas y mojitos. Se hizo tarde y ella preguntó si tenía donde dormir. Dije que sí, me han prestado un piso. ¿Te vienes?

Hacía rato que el juego de seducción estaba en marcha, y ambos sabíamos que íbamos bien encaminados. No pensó mucho.

–Sí.

Y fuimos.

A la mañana siguiente le propuse ir a la playa. Ella no tenía planes. –Podemos luego ir a comer, no sé. –No hagamos planes. Vayamos a la playa y luego ya se verá. –Ya se verá, sí.

Rememoraba todo esto desnudo en la playa, viéndola juguetear con las olas, y vi cómo levantaba el brazo y me hacía señas. Me levanté. Me acerqué a la orilla. Caminar sobre las piedras me hacía parecer un tanto ridículo. En pelotas y doliéndome de las plantas de los pies es difícil mantener un cierto porte, un mínimo de compostura. Por evitar las posiciones incómodas y por abreviar la indignidad de mis inseguros pasos, me tiré de golpe al mar, y nadé hasta donde ella me esperaba. Ella y su sonrisa. –Se está bien en el agua. –Sí –dije, y estuvimos nadando y braceando un rato. También nos abrazábamos. Nos mirábamos con ojos rojos de salitre.

Flotamos.

Salimos del agua y nos tendimos a tomar el sol. Hablábamos. Pero también a ratos estábamos callados uno cabe el otro, en silencio y a gusto, oyendo el mar, sintiendo el sol sobre la piel. Besé su hombro, y el beso supo a sal. Cerré los ojos contra el cielo, y vi el rojo vivo de mis

párpados, sentí su mano que se apoyaba en mi vientre. Dejamos pasar mucho tiempo así; estábamos bien.

Luego ella dijo: –Cambio la comida por dos gintonics. Acepté. Y recogimos y volvimos a triscar por el sendero y por el camino hasta el coche, y paramos en una gasolinera para comprar hielo y fuimos al piso y nos duchamos y nos sentamos en la terraza a beber. Se oía el paso de los trenes detrás de la casa, y teníamos que callar mientras pasaban.

Mirábamos el cielo y un cachito de mar que se colaba entre dos casas delante de la terraza. Ella no sabía liar pitillos, y se los liaba yo y ella se los fumaba sacando el humo por la nariz. Entrecerraba los ojos al exhalar el humo y yo la miraba. En mi vaso tintineaba el hielo. Y picoteábamos almendras y nueces y nos servíamos gintonics y hablábamos. Me dijo que volvía a desearme, o fui yo quien lo dijo. Se acercó a mí, se sentó sobre mis piernas, nos abrazamos. Empezamos a hacerlo en el suelo, que era duro, y preferimos rematar en el dormitorio.

Exploré su cuerpo y me adentré en su deseo. –El sol me deja pasiva-receptiva –me susurró al oído. La tomé sin miramientos. Le gustó. A mí también.

No habíamos estado mucho tiempo en la playa, dos horas como mucho. Su piel conservaba el calor del sol. La estuve acariciando con morosidad.

–Nos conocimos ayer, bebiendo mojitos. –En realidad no nos conocemos. –Es verdad. –Démonos tiempo. –Tenemos todo el día, nos lo estamos bebiendo. –¿El qué? –El día. –Ah, sí, a besos. Nos lo estamos comiendo y bebiendo a besos.

Y mordí sus labios, y la penetré. Y gozó ella primero, y después de ella me corrí yo, me vacié en ella.

Luego quedé exhausto sobre su cuepo abierto, apalanqué mi peso con los brazos y ella me dijo que no, que me dejara descansar sobre ella. Que le gustaba sentir el peso del hombre encima.

Eso me dijo. –Soy una piedra, niña, te asfixiaré. –No me quejaré, ven. Y apoyé mi torso sobre su pecho y me relajé. Ella me abrazaba.

Al cabo de un rato me separé, hice rodar mi cuerpo y quedé yerto asu lado.

–Me gusta oírte gozar. –¿He gritado mucho? –No creo, solo lo necesario, sí. –Y tú estiras el cuello como un pollo cuando te corres. Como un pollo moribundo.

Estábamos sudados. Oíamos el rumor de las calles de Sitges bajo la terraza y entraba mucha luz en el dormitorio, luz anaranjada.

Le pregunté qué planes tenía. –Seguir follando hasta acabar la botella. –No, me refiero en tu vida.

Se puso seria. Luego me diría que durante aquellos segundos de seriedad consideró si debía decirme o no sus planes. Me lo dijo. Yo la escuché atentamente, pero también vi la playa de guijarros grises, grises como elefantes vistos de lejos. Cuando ella terminó de contarme lo que iba a hacer, solo le hice dos preguntas: –¿Hace mucho que lo tenías planeado? ¿Lo puedes pagar? Me constestó que sí a las dos cosas.

Respiré hondo.

Me levanté y arranqué el condón de mi pene. Fui a la cocina a tirarlo.

–¿Ya sabes cómo se llamará?

–Si es niño, Ernest; si es niña, Hilde.

Volvía estirarme en la cama, mirando el techo. Faltaría una mano de pintura. Ella estiró el brazo, como para posar su mano en mi vientre, como había hecho en la playa. No pude reprimir un gesto de rechazo, me volteé, aparté su mano. En la mesita de noche, frente a mi cara, aún estaba el vaso de agua que ayer me pidió; vacío. Y la caja abierta de los condones.

Sabía que ella me miraba. Ambos estábamos hundidos en una niebla de silencio espesa, pegajosa, viscosa.

Respiro.

Me hubiera gustado saber qué estaba sintiendo. Recapitulé: la conocí ayer y bebimos y nos enrollamos. Pegamos un par de polvos a ciegas, se queda a dormir conmigo, y pasamos la resaca en la cala del Home Mort. El resto del día lo dedicamos a vaciar una botella de buena ginebra. Hemos follado sin parar. Me gusta. Le gusto. Pegamos otro polvo y me dice que ha pensado inseminarse en otoño, que ha decidido ser madre soltera.

Mejor me voy a la ducha. Entonces sonó su teléfono, y ella se incorporó y fue al salón, donde estaba su bolso, a contestar. Yo me meto en el baño, abro el grifo y dejo que llueva sobre mí. Alterno agua fría y caliente. Me pregunto por las razones de un malestar, violento e íntimo, que siento bullir dentro, en el estómago, como un mar de fondo en el bajo vientre que empujara olas de desazón por todo el cuerpo.

Tomo el bote de jabón y me enjabono. El agua es tibia. Froto mi torso, froto el cuello, la cabeza, los brazos, las piernas. Me siento mal. Y no es el exceso de alcohol. Es un terremoto submarino que ha abierto fisuras en la memoria, historias añejas que, sometidas al seismo de lo que me acababa de contar, dejaran salir gases sulfurosos que ascendían hasta la cabeza impidiéndome el pensar y trabándome los gestos. Siento al agua caer sobre la cabeza.

Se abrió la puerta y ella entro en la bañera después de correr la cortina. Se puso detrás de mí, me abrazó y sentí alivio. Repitió varias veces mi nombre.

Luego estiró el brazo, cogió jabón y me enjabonó la espalda. Me frotó el cuerpo en silencio bajo el chorro de agua tibia. Se acuclilló y me frotó piernas y pies. Me hizo darme la vuelta y me acarició el vientre, la entrepierna, el pecho, los hombros, el cuello, los brazos. Entonces la abracé y quise llorar.

Después me secó todo el cuerpo y se secó ella. Abrió la boca para decirme que íbamos a salir de nuevo a la terraza a beber un poco más y dejar reposar lo ocurrido. Asentí.

Nos sentamos en la terraza, frente al cielo que declinaba matices malvas y violetas. Nos servimos sendos gintonics. Tintineaban los hielos en los vasos. El rectángulo de mar que podíamos ver apretado entre dos bloques de pisos brillaba ahora con un azul que se oscurecía por momentos.

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