Frozen time

Viernes. El intenso frío me lleva a La Argentina, una de las tiendas de ropa del carrer d’Avall. “Bones, teniu boines?” digo, y mientras lo digo me acuerdo del chiste “–Buenas, ¿tienen alpargatas? –Muy buenas. –Buenas, ¿tienen alpargatas?”.
Oh –me dice el dependiente–, sí, ara les trec, sí, sempre en tenim, sempre ve algún padrí que en vol una; la vols pel teu padrí?” Y yo: “No, la vull per a jo”. Y salgo luego al frío con una boina negra en la cabeza. No es la tarte de los Chasseurs Alpins, ni una txapela bohemia; es la boina sin estridencias de los payeses de aquí; la urgencia siberiana del frío de estos días no permite lujos. Es una boina Elósegui de once pulgadas y media, negra y con rabito; simplona, suficiente.
Con ella puesta me acerco a la barbería de Said. Hay cola, Tendrás que esperar, me dice. Le digo que volveré más tarde, sobre las ocho, y entretanto me refugio en casa y me sirvo un aperitivo que pide solecito y terraza de mediodía, pero que disfruto sin quejarme en estas horas vespertinas: vermú Yzaguirre cortado con un chorrito de ginebra y unas gotas de angostura, con hielo y limón y olivitas, en vaso ancho y tintineante. Horacio recomienda el vino de Falerno, pero no me queda a mano. Sus odas sí, y las hojeo en la edición Bernat Metge que medio-regala el diario Ara. Con el libro en la mano y el vermú en el cuerpo, vuelvo a abrigarme y cruzo la plaça del Pou hasta la barbería de Said. Hay cinco o seis clientes. Me instalo en uno de los astrosos sofás a esperar mi turno y sigo leyendo, mientras la cháchara salta del intenso frío al Barça pasando por las noticias de Siria y de la primavera Árabe. La parroquia está compuesta de jóvenes magrebíes que parlotean y ríen en árabe. Unos se hacen cortar el pelo; otros solo quieren que Said les arregle la barba. Sigo la charla saltando de nombre propio en nombre propio, que es lo único que entiendo (Mercadal, Lleida, Mourinho, Puyol, Homs, Dimasq, Tarabulus…), y entremedio Horacio va desgranando su moralina amable.
Mecenas le regaló a Horacio una casa en Sabina, una pequeña finca no lejos de Roma, en la cual el poeta se retiraba a menudo a cuidar de la hacienda y a purgarse de la muchedumbre romana y sus tejemanejes. Balaguer, para mí, cumple esta misma función. Sentado en la barbería, oyendo de qué habla la gente que no conozco, olvido asuntos a los que otorgo una importancia que no merecen.
Sábado. Bajo el azul compacto del cielo, subo al secano, recorro los caminos, me embriago de espacio. Verdean los alcaceles tímidos. Apenas se agitan los plumeros del juncar que deslinda, siguiendo los ribazos, algunas fincas. No hay viento, pero la luz del sol no puede atravesar el frío. La luz es intensa, limpia, recia. Los encinares se apelmazan, cimeros y oscuros, en las lomas, y el gris de los roquedos resplandece. Algún charco, en las roderas del camino, está helado. Una hembra de jabalí, junto al camino, muerta, espera ser comida por las alimañas, que ya han empezado a roerle el bajo vientre. Detengo el coche y me apeo a ver la bestia muerta. El rojo de la sangre derramada se muda en marrón, pero el de las entrañas abiertas entre sus cuartos traseros, resplandece, es fosforescente. Me ensimismo viendo el contraste entre las cerdas oscuras y el rojo vivo del vientre abierto de la jabalí (sus tetillas me indican el sexo, pues este ha sido devorado). Con la bota la tiento; está dura, rigor mortis y temperaturas bajo cero. Una bandada de cuervos grazna no lejos; supongo esperan que me aleje para seguir comiendo.
Llego al Rodal de Mormur. Aparco el coche al pie de la colina y recorro las lindes, subo hasta arriba siguiendo trochas entre las moles de piedra, entre encinas muertas. Al llegar arriba me paro a contemplar el llano, los campos peinados y afeitados, las líneas rectas de los caminos, los tozales y las ruinas de las casas que aún subsisten. El cielo es de un azul inverosímil, el frío es doloroso como una anestesia. No es el momento de sentarme, me helaría. El termómetro del coche marcaba dos grados. El silencio que me rodea está bajo cero, no hay duda. Paseo por el bosque, por mi bosque sin noticias, aburrido, mi bosque que compré para perderme en él, sin rentas ni beneficios, sin alegrías particulares, imposible de fríos, como hoy, perdido en nieblas a menudo e invivible bajo las calores del verano. Y sin embargo rico de silencios, de momentos, de lunas llenas, de bienestar modesto (como la boina: simplón, suficiente), diríase que horaciano.
Batiendo las manos y con candelas de moco descolgándose de la nariz, vuelvo al coche y vuelvo a Balaguer. El mercado de los sábados ronronea a medio gas: no todos los paradistas han venido, y hay menos gente que de costumbre; no se oyen los gritos de los gitanos que venden bragas y zapatos. El frío que llega del norte ha congelado la vida ciudadana, pero los patos abundan en el río, que baja caudaloso, luciendo su verdiazul limpio de prados en deshielo y añil sin nubes. Me refugio en can Pepito a tomar un café y leer el periódico. Me siento contra un radiador. Pasa el rato.
Domingo. Vuelvo a can Pepito a tomar café, recién despertado. Es el más noble de los bares de la plaça Mercadal. Ya mi abuelo venía aquí a desayunarse y a comer antes de la guerra. Se alojaba en la fonda España, vecina, y que ya no existe sino en el recuerdo de los viejos y en una foto antigua de cuando la guerra, una foto que inmortaliza un pequeño tanque ruso tomado por los nacionales durante la batalla del Merengue, en el 38. La mestressa preside una mesa con un par de parroquianos; hay varios diarios abiertos, y se comentan las noticias en voz alta. Me interpela la mestressa, me presenta incluso a los otros tertulianos y doy mi apellido como tarjeta de presentación, eso basta para ubicarme en el mundillo social del Balaguer rancio i de tota la vida; participo a ratos en la charla, mientras paso las páginas del diario de titular en titular. De fondo, la música es cutre, simpáticamente añeja. Cuando alguien pide un café, la mestressa se levanta y pasa detrás de la barra y lo sirve, lo trae y vuelve a sentarse y retoma la tertulia. Hablan de las casas baratas que se hicieron en la post-guerra; hablan del cine cerrado; hablan del mamotreto de los nuevos juzgados que están construyendo en la plaça del Pou. Hablan del partido del Barça y del frío. Hablan de coques y de brioches y de cruasanes, ponderan las calidades de los diferentes obradores pasteleros del pueblo, mencionan hornos de la comarca. Hablan del frío. Toman café y hojean los periódicos. ¿Nevará? No lo creen; hoy el cielo es de un gris compacto. Pasa el rato, y yo con ellos.
A las doce menos cuarto las campanas de Santa María empiezan a sonar. Durante un cuarto de hora suenan y resuenan sobre el pueblo. El cielo está gris. Me recojo y me hago otro vermú mientras caliento la comida. Las niñas haraganean, yo también. Me siento a escribir en el salón de los recuerdos. Al cabo de un rato me dicen que nieva. Me asomo a la ventana: en efecto, caen copos de nieve mansamente. “Collons, quin fred!

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Una respuesta a “Frozen time

  1. Susana mabel nuñez

    Como habitualmente me pasa. Hasta he olido tu relato.

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