The silence of Cassandra

No he olvidado. Hay cosas y casos que no se olvidan, personas y recuerdos que entran muy dentro y se quedan clavaditos entre la epidermis y el seso, como tropezones del pasado que circulan por las venas del recuerdo, que se atragantan sin venir a cuento, agrios regüeldos de amores mal digeridos. A veces es un deje en la voz de una telefonista que atiende una incidencia del teléfono, una inflexión de voz que no habías vuelto a oír, una locución que solo antes una vez habías oído, o una pose, o una tersura particular de la luz cuando atardece, o un gesto del brazo y la muñeca de una joven que espera en un semáforo.

No me olvido tampoco de cuando me llamaba la sangre primera y su furia, y me acuerdo de cuando a bailar salía bajo la lluvia en los calveros del encinar, o de cuando, bajo el azul resplandor de la luna llena, me desnudaba y entraba en el agua del mar y en su oscuridad me bañaba. También me bañé al alba una resaca de julio, mirando al sol de cara, viendo el color de su piel en las rocas (se llamaba rosa ese color suave, como el de su misterio –que descubrí pocos días después, fragante) y el brillo aún frío de la mica en los granitos de cuarzo rosado y tierno y salado. Las cosas, las vivencias, los acontecimientos, las emociones, por aquel entonces, parecían grandes: las vivencias eran detalladas, evisceradas en una interminable ciencia forense del sentir confuso de aquellos días de tribulación, que tan lejos quedan. Pero que no he olvidado.

La lujuria de unos ojos turbios de madrugada, el deseo caracoleando en su piel y enhiesto en la mía. Las fotos que nos enviábamos. Sus ojos azules, aguados. Los chats que cabalgábamos juntos en la distancia, a lomos del deseo. Sus ojos negros, brillantes. No he olvidado las promesas de humo. Sus pechitos duros de frambuesa coronados. Sus rizos rubios. Sus acogedoras caderas. Los besos al aire. El calor de aquellos escotes y sus ojos verdes y tristes, circunflejos, que se tornaban estrábicos en el culín de los vasos largos de los bares de carretera. Las fotos secretas que me mandaba, a escondidas de su marido. La languidez y suavidad de las miradas de tantas mujeres. Cuánto me quisieron; qué poco amé. No he olvidado las sorpresas, los disgustos, y se me mezclan las alegrías. Las descripciones tórridas que aquella otra me enviaba dándome cuenta de su último polvo conyugal, sin derecho a réplica; leía sus cartas arrobado, y enmendábamos después sus carencias con las mías. La clandestinidad, tan picante al principio, tan astringente al final. La soltura de aquella otra amiga con quien simplemente quedaba, me aliviaba yo, se solazaba ella, nos duchábamos y ya nos llamaremos. Era, a veces, todo tan fácil. Otras tan recóndito y complicado. Y ahora todo resulta tan difícil de recordar… y tan lejano todo.

Sí, cuando trato de recordar, se me confunden al final unas con otras: me rememoro en la cama con una y me estoy, al cabo de un momento, riendo entre las piernas de otra, sin elipsis, en un plano secuencia infernal que gira y engarza meses, veranos, amigas, edredones, sonrisas, pitillos, resacas, silencios y besos morosos sin concierto ni calendarios. Si me dejo llevar por el torbellino de la maraña de recuerdos confusos me embriaga el deseo y una cierta nostalgia; pero también me recuerdo triste y desolado.

No he olvidado; y no sé qué hacer con los recuerdos.

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Una respuesta a “The silence of Cassandra

  1. Coll..! amb la Casandra.

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