In search of a zest of zen

Sábado, 06:15. Un súbito acceso de fiebre ajena me saca de la cama. Busco un antipirético por los armarios, en los cajones. Nada. Me visto, salgo a la calle, busco una farmacia, la encuentro cerrada. Los termómetros rojos de las esquinas marcan menos 7 grados. El viento azota mis mejillas, camino encorvado, embutido en mi abrigo ártico. Voy al Davant Balaguer; en el Passeig de l’Estació debería estar la farmacia de guardia. Cruzo el puente y me maravillo de ver los patos activándose, moviéndose sobre la superficie del agua. La noche está helada. Y solo me cruzo con un par de camiones de los marchantes que llegan para instalar el mercado del sábado. Lluís, el carnicero de can Juny, vacía su camioneta y desaparece dentro de la carnicería. Frente a la farmacia cerrada recuerdo que en el neceser suelo llevar unos sobres de Frenadol. Creo recordar que lleva paracetamol; creo y espero que bastará para bajar el febrón ajeno. Doy media vuelta, vuelvo a cruzar el río, vuelvo a internarme en las calles dormidas, anestesiadas, oscuras de la madrugada.
Sábado, 11:15. Vuelvo a la calle. El cielo azul es un vidrio. La comarca ha venido a aprovisionarse. Se entreveran voces en los soportales. Los marchantes protegen con plásticos las cajas de fruta, si se les hiela el género que no venden, ya pueden tirarlo. Me encierro en Cal Pepito, pido un café, lo bebo a sorbos pegado al radiador. Leo a sorbos también el periódico. La crisis del euro alcanza un hervor sin retorno con la dimisión de algunos ministros griegos. La reforma laboral es un puñetazo. La primavera árabe se tiñe de rojo en Homs. A mi alrededor los hombres desayunan con cuchillo y tenedor y hablan en voz alta. Tengo un momento zen que no acaba de florecer; es imposible la paz en aquel espacio contreñido por el vocerío; he de decirme que luego, más tarde, me procuraré el ratito zen que ansío. Pido un segundo café. El jueves lo pasé en París, encerrado en una feria en el recinto ferial de Porte de Versailles. Hubo que madrugar para tomar el Vueling de las siete. Hubo que cruzar el frío encorbatado; fue un día largo de saludos, de repartir tarjetas, apretones de manos y recoger informaciones y catálogos. Un día sin comer bien, un vía-crucis de zapatos nuevos, un sin vivir de salir a escondidas a fumar en las escaleras de socorro a menos cinco grados Celsius encongiditos de frío viendo la Tour Eiffel en la lejanía. Un día de llegar tarde por la noche de vuelta a casa y no tener ganas de hacer nada sino dormir. Siguió un viernes perseguido por las muchas cosas pendientes y el poco tiempo que reventó a las tres del mediodía para ir pasar el fin-de en Balaguer. Ansío el momento zen, lo necesito; y más aún considerando el programa que me espera next week (a menos 15 grados) por Europa Central. A las doce menos cuarto y dos cafés en punto suenan las campanadas del Ángelus desde la torre de Santa María. Compro patatas, pimientos, cebollas. Hoy haré cordero al horno. Mientras la comida se va haciendo, vacío un vermú rectificado con gin y angostura; ¿es este el bebedizo zen? No lo sé, pero asienta bien la espalda de cordero en el estómago y me lleva sin tropiezos a la siesta.
Sábado, 18:50. Lleno la bañera. Enchufo un calefactor en el baño. Lío un pitillo y lo fumo despacio, mientras se llena de agua caliente mi futuro inmediato. No hay programa, no hay obligaciones, no hay tareas pendientes ni urgencias. Me regodeo en el placer venidero de la bañera. ¿Por qué te gusta tanto? Porque no dispongo de ella a menudo, respondo. Porque es un placer sensual y no sexual, no onanista, pienso. Porque luego estoy fino de piel, perfumado, lustroso y me siento bien. Por todo esto me gusta. Y me desnudo. Disfruto del piso helado y de la desnudez (gloriosa durante treinta segundos valientes) hasta que me introduzco en el agua y me sumerjo en ella. Jabón espumoso. Una esponja de esparto para frotarme por toda la piel. Tiempo. Compañía. Frótame. Nunca había bañado a un adulto, me dice. Frótame duro; si me he de quejar, lo haré. Le entrego un brazo, luego el otro. Le presto una pierna, después la otra. El torso. La cabeza. La espalda. Me dejo hacer el peeling. No hablamos. Zumba el calefactor. Suben nubes de vapor. Floto en el agua. Creo que ni pensamos. Es el momento zen, sí, al final de la tarde, antes de que remonte la fiebre, antes de sentarme aquí a contarlo. Sí. En silencio, mientras la radio vacía su música ligera en la cocina y yo un whiskito para llegar (flotando aún) a este punto seguido de aquí, a este miedoslibres de hoy en Balaguer. desde la BlackBerry, maravillado por la tecnica.

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2 Respuestas a “In search of a zest of zen

  1. De tanto en tanto, me adentro en tu blog y te imagino en esas ferias, ferias en diferentes países (que algún día me gustaría visitar) y culturas, ferias con diferentes gentes, ferias que son trabajo, pero ¡bendito tener trabajo en estos tiempos que corren!
    Me imagino tu momento zen… con ese vaso y recostado en la bañera… mi momento zen sobre las 9 de la noche, con el cuarto de baño bien caliente, pues el resto de la casa parece un tempano y yo un luchador de sumo con tantas capas de ropa. No puedo llenar la bañera, mi calentador no da para tanta agua caliente, pero mientras cae el agua sobre mi cuerpo, pienso en el maravilloso placer de una buena ducha caliente, que te deja limpia, suave y sobretodo relaja los músculos tensos de mis cervicales.
    Cúrate y sobretodo se feliz, o al menos inténtalo, que ya es mucho en estos tiempos.
    Un saludo desde Cervera.

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