Si hay que ir a Teherán, se va…

Si hay que ir, se va. Aunque nieve.

Nieva. Desde media tarde, nieva en los barrios altos de Teherán. Teherán es una ciudad extensa, con calles kilométricas como ríos de tráfico, pegada a las laderas del Alborz, cuyos picos hemos visto, por la mañana, cubiertos de nieve que, en verano, serán sorprendentes neveros resplandecientes a lo lejos, en lo alto. Hace frío, y recorro Shiraz Street haciendo tiempo antes de una reunión.

La ciudad es ruidosa, su parque móvil combina coches asiáticos de alta gama o últimos modelos con carricoches de líneas setenteras y escapes libres. Una miríada de motos zumban en todas direcciones (prohibidas incluidas). El tráfico es agresivo, desordenado, y los peatones, cruzando las calzadas por doquier, son héroes sanfermineros esquivando camionetas y utilitarios. La policía de tráfico, con tabardos que fueron blancos cuando se estrenaron, luce gorras de plato dignas de un mariscal ugandés. La ciudad, el país, el mundo persa, sigue su ritmo. Se ven mujeres cubiertas por velos negros y jóvenes chicas maravillando al mundo con la soltura con que tapan y destapan a la vez su melena. Ellos tienen la piel cetrina del mediterráneo y el cuerpo esbelto de los indios. Ellas son andaluzas de tomo y lomo (negro pelo, verdes ojos) con rasgos árabes y caminar felino. Desde las fachadas desconchadas, miran el trajín de las calles los retratos de los mártires, ya descoloridos desde que acabara la guerra contra Iraq, allá en el 88. Mulás enturbantados con los colores de la bandera nacional (verde, blanco, roja, Italia supina) solicitan el voto a los viandantes. Ni caso. De la revolución verde de hace un año, igual: si te he visto no me acuerdo. En algunas plazas hay mártires más recientes: los profesores de física nuclear recientemente asesinados. Pero hay tenderetes de pan en las aceras, carritos que venden pistachos y remolachas hervidas y tabacos y hatillos de menta y otras hierbas que no reconozco. Mozos fornidos descargan cajas de producto chino y tailandés; hay ejecutivos que hablan mientras caminan hablando por los teléfonos móviles toreando al tráfico sin dejar de concertar negocios; hay mamás que dejan a sus hijas a las puertas de una academia de inglés; hay niños que juegan a futbol en el patio de un colegio; un peón descarga ladrillos frente a una casa en construcción; un gato salta hasta el borde de un contendor, husmea y hace equilibrios y luego se introduce en él para comer algún resto. Los cuervos croan; son de un gris sucio, de un blanco manchado, como de nieve pisoteada, no son negros lustrosos como los cuervos de la península ibérica. Recorro el bazar de los griferos esquivando a los operarios que revientan el solado para arreglar las aceras, prestando atención a los cruces, mirando los mostradores de las tiendas. La gente me mira; si ellas van cubiertas todas, ellos es raro que se cubran, y me miran que paseo mi boina y su rabito arriba y abajo por la calle Shiraz bajo la nieve que revolotea.

Las sanciones internacionales empiezan a acogotar la economía. El populismo insensato del gobierno, me dicen, no ayuda. Los bancos iraníes están vetados en occidente. El dinero iraní no vale fuera de Irán. Exportar a Irán es complicado: los pagos se confirman mediante operaciones triangulares con bancos rusos, o turcos o chinos. Los aranceles aduaneros están desquiciados para la mayoría de productos. El cambio de moneda se paga a 16.000 riales por euro en los bancos y a 24.000 riales en las casas de cambio privadas (en negro). 100 euros suponen, pues, dos millones cuatrocientos mil riales, o lo que es lo mismo: un fajo de billetes descomunal en el bolsillo, y en cada uno de los billetes figura el turbante estreñido del ayatolá Khomeiny. El aire fresco de la revolución verde se agostó a porrazos; la represión les ha quitado las ganas a los jóvenes de salir a protestar contra la angostura mental del régimen (Facebook está cerrado, acceder a Gmail es imposible, leer prensa extranjera un sueño que no se hace aquí nunca realidad, las transferencias no llegan). Los mayores repiten que siempre ha sido así: se acuerdan de los años malos, de cuando la invasión de Iraq y de la cruenta guerra de ocho años que siguió. We are used to it, dicen. No pueden comprar fuera, no quieren arriesgarse a perder la mercancía en los puertos, como ya pasó en el año 80. Wait and see.

En mayo, “cuando canta la calandria y responde el ruiseñor”, estallará la guerra que, hasta ahora, es soterrada (covert war), entre Israel e Irán (bajo la atenta mirada de los Carrier Battle Group de la US Navy, currently heading towards the Persian Gulf). Lo dicen fuentes bien informadas; lo auguro después de cuatro semanas estudiando el tema en profundidad.

Poco venderé. Haré networking. Y podré decir que la nieve de Teherán es más amable que la de Bucarest. Pero ir pa’ ná…

 

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Una respuesta a “Si hay que ir a Teherán, se va…

  1. M’ha agradat molt. Carles

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