Telsh enfi Amman, nieve en Amman

Acababa de abrir la bolsa con las muestras que traía, y las había repartido encima de la mesa para que, al volver,  las vieran. Se preocupó de ordenarlas un poco. Los cachitos de latón esperaban como soldaditos sobre el tablero del despacho; las piezas se ordenaban por medidas: ¾”, ½”, 1”, 1 ¼”, 1 ½”, 2”, 3”. Soldaditos dorados y cromados en posición de firmes sobre el despacho del cliente. Cuando tuvo dispuestas las muestras, el viajero lió un pitiillo. Se levantó con él en la mano y se dirigió a la tienda. El despacho donde estaba era parte de la trastienda, y había otros despachos. En uno de ellos estaba el cliente y su primo orando a Alá. Cuando un cliente pide un minuto, en medio de una charla, en mitad de una negociación, cuando le piden un momento al viajero para retirarse a rezar, siempre hay un momento de desconcierto que se resuelve en un of course. Luego sigue un rato de soledad, durante la cual el viajero se da cuenta de la diferencia entre él y su interlocutor. El viajero, además, nunca atina a calcular cuánto tiempo llevará el rezo. Decide salir a la calle a fumarse el pitillo.

El resplandor del cielo a media tarde, al llegar a este showroom, lo iluminaba todo con una tonalidad cobriza y desleída que no presagiaba nada bueno. Ahora ya el viento lo despeina todo, y pasan plásticos volando y papeles arrugados se agitan convulsamente. La lluvia empieza a caer, y enseguida se torna nieve, una nieve desgañitada, desordenada, que empieza a cuajar sobre las aceras, en los parabrisas de los coches aparcados, en los gabanes de los peatones que se apresuran. Nieva. Telsh enfi Amman, me dice el encargado de la tienda, que junto a mí mira la calle, el atasco y la luz tan especial que precede a la tormenta. Telsh enfi Amman, snow in Amman. Y el viajero repite las palabras en árabe.

Empezó a llover esa tarde y no paró de nevar en tres días. Frío y lluvia y nieve y hielo en las aceras, y nieve en todas partes. Corremos de una tienda a otra, saltamos sobre los riachuelos, procuramos evitar los resbalones sobre las aceras sucias y cubiertas de granizado.

Poco puede hacerse. Me retiro al hotel. Me sumerjo en la espumosa caricia del agua caliente en la bañera. Me seco, me perfumo, me siento a terminar la Guerra de Yugurta y lamento no tener a mano Las catilinarias para seguir extraviado no solamente en el espacio sino también en el tiempo. Momento denso, mirando por la ventana, sentado en el alféizar del sexto piso del Kempinsky Amman.

Miro desde la ventana del hotel cómo nieva. Es mi momento Johanson en Lost in translation.

Dos películas hay que bien definen esta manera de fugarse del mundo que consiste en recorrerlo mercenariamente. Una es Lost in translation. La otra es Up in the air. Entre ambas anda el viajero extraviado.

Por la noche el viajero, para cenar, se concierta con otro viajero impenitente, un tipo recio con quien coincidió en Almatý hace años, y a quien le une una inespecífica afinidad, una amistad vaporosa hecha de pequeños detalles y sintonías –y el espeso recuerdo de cierta juerga cuyos detalles sólo sabe una marbellera que está callada no se sabe bien dónde. Seremos, pues, tres en el restaurante italiano: quien suscribe, con boina, el viajero con txapela y un técnico algo mayor que nosotros y bien viajado también que acompaña al amigo de la txapela.

Nos damos cita en el restaurante. Charlamos de todo, arreglamos el mundo y lo desmontamos como niños explorando un coche de juguete. Vaciamos una botella de vino blanco libanés, disfrutamos de pescado a la plancha y ensalada. Cuando acabamos es tarde, cerca de medianoche; salimos a la calle echamos a andar en busca de una calle principal donde podamos subirnos a un taxi. Recorremos la calle a oscuras. Somos tres hombres envueltos en la niebla, bajo la nieve, caminando poco a poco sobre la calzada de una calle desierta hacia el resplandor anaranjado de la avenida. Hablamos de Malula, un pueblo sirio donde aún se habla el arameo. Les escucho. Hablamos de Siria, del Líbano, del Kurdistán. Podríamos estar hablando de edomitas, salafistas, suníes, caldeos, hititas, otomanos, tribus del Nejd, los elefantes de Amílcar, unas bragas olvidadas, del concepto “fast-food” en Teherán, de fueros y agravios peninsulares, de la corniche de Casablanca, del último gol de Messi… Esperamos un taxi que no llega, amortajados de frío y de luz amarillenta de las farolas. Decidimos volver al restaurante, para que desde ahí nos pidan un taxi.

Me veo y les veo. Como durante una de esas experiencias extra-corporales que dicen que ocurren a veces bajo ciertas circunstancias, me veo caminar junto a los dos viajeros: somos tres hombres caminando por la calle lentamente, hablando de una cosa u otra, como insensibles al tiempo exabrupto que revolotea en rededor, mordiendo con su frío orejas y mejillas. La sensación es como de final de película en blanco y negro.

No hay taxis. La tempestad de nieve (gran titular mañana en el Jordan Times: Blizzard in Amman) ha paralizado todos los servicios. Un camarero, que recién termina el turno, se encarga de llevarnos al hotel.

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2 Respuestas a “Telsh enfi Amman, nieve en Amman

  1. David con Txapela

    Gran Lluch, cómo se travailla “ustet” los viaggios lunáticopolares, aii si no fuera por la boina 😉

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