Sísifo sobre la moqueta

El paisaje es mesetario, el cielo anticiclónico, una camioneta blanca circula por un camino rural levantando  polvareda. De ella se apea un operario con chaleco naranja de seguridad, con casco de obra y un pico y una pala en las manos. Empieza a horadar un agujero en lo alto de un talud junto al camino: trabajo de pico, un par de paladas, luego otra vez el pico. Entonces revienta una fuente de agua, un chorro blanco que se eleva por encima del horizonte. Y luego unas letras naranjas ocupan la pantalla y a continuación se explica la eficacia del sistema de detección de fugas que, durante todo el día, una y otra vez, el gran monitor muestra a los feriantes, con soniquete de bajo y guitarras que se repiten a lo largo del día, sin estridencias, machaconamente, a lo largo del día, del día largo de diez a diecinueve horas, en la feria, sobre las moquetas azules del pabellón ferial. Una y otra vez el operario bajará de la camioneta, picará, paleará, reventará, arreglará la tubería, con su chaleco naranja y su casco amarillo, en mitad del secano del paisaje, arrastrando su anonimato de Sísifo mileurista en el loop fatal de la película que, una y otrta vez de diez a diecinueve horas, en el stand frente al nuestro, vemos discurrir sin remedio.

Las ferias son lugares de encuentro. Y el viajero se reencuentra con conocidos del gremio, saluda y reparte tarjetas con sonrisas y apretones de manos, invita a cava, se une a corrillos de agentes y de clientes. El viajero se cruza sobre la moqueta con una cara conocida: diez años antes compartíamos sepelio en una oficina claustrofóbica de una empresa que iba bien atornillando prieto a los que ahí coincidimos. ¿Qué haces? Monté mi propia empresa, he venido a ver clientes; ¿y tú? Dirijo las exportaciones, ya sabes cómo está el mercado nacional. No me hables, no me hables. Y por lo demás, ¿qué tal? Por lo demás, bien, bregando aquí y allá. Mira, que de válvulas no se vive, me lancé a comercializar perfumes arábigos. ¡No jodas! Ya ves… Los oficinistas de hace diez años han ido progresando. Y nos despedimos sobre la alfombra azul, y él se va a sus reuniones, el viajero se recluye un momento en la trastienda del stand, guarda la tarjeta, sonríe, quién te ha visto y quién te ve, puñetero, y se asoma de nuevo a la feria.

Se come mal en las ferias. Uno picotea embutido, echa un trago de cava, patatitas, cacahuetes. De un fabricante italiano que expone dos pasillos más allá, un agente trae un platillo de queso seco italiano; lo degustamos con pan y aceite y vino del Montsant en vasos de plástico. Cuando acabamos recogemos la mesa y volvemos a enzarzarnos en discusiones sobre el mercado y los catálogos, ¿cómo está este o aquel?, tú debes conocer a fulanito, que representa a X por ahí, ¿no?, y atendemos a jefes de compras que se han pasado a ver novedades, a recoger catálogos y folletos, o simplemente a hacer un cafelito, hace veinte años que trabajamos con vosotros, grandes abrazos, presentan al viajero, algunas caras le suenan… Feria de encuentros, ya te digo, sobre el mar azul eléctrico de la moqueta.

Que el mercado nacional está mal se puede deducir de los amplísimos pasillos de la feria. Menos feriantes, menos visitas. Por la mañana el trajín es incesante; por la tarde, siesta ibérica y paciencia hasta las diecinueve horas, mientras el sísifo de pico y pala una y otra vez revienta la cañería en la película que se repite en el stand de enfrente. Y después de tanto picar, que lleva el tipo reventando el tubo desde las diez de la mañana, ¿no podría ya dejarlo, capullo? ¡Que nos va a salpicar al final!

Se come mal en las ferias. Mas se resarce uno por la noche. Cena de agentes en el Churrasco. Cháchara informal, descorbatada, amena, regada con buen tinto de Somontano. Cabrito frito al ajillo. Más tinto. Más risas y anécdotas. Al despedirse se monta una cuadrilla para ir a tomar un último (y único) gintónic. Pero no me lo creo: no será solamente uno, sospecho, y me zafo de la última copa y sus derivas (o naufragios). Mañana me esperan más horas navegando la moqueta azul. Volviendo hacia el hotel considero (y ahora mientras escribo, desde mi atalaya sitgetana, lo vuelvo a considerar desde la misma altura un poco artificial) considero cuánto me parezco a ellos, cuánta parte de mí es ellos, soy ellos, somos. La tribu de los feriantes, a la cual miro y de la cual formo parte. Me desasosiega un tanto el descubrirme parte del show. En la cama inmensa del hotel abro el libro, leo dos páginas y me duermo enseguida. Y vuelvo a la feria.

Otra vez en el no-(wo)man’s land de la feria, al día siguiente. Corbatas, zapatos charolados, carpetas y catálogos. Aparece el agente de las Baleares luciendo un moreno casi insultante, luciendo camisa blanca abierta y sonrisa. Voy a ver a un cliente. Vuelvo, explico una parte del catálogo a  un posible cliente marroquí. Salgo a fumar. Me sobrevuela una patrulla de F-18 del Ala 15 que vuelven a casa. Faltaban ellos.

Hace  24 años pasé un año en esta ciudad vestidito de azul. Salgo a fumar y reconozco el insidioso cierzo del Moncayo. Pienso en las horas perdidas en la Base Aérea, qué largo se me hizo aquel año. Entonces rugen los cuatro motores General Electric maniobrando en su aproximación a la pista de aterrizaje, con los flaps extendidos, dos F-18 Hornet. Alzo la vista, los reconozco, tienen algo de pato, con el cuerpo grueso, el pico alargado, como un pato estirando el cuello en vuelo. Pasan lentamente, en formación, virando para encarar la pista, volando bajo sobre los pabellones feriales. Durante un año estuve cuidando de ellos. Reconozco su rugido. Mi madalena proustiana de hoy es este ronco zumbar de los motores que vuelan.

Vuelvo dentro.

Sísifo sigue dándole a la pala y al pico. ¿No sabe que reventará la tubería?

Vuelvo dentro. A uno que entra conmigo le digo: Hola, te conocí hace 8 años rondando por Al-Khobar y Dammam. Me mira. No me reconoce. Le explico, él me da su nombre. Está igual de gordo que cuando le conocí. Nos despedimos con un Hasta pronto. Llego a mi stand.

Reparto tarjetas, apunto datos de visitas. ¿Acaso no lo sé tampoco yo, Sísifo de corbata, que todo reventará en el loop inacabable de los días? Saco un par de copitas de cava. Me bebo una con mi director comercial.

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