De la vida miserable

Me veo en el espejo.

Zapatos ingleses, calcetines negros, traje gris oscuro, camisa de azuletes y corbata de seda combinando rojos y azules. En los bolsillos de la americana abulta el cuadernillo de notas, el teléfono y el estuche de gafas de sol, porque luce el sol, hoy, en Alsacia.

Podría ponerlo de otra forma: zapatos Clarks, calcetines PuntoBlanco, traje de Cacharel, Moleskine, Blackberry Torch y Rayban New Wayfarer. La camisa es Massimo Dutti, he visto la etiqueta mientras me vestía. La maleta es Samsonite (cabin luggage).

Después de una opípara cena en La Chaine d’Or, una brasserie que atiende a los hambrientos desde el siglo XVI, sita en la Grand’Rue que lleva al centro, he dormido bien en mi hotelito frente a la estación. En cuestión de horas tomo el TGV hacia París para, inmediatamente, ir a recorrer otras provincias y reunirme con clientes. Tengo tiempo para redactar estas líneas y algunas más, despachar asuntos pendientes y dejarlo todo en orden. Solo he de cruzar la plaza, entrar en la estación y subirme al tren.

Ayer recorrí estos andurriales preciosos de Alsacia de reunión en reunión. Comí mal, de pie, en el parking de un supermercado E. Leclerc;  me resarcí cenando la especialidad local después de haber bebido dos cervezas primaverales en una terraza. Tuve tiempo de acercarme a la catedral. Tuve tiempo de sentarme en uno de sus bancos para mi momento zen.

La reunión estaba ya encarando su tramo final. Como se dice en francés, nous avions fait le tour. Entonces entró en el despacho un viejo encorbado y cojo, de mirada estrábica, que no fue presentado, pero a quien fui presentado. Hablaba de manera endiabladamente cerrada, y a su hijo, con quien yo estaba reunido, le hablaba en alemán (perdón: alsaciano). Acht, so. Hablaba el francés del este, francés bovino, suizo, alargado.

Conocía el producto. Sabía bien por qué nos compra; y por qué no nos compra más. El hijo manejaba el ordenador, el viejo las cajas. Me arrastró hasta el almacén, me enseñó cómo colocaban las cajas, cómo le gustaría que fuesen las etiquetas. Pequeños detalles, importantes detalles. El etiquetado es ilegible cuando la caja se sube a un tercer piso de una estantería. Tomo nota. Apunto en mi libretita. Espío las otras cajas, de la competencia, que pueden avistarse desde donde estoy. Me gusta entrar en las trastiendas. Luego, cojeando de una cadera, el señor me lleva hasta la puerta, se despide de mí. Et n’oubliez pas le Seigneur, car sans lui il n’y a rien, car tout nous vient de lui me dice mientras me tiende la mano. Ja whol, mein Herr, contesto con una sonrisa; y añado: Gott mit uns. Y él replica: Oui, c’est ça; Gott mit uns.

Nos damos la mano. Su hijo se asoma a una ventana, me saluda con la mano también. Me subo al coche. Voy a la capital, y Dios conmigo. Y decido que he de llegar a tiempo de visitar la catedral, de sentarme en ella. A tiempo de dar gracias.

Me quito el disfraz, me pongo los tejanos, cojo lo imprescindible y salgo a la calle, voy al centro, me guía la flecha gótica flamboyante de la catedral.

La recorro rápido. Me acerco a una capilla reservada para la oración, mas no me atrevo a entrar en ella y sumarme a unas pocas personas ensimismadas. Recorro la nave central y busco un sitio, cualquier sitio. Me siento. No sé rezar. Simplemente me siento a agradecer tantas cosas buenas. Miro a los turistas que pasan a mi alrededor.

Me acuerdo del viejito estrábico, de su verbo apasionado. Gott mit uns era el lema que figuraba en las hebillas de la Whermacht de los años treinta y cuarenta. Me acuerdo de la bandera tricolor que llegó desde lejos para ser colgada en la cima de esta catedral, por aquellos años también. Pero no me entretengo en historias de guerra, eso es pasado (otro día, si acaso me apetece, las contaré).

Soplo, expulso aire, con el aire expulso los malos pensamientos y vuelvo a mí. A mi necesidad de dar gracias. Las doy.

Me acuerdo de la vida miserable: la que llevé, la vida miserable con la que conviví, la vida miserable que tuve que escuchar de amigas mientras, desnudas a mi lado, solazaban sus penas y confesaban sus miserias. Soplo aire, expulso los malos pensamientos. Doy las gracias al mundo.

Luego busco y encuentro una terraza. Me sumerjo en la lectura, pido una cerveza, luego otra, esperando que sea la hora de cenar. Ceno pronto, ceno bien.

Me meto en la cama. Me duermo.

Y despierto. Y escribo esto, y me vuelvo a disfrazar de businessman, y me voy de nuevo a recorrer el mundo. Es la hora.

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2 Respuestas a “De la vida miserable

  1. stoy borraxa y tus textos me <burren. chifra cho
    w

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