Evanescencia lenta y final, sin acritud

Refugio abandonado. Paredes decrépitas, roídas por la intemperie, por la desidia y el abandono. La cáscara de yeso ha caído, resquebrajada, y deja desnuda y al aire la argamasa, el barro, la piedra, el ladrillo. Silba el viento –porque trae siempre el viento recuerdos y aromas añejos. El mar, ancho, se extiende más allá del arenal.

No viene nadie a este antiguo cuartel. Han desertado incluso los fantasmas de las viseras. Queda la mampostería. No queda nada. Cuartel de invierno. Rendición al tiempo.

Recorro el mundo de nuevo. Celebro ventas a un lado u otro del Mediterráneo. Pierdo de nuevo tiempo en los aeropuertos. Recorro alfombras cinco estrellas. Sorbo una Tango en Argel. Miro el mar. Miro el Danubio en Budapest, lo vi helado en febrero. Lo he vuelto a ver a finales del verano. No paro.

No dispongo de tiempo para este tendal de miedos muertos. Será porque no tengo ya miedos (¡mentira!).

Sirvióme este mostrador para atraer miradas. Para cantar estando solo y creer, gracias a los bitios, que estaba menos solo.

Me acompaña el amor ahora. Me enredo, ciertamente, aún en mis miedos (y aun me complazco en ellos); mas tengo con quien desenredarlos.

Mis niñas crecen y son deliciosas. Trabajo. No me acaba de gustar lo que hago, mas le encuentro el gusto (y no he perdido el gusto por despertar en un país que no conozco bien). La política y la ilusión que arrasa mi país, la ilusión de convertir una provincia en un país, en un Estado, me entretiene y consume muchas de mis energías. Y La que se avecina también (sí: voy a decirlo: me parece que mi intelectualidad era una pose; habiendo descubierto que de nada me sirvió el saber, ¿pa qué te metes?) y me apoltrono feliz en un sofá delante de la tele, cuido de quien me cuida. Amo. Vacío cervezas, engordo felizmente (dejé de fumar). Pasan los días, y yo con ellos.

Algo me dice que siempre me acompañará un hervor: el bullir de las letras en cada pálpito. No sé. Quizás me acostumbre. Como me he acostumbrado a no masturbarme, a no fumar, a no seducir como el franco-follador que era…

Quizás un día. Quizás.

Pero francamente: es poco probable. Estoy cansado. Y quiero descansar, quiero apoyar mi cara en un vientre que me acoge, quiero deleitarme en la  caricia del reverso de su mano que recorre la espalda, quiero encenderme a fuego lento en la sonrisa de sus ojos cuando me abre la puerta al volver a casa…

La felicidad, Eva, era esto. No la manzana que me dabas. La probé, me gustó. Pero me harté de ella.

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