Apuntes para el esbozo de un paisaje desolado

La pareja despierta; los amantes se respiran el uno al otro, frotan su piel, se acarician con gestos vagos. Como una mortaja leve y transparente, les abraza el relente de la noche, la oscuridad respirada del dormitorio, ahora tamizada por la luz del nuevo día que se filtra por las rendijas de la persiana. La calle está silenciosa. No es preciso abrir los ojos, basta con estirar la mano y sentir la presencia carnal que, tendida al lado también, también explora a tientas el despertar: una espalda, un cuello, el muslo, la melena, la nuca, esa peca en el costillar, el sexo tibio.

Así se abre el día: se esponja, se inflama, se crece, se frota, se enciende.

Se apacigua luego.

Así se abre, pues, el día y su relato: con dos amantes haciendo el amor sabatino y matutino, lento y manso, gandul al principio; ciego luego.

En mitad de un paisaje desolado, en el horror gris y transparente y cotidiano de la crisis, en un supermercado, en un cuchitril, en un coche aparcado en un callejón solitario, en cualquier arrabal de la crisis de estos días que, inevitablemente, constituye nuestro paisaje (hoy y ayer y durante muchos mañanas) una pareja se frota y se regala el uno al otro. Se dan calor, cariño. Piel. Saliva. Jugo. Vigor. Acaso amor.

Así comienza el día, sí: con un refregarse a ciegas, piel contra piel, sintiendo los límites de la piel, y traspasándolos.

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