Dietario de noviembre roto – 1

[El passat 2 de novembre vaig trencar-me el colze. Aqui ho explico, poc a poc, en aquest dietari trencat.]

Día uno —primera parte.

Es viernes festivo. El día amanece limpio,  el cielo  es azul  —tibio a primera hora, y  a media mañana claramente esplendoroso, decididamente rutilante. Salgamos a dar una vuelta, un paseíto por los pinares y la campiña. Dos de noviembre. En estas fechas, las viñas del Garraf, en el arrière-pays de Sitges, lucen sus mejores y más herrumbrosos colores. Podemos acercarnos hasta Sant Pere de Ribes: es un recorrido ameno y fácil, de apenas cinco kilómetros. ¿No será mucho para la niña? La niña tiene cuatro años y curiosidad pizpireta. Si es necesario, volveremos en el autobús que hace la línea de Sant  Pere a Sitges. Vamos. Y sin otras consideraciones nos aprestamos para salir a la calle. Sobre las diez, diez y cuarto sería.

Y cruzamos la pineda que rodea la casa. Es un bosque desordenado por la incuria que a menudo caracteriza los territorios fronterizos: el término municipal de Sitges acaba en el asfalto de la calle, y al vadear el bordillo y entrar en el bosque entramos en el pueblo de al lado, Sant Pere, a cuyo núcleo urbano (cuatro calles de casas encaladas) pretendemos llegar. Nos sentaremos en la plaza Marcer, detrás de la desproporcionada iglesia y sus dos minaretes insultantes, y tomaremos algo, compraremos pan y el periódico y volveremos a casa para comer. Mañana, sábado 3 de noviembre, de madrugada, tomo un vuelo a Dubái. Hoy es un día que debe ser anodino, tranquilito. En capilla estoy.

Seguidme. Y abro el camino, y me siguen ellas: Mò y la niña. El pinar crece salvaje, con un soto espeso y despeinado a través del cual busco la senda que se bifurca y extravía continuamente. Pequeños calveros cubiertos de gramíneas se alternan con espesuras de matorrales y algún que otro pino que tumbó el último vendaval y que ahora, yerto, expone sus raíces. Un margalló crece sobre la roca pelada de un repecho. Aparto la fronda para que pasen ellas, y la pequeña se inquieta, no ve dónde vamos, y Mò le dice que me siga, y yo me preocupo de buscar la trocha conejera en el herbazal, bajando lentamente y trazando eses por la ladera hasta llegar cerca de la carretera; cruzamos el rodal sin contratiempos; saltamos por encima de dos alambres de púas que cercan una propiedad abandonada y seguimos hasta llegar a una viña.

Tanteamos el terreno. Llovió hace poco, y la tierra está blanda. Pero podemos evitar tener que ir por la carretera si seguimos el margen herboso que delimita el campo. Sobre la tierra marrón, limpiamente marrón, sobresalen las piedras blancas y aguzadas, calcáreas, de estos pagos. Al poner el pie sobre ellas, se hunden un poco en la blandura hambrienta de la tierra rojiza. Las viñas, de bellos herrumbrosos colores otoñales cuando se miran desde cierta distancia, muestran otra paleta al recorrerlas de cerca, y extienden sus nudos negros, sus retorcidos sarmientos azulados, sus hojas desquiciadas por la sed y el frío y algunos racimos tardanos en las ramas más cimeras, exangües. La viña despliega sus ristras secas como un abanico, a medida que recorremos el campo siguiendo su linde.

La felicidad era esto. Hacer el amor mientras amanece, en el especioso silencio de la piel que a cada caricia se descubre otra vez, una vez más, sin cansarse de explorarse, sin cansarse de descubrirse de nuevo, matutinamente hoy, vespertinamente ayer, hambrientamente, vorazmente, generosamente. La felicidad era esto: el café borboteando mientras se aclara el horizonte sobre el mar; la mujer que uno ama duerme, colmada y pegajosa; la sobrinita descansa, aún duerme; la raya del mar, a lo lejos, es un imposible que nos empeñamos en alcanzar —un día u otro, pero no hoy. Basta, hoy, la felicidad doméstica del deseo saciado, la casera felicidad de un buen café, la modestia de cuatro duros en el bolsillo y un día por delante, un día de sol, un día de campo antes de ir, mañana, a bregar la feria nuestra de cada día, allá lejos, allá en Dubái, allende el horizonte, en otro mar.

Ya hemos cruzado la viña y saltamos al camino. Para saltar buscamos un derrubio en el paredón de piedras secas que lo ciñe, y precauciosamente, de piedra en piedra, llegamos a la llana seguridad del camino. Miro en derredor: un par de casas de payés, viñedos, pinares rematando las cimas romas de las (modestas) alturas. Unos cipreses marcando no sé sabe qué memorias —son árboles memoriosos los cipreses, nadie lo ignora. El verde amable de un algarrobo que crece junto al murete de un pozo nos da sombra. El sol, el día claro e inmenso, el frescor de la naturaleza recién llovida, virgiliana, cuidada; el punto de ingenuidad auténtica con que la niña lo mira todo; la complicidad andarina de los dos adultos… Si, la felicidad era esto. Pero en aquel momento simplemente la recorría, sin apercibirme de ello.

Cien metros más adelante abandonamos el camino de nuevo, y de nuevo recorremos el margen de otra viña, esta vez siguiendo, para no enfangarnos, el cauce pedregoso de una escorrentía que discurre entre el bosque y el viñedo. La niña, al paso, coge flores, blancas flores primaverales que la clemencia del tiempo y las últimas lluvias han hecho florecer. Bruixes las llaman en Balaguer: son blancas, de pequeños pétalos blancos y un característico olor que, a mí, me hace pensar, no sé por qué, en la goma sintética. Yo arranco una mata de tomillo y  la guardo en un bolsillo después de arrancar una brizna con flores en su extremo, que me llevo a la boca. El tomillo revienta en la lengua con el fulgor de su ácido olor, su delicado olor (o sabor) de violeta pálido, casi blanco o malva lechoso, pétillant en la lengua.

Nos acercamos a la riera de Jafra. Hemos de cruzarla para llegar a Sant Pere. Las lluvias han dejado fondos lodosos y charcos en algún punto, y sigo el ribazo buscando el mejor punto para bajar al cauce y cruzarla. Será fácil.

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