Dietario de noviembre roto – 2

Día uno —segunda parte.

La riera de Jafra es un cauce seco la mayor parte del año; tras las lluvias de otoño, conduce el agua de lluvia hasta el mar, y desemboca su poco buche en la playa pedregosa que se extiende al sur de Sitges, entre el campo de golf y el solar de la Atlántida. Pocas veces va llena de agua. Es una de las varias rieras que, bajando desde las estribaciones más meridionales del macizo del Garraf, se arrastran hendiendo el paisaje hasta el mar.

Jafra o Jafre. Sé que en las soledades del Garraf, en el corazón del parque natural del mismo nombre, existe una masía o antiguo núcleo habitado que lleva este nombre, creo que con “e”. E átona, sin duda, y así se explica la confusión entre Jafre y Jafra. Monta tanto, tanto monta. El caso es que varias veces he recorrido el Garraf y sus agrestes roqueríos, he visitado sus cimas que se asoman al mar, pateado sus caminos interminables que, longitudinalmente, de norte a sur y al revés, cruzan el parque natural: un bello páramo entre el cielo y el mar, de blancas rocas calcáreas, de carrascas enjutas, pinedas escasas, arbustos menesterosos, pocos sembrados, pocas haciendas. Territorio desolado, virgen, abandonado, desierto. Despoblado donde silba el viento y donde las lagartijas se escurren al paso del caminante, y donde las cuatro paredes de can Jafre, tras un recodo del camino, suponen un alivio mental al cansancio de las botas, aunque sean paredes abandonadas desde hace decenios las diferentes construcciones (la masía, la capilla o iglesuela, los establos, el almacén o pajar, la era en cuyo borde crece una higuera, a cuya sombra se acoge el caminante durante unos minutos antes de seguir la marcha). En torno a la casa puede uno apreciar los antiguos campos de cultivo, y también caminos que el paso del tiempo desdibuja, y en las laderas cercanas aún perduran las terrazas estrechas, y algún que otro almendro u olivo en ellas.

De aquella heredad de Jafre, supongo, baja la riera hasta el llano de Sant Pere, y de ahí el nombre.

La seguimos. Buscamos un paso para descolgarnos desde el viñedo al lecho de la riera y poder cruzarla. Hay unos tres metros de altura escarpada, a ratos son cuatro metros de zarzas imposibles; he de buscar un sitio adecuado para vadear. Recorremos un centenar de metros y creo encontrar el paso que buscaba: el ribazo, aquí despejado, tiene un par de metros de altura, pero la escarpadura se ha suavizado, será fácil bajar de lado con pasos cuidadosos. Hay un árbol grande que marca el sitio —no sé si un almez, o acaso un algarrobo, quizás una higuera (hoy, mientras escribo esto, 17 días después, no recuerdo sino su sombra; cuando tenga ocasión de volver al lugar de los hechos, reconoceré la sombra, y sabré ponerle nombre al árbol). El cauce de la riera, en este lugar, está seco, y será fácil remontar por el otro lado hasta el camino que discurre paralelo y que pienso seguir hasta el pueblo. —Va, digo, por aquí cruzamos.

Estamos a medio camino entre mi atalaya de Sitges y el destino que nos habíamos propuesto.

Doy un paso y luego otro —pasos cuidadosos, miedosos y de lado, a fin de ofrecer la máxima resistencia al resbalón. Un tercer paso. Entonces extiendo los brazos y cojo a la niña, la cojo en brazos, a horcajadas sobre la cadera derecha la cojo. Doy otro paso hacia abajo. Falta un metro apenas para llegar abajo. No mucho más.

Entonces ocurre. Resbalo. Caigo.

Me noto rebotar contra la muelle ladera del ribazo y caigo como impulsado en la otra dirección y choco contra el suelo de cantos rodados polvorientos que cubren el cauce seco.

Miro y veo a Mò en lo alto del ribazo, a la sombra del árbol —negra en el contraluz, siluetada contra el añil del cielo. Y a la pequeña que está llorando, sentada en el barro. Mò se lleva una mano a la boca. Enseguida se sienta sobre su culo y se deja deslizar, enseguida está con la niña. Yo sigo en el suelo.

Dos cosas me vienen enseguida a la cabeza. La primera es la caída de Carles Puyol en no sé qué partido de fútbol reciente. Veo el tapete verde del campo de juego y la voltereta rara que da el Lleó de la Pobla y veo ese brazo al revés. Eso es un flash que veo pasar, fugaz. Y veo a Georges Orwell también.

La semana anterior había estado leyendo Hommage to Catalonia. Desde el suelo reconocí perfectamente la trinchera del POUM, en cualquier tozal reseco del frente de Aragón, y al larguirucho de Orwell allá recibiendo un tiro en el cuello. La misma sensación de vacío, de succión, de intenso dolor desmadejado y súbito. El mismo susto de sentirse caer y no saber qué coño es la verticalidad, todo muy rápido, con sensación de ser otro y uno a la vez, todo muy rápido, en sucesión solapada, sentir el zapato deslizarse y enseguida, en el mismo movimiento, o simultáneamente, o estereofónicamente, como otra dimensión, sentirse caer de lado, un cayendo fugaz e inacabable, el impacto, el rebote y la caída entre piedras romas.

Mò ya estaba a mi lado. La niña lloraba, más del susto que de la caída. Siento frío y me incorporo, me siento, mucho frío, me levanto, doy un par de pasos titubeantes (o quizás fueran más, no los recuerdo) y me siento en un poyo que ahí hay (o quizás un tronco), buscando el sol, porque un frío ubicuo se apodera de mí y necesito el sol; el color arena del cauce, el cielo azul, el pañuelo, la niña, todo se mueve rápido. Veo que Mò me dice algo, mueve los labios delante de mi cara, sus ojos están asustados, y solamente luego la oigo que me dice —Estàs blanc.

Estoy sentado. —¿Com està la petita? pregunto. —Està bé, tranquil. Llora, gime, me mira con ojos asustados; los mismos ojos que Mò. Tu estàs blanc —insiste. Y tengo frío. Y me sostengo el brazo. De ahí viene el dolor.

Pasan unas motos por el camino. Grito: —Moto! Moto! Pero no me oyen. Pasan de largo. El sol refulge blandamente contra los cantos rodados, como huevos marrones, sucios de barro seco, de polvo.

El dolor está en el brazo. Lo aprieto contra el vientre. No puedo moverlo: al intentar accionar los músculos noto que se mueven al revés, y percibo, entre esquirlas de dolor, que se mueven cosas por ahí dentro, sin entender bien qué. No entiendo nada y me asusto. Desisto, no me atrevo a mover nada más; me duele el brazo con pinchazos candentes o gélidos, no sé, y el codo está raro, como de lado, y todo el antebrazo me duele con un dolor agudo que me escora hacia lo negro. Mò me da una chocolatina.

Respiro hondo. —Hem d’anar a l’hospital.

Pido el foulard y le pido a Mò que me ate el brazo a la barriga, que lo inmovilice. Me he levantado y siento debilidad, pero me da seguridad comprobar que no tengo heridas en las piernas. Puedo andar. Andaremos hasta el hospital. No puede estar lejos.

Y salimos del cauce y echamos a andar.

Me duele el brazo, sí, y el dolor culebrea hasta el hombro y se enrosca en el cuello, estoy sudando, con sudores fríos, me suda el antebrazo, perla en la piel el sudor, y lo miro, está raro, no entiendo, como medio girado, miro mi antebrazo y como que no lo reconozco. El dolor me impide pensar bien. Lo sujeto al cuerpo y ando.

Resoplo. Gimo, aprieto los dientes. Camino. Cojo una rama y la desbrozo y la muerdo, la muerdo y la muerdo fuerte, a cada paso, a cada bache. Mò y Jana me siguen. —Saps què, tieta? Així, caminant, ja no em fa mal el cul —dice la niña. Yo sigo. Muerdo. Camino. Navego, intuyo que el hospital está en esa dirección y hacia ahí voy. No puedo pensar mucho.

Cruzamos un campo de algarrobos. Mira que lindo, digo. Me duele mucho todo. El dolor es de colores estrepitosos. Me esfuerzo por mirar el campo y los algarrobos, por dar pasos seguros, sin sobresaltos, procuro tener lo más desmayado posible este pedazo de carne desgajada que cuelga del hombro y que tanto me duele. Respiro, muerdo, gimo, me cago en todo, camino camino. Mejor él que yo. Pienso en desorden. Me veo como atravesando un tropel de muchas cosas diversas (ensalada de conceptos, de emociones, de recuerdos, de sensaciones, y el dolor, agudo, sobrevolando y destripando el tiempo), siento un miedo en mí que no encuentra palabras, y me zafo de él poniendo un pie delante del otro, hip-aro, un pie y luego el otro.

El hospital ya está a la vista. Es un edificio gris y feo en mitad del paisaje. Ahí vamos, ahí voy. Han pasado 45 minutos desde que se produjo el accidente. Estoy agotado.

Llego a Urgencias. Enseguida me entran a boxes.

Un traumatólogo se acerca. Me tiemblan las piernas, no puedo más. —Estírate en esta camilla. Me toca. Con un dedo, con la punta de un dedo, me toca suavemente en algún sitio del codo derecho. Respingo y aúllo. El doctor se gira y dice al enfermero: —Férula y le enchufáis… No oigo el nombre del analgésico. Da igual.

Me duele todo; lloro.

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