Dietario de noviembre roto – 3

Día dos.

El relato quedó truncado, doliente, sobre una camilla a final de la mañana del día uno, cuando quedaba toda la tarde por contar, por sufrir. El día dos supuso empezar a construir el relato de lo acontecido: la felicidad inocente del paseo con sus azules cielos desde la jaspeada sombra de los algarrobos; la súbita caída; la marcha rota hacia el hospital; la tarde larga y confusa que siguió en Urgencias; la aciaga noche.

Los recuerdos de aquella tarde se descomponen en imágenes, fragmentos de conversación, caras, techos, personas, silencios, esperas, incomodidades, impaciencias…  Y su reconstrucción, su ordenación, el esfuerzo de secuenciar la tarde ocupan, distraen el día dos, que paso en planta, recuperándome del esfuerzo, del cansancio, del dolor.

Pasé la tarde del día uno en la camilla sobre la cual me estiré (o me derrumbé) al llegar a los boxes de Urgencias del Hospital dels Camils. Recuerdo el dolor cuando el traumatólogo de guardia pretendió reducir la luxación a pelo, con un enfermero que me sostenía por una toalla que pasaba por el sobaco y el médico tirando del brazo suelto y yo gritando de dolor. —La trencadissa al colze no permet la reducció, concluyó después de un par de intentos. Y remató: —A quiròfan. Y yo: —Oju, pensi que he d’agafar, demà a les set del matí, un avió cap a Dubai. Y él:—No crec que puguis. Y se giró y me dejó mirando el techo y la pared. Un tipo escueto, el traumatólogo de guardia. Siguió una conversación, un punto surrealista, con el anestesista, explicándole qué eran los panellets que aquella mañana había desayunado. Siguió el encuentro con la traumatóloga del turno de tarde, que me sorprendió tratando de orinar —misión imposible sin verticalidad; ella me anunció que reduciría la luxación en el quirófano, bajo sedación completa (mía, no de ella, claro). Siguió el enjambre de enfermeros y auxiliares de enfermería (cinco o seis) que me desnudaron del todo y me trasladaron de una camilla a la otra, y antes (o acaso después de todo esto) hubo un momento de alivio cuando dejaron pasar a Mò y pudimos hablar. Recuerdo por ejemplo el miedo y el dolor (pero particularmente el miedo al dolor) de cuando me pasaron a la camilla de quirófano, con el brazo siempre en alto y en escuadra. No sé en qué momento fui a la sección de radiografías. Sé que no pude orinar en todo el día. Sé que me caía bien uno de los camilleros, un tipo bajito, fuerte, calvo, parecido a Alfredo Landa, que se asomaba de vez en cuando y me guiñaba el ojo. Sé que me gustó la traumatóloga, oriunda de Lleida. Sé que me inyectaban calmantes. Sé que a ratos me derramaba en lágrimas sin otro motivo que el dolor, mirando la pared —Apagueu els mòbils leía en ella sin entender nada, quieto, yerto, doliente, inmóvil, acojonadito. Me llevaron a quirófano. La traumatóloga me ayudó a sostener el brazo mientras el anestesista me miraba en los ojos y me decía que era italiano y yo me hundía en la bruma benigna de la inconsciencia.

Desperté con el brazo enyesado y atado al vientre. Desperté saliendo del quirófano; estaba solo, una chica con cofia verde y mascarilla me empujaba por el pasillo. Me llevó a la sala de reanimación, me entregó a una enfermera que se llamaba Vicki. Luego hablé con ella y supe que era de Galatii, en Rumanía. Supe que hacía ocho años que residía en Cataluña. Ella velaba por nosotros. Nosotros éramos primero cuatro, luego tres, luego yo y un señor que siguió quieto estirado en su camilla cuando me subieron a planta. A mi izquierda había una señora mayor que salía de una operación en la barriga. Gemía. A mi derecha una mujer joven, de treinta años, rubia, de nariz aguileña, de nombre Rosana Lozano. Lo sé porque Vicki hablaba con las diferentes plantas dando parte de las salidas de quirófano, daba los datos y esperaba que las jefas de planta la llamaran para llamar a los camilleros que habían de subirnos a las habitaciones. Sé que cuando se llevaron a la rubia le deseé suerte y me sonrió y su sonrisa, forzada, tuvo más de mohín doloroso que de agradecimiento. Yo estaba contento. Notaba el brazo calmado, sin dolor —anodino. Estaba tumbado. No tenía dolor y eso era una novedad. Seguía con la vista el trajín de la enfermera, charlaba con ella. Le tuve que confesar que me molestaban las ganas de mear: —No puedo más, necesito mear pero no sé, ni puedo, y me molesta mucho. —Normal: la morfina. Se levantó, se acercó a mi camilla, me destapó, apoyó un par de dedos sobre mi pubis. —Muy lleno, ¿desde cuándo no orinas? —Desde las diez y media de la mañana. —Son las seis. —Pues eso. —Te voy a sondar.

Me subieron a planta.

Es de noche en las ventanas; los pasillos están alumbrados con luces blancas como el queso brie de Meaux, pienso, mirando los fluorescentes que me hieren desde el techo al pasar. Las enfermeras me dan mucho calmante y al final una pastilla adormidera. Mò me da conversación.

De noche me ha despertado el dolor, he llamado, he pedido más calmante. Me lo han pinchado en el hombro y he reconciliado el sueño hasta el sábado. Despierto estragado y procuro poner orden al día anterior.

Cuando rememoro la caída aprieto los dientes, me duele, me angustio. La felicidad era eso, aquello, lo de más allá…

El brazo entero me duele. Y el cuerpo entero también.

Me ve el traumatólogo de guardia durante su ronda matutina; me recomienda pida analgésico cuando lo necesite. El dolor es como de agujas en el hueso clavadas. El lunes te harán un TAC, me dice, y veremos cómo habrá que operar. El jueves te hemos reservado quirófano. Ánimo. Me quejo de dolor. Es normal, me responde.

Y así fluye el sábado. Alguna llamada de teléfono. Un continuo cambiar los frasquitos con calmantes y relajantes musculares que, desde la percha, alimentan la vía intravenosa que me han abierto en el brazo.

Cuando llega la noche trato de dormir pero una y otra vez veo la caída. La pastilla adormidera que la enfermera del turno de noche deja en la mesita cierra el día cuando la ingiero y concluye también esta entrada del dietario.

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