Tránsito

El viajero cruza la Beauce y la Champagne a lomos del TGV hacia Estrasburgo. El cielo es lechoso, monótono. Es un lienzo tendido sobre el paisaje romo y salpicado de nieblas que se comen los colores en la distancia. La tierra campa alterna con bosquecillos de abedules que elevan sus ramas al cielo y dibujan abrazos vacíos al final de los alcaceles, allá donde la niebla empieza a borrarlos del paisaje y la memoria. El tren corre por la llanura, parece que corte el espacio y su tiempo –aunque no sangra el cielo con el tajo, y aunque desde el cielo seguramente podría verse la cicatriz de la trinchera férrea que recorro y apenas veo.

El viajero apoya la mejilla en la mano y la frente en el ventanal, y se deja mecer por el paisaje. Mira los coches pasar, los trigales verdes que dejan paso a los viñedos. Sobre un poste de electricidad, un milano otea el silencio.
El chino al lado del viajero, voiture 15, siège 28, mira una película en su teléfono. El viajero bebe el paisaje. Escucha la melosa voz de una americana por los auriculares y mira a los viticultores apearse de un jeep blanco. Tiempo de poda. En la cima de una loma, un molino; humaredas azuletes, humo de sarmientos que veo a lo lejos sin poderlo oler.

El viajero vuelve a rondar. Sonríe por dentro. Prácticamente restablecido, este es su primer viaje tras el accidente del 2 de noviembre. Volver a escoger ayer corbata y camisa a juego. La maleta sobre la cama, los papeles en sus carpetillas, las cajas de muestras, un mimito antes de partir. Again on the go!

Y Francia la primera, comme il se doit. El contento se mezcla con cierto cansancio, acaso la sensación de un viaje que se descubre también en la memoria. Hastío de repetición, pues: los paisajes ya vistos, sus gentes, sus burgos y sus ríos.

Tomo notas. Me ciño a mi aquí relativo y movedizo, pues surco el mapa a 300kms/h; a mi aquí  y al ahora de mi pecho inspirando y expulsando aire. Poco más.

Me pregunto si vale la pena seguir buscando palabras para recorrer la desmemoria del pasar de mis días. Inspiro-espiro. Vuelo bajo por la campiña gris del norte de Francia. Voilà, c’est tout. Y esto tengo, no más. Soy frágil, olvidadizo, inconstante: solamente apuntes a vuela pluma, como estos, puedo ofrecer. No más.

Quizás convenga dejar atrás la melancólica voz de Norah Jones. Quizás convenga ahora un poquito de Joschim Desprez. Mansa quietud del medioevo tornándose Renacimiento.

Los campos en barbecho son sucios. En los bosques de robles, el sotobosque está desordenado. Contra el blanco cielo, las ramas altas de los árboles se retuercen como un judas colgando de su cuerda.

El viajero suspira. Pero sonríe por dentro.

Por eso, quizás (“quizás” no: “sin duda” conviene más), está tan abandonado el tendal de mis MiedosLibres.

A lo lejos despunta la silueta de un campanario. Diríase que quiere reventar la blancura monótona del cielo. No lo logra. La niebla (y la distancia) lo engullen. Al viajero no le gusta vivir tan velozmente. Pero es lo que hay. Buscará sosiego en la catedral de Estrasburgo, si encuentra un hueco en la agenda para ir a verla.

 

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Una respuesta a “Tránsito

  1. escrius molt bé, w

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