Ar-Riyadh 2013

ar_riyadh

El viajero llega a Riyadh tras tres días de intenso calor en Qatar. Temperaturas de 38 grados a las nueve de la mañana devenían insufribles 45 al mediodía; a las cinco de la tarde, tras la última reunión, la única opción era desnudarse para sumergirse en la piscina del hotel tras un rato de conexión despachando  correos electrónicos. A la entrada del gimnasio, una pizarra indica la temperatura del agua: 29 grados y alrededor del cristal azul y quieto del agua, en las tumbonas, nos vamos recogiendo los misioneros y nos contamos el día y las hazañas con el cuerpo en el agua y los ojos achinados por la luz deslumbrante y mirífica que se resiste al crepúsculo. Una mujer, entrada en años y carnes, occidental, se mete en la piscina con su novelón, e intenta leerlo; nuestra cháchara la distrae; sale. Las palomas y las tórtolas revolotean, se acercan, se posan sobre la corona de la piscina y picotean el agua; alzan el vuelo en desorden si alguien se agita y las asusta. Me encanto admirando una tórtola de plumaje rosado con plumas azules en las alas; sus inquietos ojos son dos rubís pequeños. Las misiones comerciales abundan en anécdotas, y nos regodeamos compartiéndolas; somos todos veteranos viajeros profesionales. Hay cosas que nuestros compañeros estabulados todas las semanas en su cubículo no conocen ni sufren: el frío de un amanecer en Suceava (RO), el miedo a perderse en la kasbá de Argel (donde nadie me había mandado meterme, ciertamente), el ponerse en manos de un taxista analfabeto que no sabe escribir un recibo para la carrera. Son batallitas que ilustran nuestro quehacer en la punta de lanza de la globalización.

Ayer en Qatar, hoy en Riyadh. Acabaré la semana en Bruselas tras pasar por Kuwait. Y sigue pendiente el informe que ha de cubrir la semana pasada entre Yorkshire y Lancashire.

Escribo poco, o nada. Engordo. Fumo. Me deleito releyendo clásicos. Envejezco. Espero.

Mi distribuidor en Riyadh no puede recibirme hoy. Tal vez mañana, Insh-Allah. Cuando le he llamado esta mañana para concertar la cita ha mencionado un hospital, y no he entendido si él era el ingresado o bien si era un pariente suyo el enfermo. Espero. Mañana, ojalá, podremos vernos, espero.

Entretanto holgazaneo en la habitación. Leo y me dejo adormilar por la lectura. Sueño con una excursión a lo largo de la costa, por el camino de ronda de la Costa Brava. Un gran petrolero está varado frente a Playa de Aro, y vemos una plataforma petrolífera, también varada, torcida, incendiada, a poca distancia. Pasan aviones de guerra y helicópteros, y se abren paracaídas blancos. Mi avatar en el sueño, mientras camina por el sendero costero entre las rocas cortantes de granitos salados, sabe (y va explicando a sus acompañantes) que son maniobras militares, no nos hemos de inquietar. Luego llegamos hasta Sitges desde los altos farallones del Garraf. Verdes mediterráneos, manchas de genista, olores de resina pinera y el azul limpio del mar, más oscuro que el añil bruñido del cielo estival de mi país.

Despierto algo sobresaltado creyendo haber oído una voz grave de varón interpelándome con una sola palabra: “¡Caballero!”. Voz gruesa, rugosa. Abro los ojos y estoy solo. Solo en Riyadh.

No puedo ir al cine. No hay museos que pueda visitar. Tan solo podría optar por callejear alguno de los inmensos malls de esta capital. Pero no es algo que suela escoger si me es posible evitarlo. Prefiero quedarme en mi rincón echando de menos un aperitivo en la plaza Marcer de Sant Pere de Ribes o en la terraza de mi atalaya suburense –buen vermú de Reus, limón fresco, unas olivitas de Arbeca, y el 4º libro de La Eneida, por ejemplo. O recorriendo las frescas umbrías del Montseny o la bultra del Segre. O compartiendo una Grimbergen blonde en buena compañía en la terraza de La Mort Subite. Todo eso está lejos: mis paisajes conmigo los llevo (“¡conmigo vais!” dejó escrito el poeta), y contrastan con lo que veo: grandes avenidas, majestuosos edificios y una neblina ocre que encela el cielo, un arenal inacabable donde crecen viales y calles sin aceras, where the streets have no name.

El viajero se dice que le queda la palabra. Siéntate a escribir. Y desde la melancolía escribo.

Y descubro, así, aquí, ahora, que mi no-escritura, mi actual silencio, es una surgencia de la felicidad.

En el pasado volqué en estas páginas de vidrio mis malestares. Miedoslibres era un tendal de angustias en las cuales me regodeaba, con las cuales entretenía mi soledad,  trampas que trenzaba el franco-follador que fui. En páginas de papel apuré las últimas copas de mi embriaguez de adolescente, aquella neurosis que desde siempre me impulsó a escribir. Los buenos amigos me acompañaron en la borrachera; sin embargo la ducha fría de la realidad me despertó un día tras un año intentando publicar por un lado y sobrevivir por el otro: estaba en Dubái de nuevo con traje y corbata vendiendo cachitos de latón cromado para ganarme un sustento que, con tinta, era imposible de obtener. Así son las cosas.

Me conformé. Engordé. Me reí y celebré mi suerte; la compartí y soy feliz. Enmudecí.

El viajero ha tenido que volver a Riyadh para tener tiempo de descubrir, de sentir, de entender todo esto.

Me siento en el lobby y lo reconozco. hace años ya estuve aquí, en este Radisson Blu. Vendía entonces válvulas para el petróleo y vine a visitar a un potencial cliente. Estuve entonces, lo recuerdo bien, sentado en estas mismas butacas junto a la fuente zen cuyo borboteo refresca, bajo la cúpula blanca con sus alveolos blancos. Recuerdo que me entretuve mirando a un filipino del servicio de mantenimiento cambiando bombillas de las lámparas.

La felicidad era esto. La frase me viene a la cabeza de continuo, mas el referente de “esto” resulta esquivo. ¿Acaso el rato mirando al filipino que trabajaba delante de mí es esto, ergo la felicidad? ¿O bien el recuerdo del sol, de las caminatas, del sexo feliz, de los encuentros con los amigos, los amores, la sonrisa de mi hija abriendo un regalo?

Sitios adonde huir de la felicidad era el título de la novela que logré escribir en 2010. Mi próxima aventura literaria (porque aún feliz y gordo y ahora mudo sigo sintiendo, en mi interior, al adolescente que fui y que estaba deslumbrado con las palabras –¡y que no falte!) es posible que se titule La felicidad era esto, si algún día logro aclarar mi actual ceguera y ponerme en marcha.

Pero da pereza.

Abro un botellín de San Pellegrino. Bebo un trago largo. Disfruto de su efervescencia. Me encanta.

Me he de vestir. Bajaré al gimnasio. Me remojaré. Quizás me torture un rato en la sauna. O vuelva a abrir el ebook reader para darle otro tiento al inconmesurable Fall and decline of the Roman Empire. Larga tarde de ocio por delante. Suspiro. A veces es extraño considerar que también estas esperas forman parte del trabajo…

Mañana, Insh-Allah, me tocará lucir traje y corbata a 35 grados de temperatura. A eso me dedico. Por suerte.

Sí, también la felicidad es esto. Y lo comparto.

 

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2 Respuestas a “Ar-Riyadh 2013

  1. “El viajero se dice que le queda la palabra. Siéntate a escribir. Y desde la melancolía escribo.”

    Me encanta tu melancolía, porque asi puedo leerte, no te hagas esperar tanto, escribe, escribe….

    Besos – Teresa

  2. Aceptación… yo creo que eso es lo que uno aprende con los buenos años. Es y se es, Sin tristeza, ni renuncia; solo aceptación. Entonces la felicidad nos toma por sorpresa, nos hace suyos; y sabemos, por eso envejecemos o porque envejecemos, sabemos, que solo hay que dejarse caer en ella, como en la piscina,

    Qué bueno es saber de ti… y que escribas! Siempre son un placer tus palabras y otro placer las estampas que describes y tus reflexiones. Me transportas a tus mundos lejanos. Ah, cómo quisiera ya leer tu novela!

    Te mando besos – Pat

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