El viajero todavía en Riyadh

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Todo pudo haber comenzado aquí, en el alcázar Masmak, sito en la amurallada ciudad de Riyadh. Todo pudo haber comenzado aquí en 1902, cuando la mesnada de los Saúd, al mando del Emir Abd al-Aziz ibn Abd al-Rahman ibn Faisal Al Saud asaltó y tomó este fuerte que controlaba la ciudad más importante del Najd, el gran desierto central de la Península Arábiga. Los Saúd competían con los Rashidíes por los escasos recursos del arenal. Se aliaron con los clérigos wahabbitas y combatieron, guerrillearon y fueron expulsados hasta el emirato de Kuwait. En el exilio se reforzaron y contraatacaron, recorrieron las sendas que el viento borra y se lanzaron a la conquista de la capital de los Rashidíes. Eso fue en 1902, y ahí empezó la hazaña del rey Faisal, el amigo de Lawrence, el elegante inglés. Durante tres décadas las bandas beduinas del rey Faisal reconquistaron sus tierras ancestrales y conquistaron las aledañas. Lucharon contra los turcos del Norte y contra los omaníes del Sur. Asimilaron emiratos y tribus. Se hicieron con el poder y lo impusieron en la forma rigorista del wahabismo.

Ahí empezó todo: las mujeres tapadas, la segregación extrema por sexos, costumbres que no son mandatos coránicos y son, sí, expresión de un machismo de hombres alfa acostumbrados a mandar en el harén. Como gorilas, gorilas del desierto. Grotesco. El régimen wahabbita, en lo que tiene de opresión al sexo femenino, me indigna cada vez que vengo, no lo puedo remediar ni lo sufro con paciencia. Soy de los que mira los ojos que se asoman por la rendija de los nicab con que me cruzo. Y no lo veo claro. Pero sé que desde ahí dentro me miran.

El viajero, varado desde ayer y ocioso, se determina a salir del hotel y se acerca a ver lo que haya que ver. El Reino de Arabia Saudita no se caracteriza, precisamente, por conservar las huellas del pasado. Al revés. La arena y el tiempo todo lo borran. Solo recientemente el fuerte o alcázar Masmak ha sido renovado y restaurado, y en sus salas se muestran objetos del siglo XIX que sirvieron para luchar en el pasado, espadas y fusiles, algunos objetos de cerámica. Fotos antiguas de la ciudad, maquetas de la ciudad que la representan antes de la destrucción de las murallas. Las salas, refrigeradas, componen un laberinto que el viajero desentraña sin prisas y sin entenderlo todo, pues no todo está traducido.

Luego de la visita el viajero echa a andar. Lo que fuera el centro del Riyadh histórico es hoy en día un amasijo (literalmente: 3º acepción del DRAE) de casuchas de adobe hundidas. El viajero se interna por las callejas estrechas, toma fotos de las fachadas astrosas, de los tendales de los bengalíes, de los coches desvencijados, de los solares sucios, de las puertas sucias, todas cerradas. Un patrullero me ve de lejos y se acerca. Baja la ventanilla y un sargento de la policía me pregunta en árabe que qué hago. Le entiendo porque hace el gesto de fotografiar. Sonrío, me inclino y me apoyo en la ventanilla. Me refresca por un momento un relente de aire fresco. Sonrío. Digo: “Pictures! Old city. I’m a tourist“. Y el sargento se gira hacia el policía que le acompaña, más joven; y este me pregunta: “Where you from?“. “Barcelona“. “Aaah…. Messi good, very good!” Los dos sonríen ahora. El sargento me da la venia con un gesto de la mano y me aparto para que pase el coche.

Hace calor. Sudo. Camino buscando sombras, sigo las paredes y atravieso zocos cerrados donde es placentero disfrutar de la sombra, y aun de la oscuridad, que es tanta que he de quitarme las gafas de sol para moverme.

En una avenida me subo a un taxi y le pido me devuelva al el hotel.

Mi distribuidor sufría del riñón, esta mañana, cuando he hablado con él; está ingresado en el hospital. Espero que me llame. Espero poder verle esta tarde o tal vez mañana, antes de volar a Kuwait. Si no le veo, mi estancia en Saudia habrá sido en vano. Un dispendio y una pérdida de tiempo. Podía haber pasado el fin de semana en Dubái, trabajando, o en casa, o donde yo me sé, que también hubiera estado bien.

Me vengo aquí, a la habitación, destapo el ordenador y lo enciendo. Me quito la ropa. Me la vuelvo a poner (han llamado a la puerta: Room service; entra un filipino silencioso y sonriente, recoge y ordena la habitación y se va dejándome un par de botellines de Pellegrino). Me vuelvo a desnudar.

Entro en la ducha y me dejo lamer por el agua tibia. Me seco. Me perfumo. Debería haber aprovechado mi paseo por old-town para hacerme afeitar en alguna barbería de las que he visto. Estaba muy sudado de la caminata, no me apetecía.

Reviso las fotos que he tomado. No me acordaba del escribidor. Junto a una torre de adobe, cerca del alcázar, donde el taxista me ha apeado, cobijado a la sombra de un par de sombrillas de vivos colores, sentado en el suelo sobre una alfombra raída un viejo, frente a su vieja máquina de escribir, atiende la petición de otro viejo que le indica lo que ha de escribir.

Hago un par de fotos rápidas. Ahora que las veo, no me acaban de convencer. Las figuras son demasiado pequeñas, el contraste entre la zona al sol y las sombras demasiado grande. Recuerdo aquella frase de Capa: “Si la foto no es buena, no te has acercado suficientemente.” Los dos viejos están, ellos sí, cerca el uno del otro, acuclillados uno junto al otro.

El escribidor. Creo que Vargas Llosa tiene una novela sobre este oficio. Yo recuerdo haber visto algunos escribidores en la trasera del mercat de la Boqueria, hace años, cuando estudiaba. Ya no están. Ahora el escribidor soy yo, que solo desde la lejanía, desde una melancolía incierta y el aburrimiento soy capaz de derramar este millar de palabras.

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